jueves, 5 de febrero de 2026

Flores de mayo

 


No puedo creerme la cantinela de que hay que escribir lo que la gente espera: lo fácil, lo sentimental, lo superfluo, la rima tosca melódicamente bien medida; no puedo afirmar lo que no me gusta: odio los repertorios carnavaleros extremadamente aduladores, vacíos de carga social, repletos de miedos ante el que juzga, en fin, en conclusión, banales. A veces hubo ocasiones en los que no podía creerme algunas partes de aquellos repertorios que me habían obligado a escribir.

Que suceda esto, que lleguen a gustar este tipo de composiciones a los que este mes de febrero escuchan carnaval, no me importa, incluso me alegró en su momento por la calma  que acarreó a todos mis compañeros de comparsas, pero afianza aún más mis convicciones: implicarse en una nave que pasa de largo y no se detiene ante tanta devastación social y moral, nunca estuvo en mis planes.

El carnaval me tira, me gusta, por la potencial carga de lucha que puede llegar a tener, las críticas y los mensajes que pueden enloquecerse en la tinta del que los escribe y en las voces de aquellos que los cantan; reniego de un carnaval pensado y añorado por los días de fiesta y desenfreno en los que cualquier cosa es válida con tal de erigirse en protagonista de noches de parranda y patetismo nocturno. Si no está permitido volverse mordaz y cruel con aquello que entristece y enfurece a esta sociedad, si sólo está permitido adular al que se lo merece y acariciar la cara de aquellos que nos insultan, si sólo se canta a lo mismo para buscar el beneplácito económico, tomando esto como pretexto para tomarse unas cuantas copas con gente a la que le gusta disfrazarse, entonces me quedaré en mi casa, ideando un disfraz para cuando me apetezca redimirme y dar rienda suelta al gusanillo carnavalesco de cada año.

Me pregunto si serán los años, supongo que sí, o la consolidación de unos principios que hasta este momento no habían aflorado a la superficie del mar de mis convicciones, o ambos: los años y las convicciones, los que me han hecho recapacitar sobre la verdadera carga de mi tren carnavalesco. Nunca me gustó disfrazar mi pluma ni mi voz con flores de mayo, sólo me queda revelarme en silencio en el retiro de mi hogar.

martes, 13 de enero de 2026

Diciembre

 

Si supieras que eres otro lenguaje, otro contexto, que eres la salida de los mismos rincones donde me había acostumbrado a debatir con mis ángeles caídos y de ti surge un eco distinto que me devuelve mis palabras evolucionadas en el idioma del corazón. Si supieras que te pusiste los vestidos de Cádiz, a donde huir lo suelo hacer cuando necesito recomponerme, que te puse de nombre Diciembre para que nadie supiera quién fuiste, eres y serás.

Diciembre, así te llamaré a partir de ahora: el nombre del mes que me descubrió una Cádiz distinta a todas las que había descubierto desde que quise ser de Cádiz. Estuviste en todos los atardeceres prematuros de los últimos días del año, cuando sentado junto a Paco Alba olvidaba el continuo ir y venir de las olas de la pleamar en la Caleta, perdido como estaba en nuestras sutiles conversaciones; casi sin versar de nada empezaban a horadar mis adentros, descubriendo una senda frondosa y fresca que incitaba a comenzarse a andar. Diciembre, así te llamaré, porque imaginaba tu piel fresca y suave en los vientos amables del invierno en la Tacita; y no me equivocaba cuando ahora en mi mano encuentro al acariciarte la suave brisa que me acompañó una noche larga y serena paseando hacia el castillo de San Sebastián, mientras que en la luz del faro fantaseaba con tu mirada en nuestras cortas distancias. Eres Diciembre, el diciembre amable y paciente de los paseos a los pies de Puerta de Tierra, de los bancos vacíos en la plaza Mina, de la lectura calmada de una novela a punto de morir en una mañana soleada en la plaza de la Merced, allí te sentabas conmigo, levantando mi vista de la tinta impresa para buscarte entre las líneas digitales de mi teléfono móvil. En él te llevaba escondido, Diciembre, mientras descubría todos los callejones de la ciudad vieja; no lo hacía como suelo andar, con las manos en los bolsillos e inmortalizando las novedades de la nueva ciudad abierta con algún estado de ánimo o el pensamiento de vete tú a saber qué nueva locura o aventura; no, no caminaba desgarbado y anónimo, sino que lo hacía contigo de la mano, susurrándote mil y una tonterías a través del micrófono de mi Smartphone. En el vuelo de las gaviotas sobre la playa de las Mujeres estaba la libertad que solicitabas, en la caña de pescar de un jubilado en Campo del Sur estaba la paciencia que reclamabas, en las miradas ausentes de la locura en el barrio de la Viña estaba el olvido que hiciera renacer la alegría. En todo estabas, Diciembre. Hui para encontrarme, a la ciudad de mis sueños, donde quiero volver a nacer cuando la muerte me mude; hui para pensarme, para recomponerme, para proyectarme, hui para seguir siendo feliz con mis soledades, en diciembre, cuando Cádiz se vuelve amable, sencilla, silenciosa y realmente abierta a las almas desoladas; hui y nunca hubo mejor escape que encontrarte tan lejos, a ti, Diciembre, que siempre estuviste tan cerca.

Trastocado mi calendario, he mudado el mes de enero y lo he puesto detrás de diciembre, donde todo comienza, y en todos los días venideros siempre habrá un trocito de Diciembre, esa diosa que emergió del Atlántico para hacerse eterna en todos los abrazos que me quedan por dar. Y mientras tanto, te seguiré pensando que es donde mejor estoy mientras no estoy contigo.