Si supieras que eres otro lenguaje, otro contexto, que eres la salida de los mismos rincones donde me había acostumbrado a debatir con mis ángeles caídos y de ti surge un eco distinto que me devuelve mis palabras evolucionadas en el idioma del corazón. Si supieras que te pusiste los vestidos de Cádiz, a donde huir lo suelo hacer cuando necesito recomponerme, que te puse de nombre Diciembre para que nadie supiera quién fuiste, eres y serás.
Diciembre, así te llamaré a
partir de ahora: el nombre del mes que me descubrió una Cádiz distinta a todas
las que había descubierto desde que quise ser de Cádiz. Estuviste en todos los
atardeceres prematuros de los últimos días del año, cuando sentado junto a Paco
Alba olvidaba el continuo ir y venir de las olas de la pleamar en la Caleta,
perdido como estaba en nuestras sutiles conversaciones; casi sin versar de nada
empezaban a horadar mis adentros, descubriendo una senda frondosa y fresca que
incitaba a comenzarse a andar. Diciembre, así te llamaré, porque imaginaba tu
piel fresca y suave en los vientos amables del invierno en la Tacita; y no me
equivocaba cuando ahora en mi mano encuentro al acariciarte la suave brisa que
me acompañó una noche larga y serena paseando hacia el castillo de San
Sebastián, mientras que en la luz del faro fantaseaba con tu mirada en nuestras
cortas distancias. Eres Diciembre, el diciembre amable y paciente de los paseos
a los pies de Puerta de Tierra, de los bancos vacíos en la plaza Mina, de la
lectura calmada de una novela a punto de morir en una mañana soleada en la
plaza de la Merced, allí te sentabas conmigo, levantando mi vista de la tinta
impresa para buscarte entre las líneas digitales de mi teléfono móvil. En él te
llevaba escondido, Diciembre, mientras descubría todos los callejones de la
ciudad vieja; no lo hacía como suelo andar, con las manos en los bolsillos e
inmortalizando las novedades de la nueva ciudad abierta con algún estado de
ánimo o el pensamiento de vete tú a saber qué nueva locura o aventura; no, no
caminaba desgarbado y anónimo, sino que lo hacía contigo de la mano,
susurrándote mil y una tonterías a través del micrófono de mi Smartphone. En el
vuelo de las gaviotas sobre la playa de las Mujeres estaba la libertad que
solicitabas, en la caña de pescar de un jubilado en Campo del Sur estaba la
paciencia que reclamabas, en las miradas ausentes de la locura en el barrio de
la Viña estaba el olvido que hiciera renacer la alegría. En todo estabas,
Diciembre. Hui para encontrarme, a la ciudad de mis sueños, donde quiero volver
a nacer cuando la muerte me mude; hui para pensarme, para recomponerme, para
proyectarme, hui para seguir siendo feliz con mis soledades, en diciembre,
cuando Cádiz se vuelve amable, sencilla, silenciosa y realmente abierta a las
almas desoladas; hui y nunca hubo mejor escape que encontrarte tan lejos, a ti, Diciembre, que siempre estuviste tan cerca.
Trastocado mi calendario, he
mudado el mes de enero y lo he puesto detrás de diciembre, donde todo comienza,
y en todos los días venideros siempre habrá un trocito de Diciembre, esa diosa
que emergió del Atlántico para hacerse eterna en todos los abrazos que me
quedan por dar. Y mientras tanto, te seguiré pensando que es donde mejor estoy
mientras no estoy contigo.

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