martes, 13 de enero de 2026

Diciembre

 

Si supieras que eres otro lenguaje, otro contexto, que eres la salida de los mismos rincones donde me había acostumbrado a debatir con mis ángeles caídos y de ti surge un eco distinto que me devuelve mis palabras evolucionadas en el idioma del corazón. Si supieras que te pusiste los vestidos de Cádiz, a donde huir lo suelo hacer cuando necesito recomponerme, que te puse de nombre Diciembre para que nadie supiera quién fuiste, eres y serás.

Diciembre, así te llamaré a partir de ahora: el nombre del mes que me descubrió una Cádiz distinta a todas las que había descubierto desde que quise ser de Cádiz. Estuviste en todos los atardeceres prematuros de los últimos días del año, cuando sentado junto a Paco Alba olvidaba el continuo ir y venir de las olas de la pleamar en la Caleta, perdido como estaba en nuestras sutiles conversaciones; casi sin versar de nada empezaban a horadar mis adentros, descubriendo una senda frondosa y fresca que incitaba a comenzarse a andar. Diciembre, así te llamaré, porque imaginaba tu piel fresca y suave en los vientos amables del invierno en la Tacita; y no me equivocaba cuando ahora en mi mano encuentro al acariciarte la suave brisa que me acompañó una noche larga y serena paseando hacia el castillo de San Sebastián, mientras que en la luz del faro fantaseaba con tu mirada en nuestras cortas distancias. Eres Diciembre, el diciembre amable y paciente de los paseos a los pies de Puerta de Tierra, de los bancos vacíos en la plaza Mina, de la lectura calmada de una novela a punto de morir en una mañana soleada en la plaza de la Merced, allí te sentabas conmigo, levantando mi vista de la tinta impresa para buscarte entre las líneas digitales de mi teléfono móvil. En él te llevaba escondido, Diciembre, mientras descubría todos los callejones de la ciudad vieja; no lo hacía como suelo andar, con las manos en los bolsillos e inmortalizando las novedades de la nueva ciudad abierta con algún estado de ánimo o el pensamiento de vete tú a saber qué nueva locura o aventura; no, no caminaba desgarbado y anónimo, sino que lo hacía contigo de la mano, susurrándote mil y una tonterías a través del micrófono de mi Smartphone. En el vuelo de las gaviotas sobre la playa de las Mujeres estaba la libertad que solicitabas, en la caña de pescar de un jubilado en Campo del Sur estaba la paciencia que reclamabas, en las miradas ausentes de la locura en el barrio de la Viña estaba el olvido que hiciera renacer la alegría. En todo estabas, Diciembre. Hui para encontrarme, a la ciudad de mis sueños, donde quiero volver a nacer cuando la muerte me mude; hui para pensarme, para recomponerme, para proyectarme, hui para seguir siendo feliz con mis soledades, en diciembre, cuando Cádiz se vuelve amable, sencilla, silenciosa y realmente abierta a las almas desoladas; hui y nunca hubo mejor escape que encontrarte tan lejos, a ti, Diciembre, que siempre estuviste tan cerca.

Trastocado mi calendario, he mudado el mes de enero y lo he puesto detrás de diciembre, donde todo comienza, y en todos los días venideros siempre habrá un trocito de Diciembre, esa diosa que emergió del Atlántico para hacerse eterna en todos los abrazos que me quedan por dar. Y mientras tanto, te seguiré pensando que es donde mejor estoy mientras no estoy contigo.

jueves, 11 de diciembre de 2025

El charco


Ibiut era aún una niña, casi con seis mil años de historia. Vestía faldita corta, mostrando unas rocosas rodillas donde terminaban las verdes polainas que siempre llevaba puestas para no mancharse las pantorrillas con el barro de los barrios alfareros. Guapa y graciosa, tenía un defecto convertido en bendición: los vientos la condenaron, como a la ninfa Eco, a repetir sólo las últimas palabras que escuchara, sin haber previsto estos que todos los peregrinajes sintácticos que acababan en los oídos de la joven eran palabras bellas.
No me digan cómo, porque casi me queda tinta para el punto final, pero Ibiut calló rendida ante la belleza de un muchacho. Lo reconoció a primera vista, era el niño que escondía quimeras y sueños bajo los adoquines de las calles; fantasías que poco a poco habían ido saliendo de sus escondites para hacerse realidad. Se enamoraron de recuerdos y el mancebo, fiel a su corazón y a su imberbe facundia, sólo mantenía conversaciones con ella que acababan en la palabra amor. El tiempo pasó, el muchacho creció y todos los sueños escondidos en su infancia levantaron tal cantidad de adoquines y aceras que muchas de las calles quedaron vaciadas, casi todas pertenecientes al flanco oeste de la ciudad.
Con los bolsillos del joven llenos de sueños cumplidos, otras sirenas y dioses lo embelesaron con halagos, hasta caer la dulce niña Ibiut casi en el olvido. Ciega de amor, usando el poder que le otorgaron, usó las palabras desesperadas que uno de sus mil pretendientes le dedicara una noche, para atraer a su amante predilecto.
No pudo negarse a volver ante la niña, pero al verse reflejado ante sus ojos se turbó como nunca lo había estado. Nunca se había visto tan bello, tan culto, tan poderoso; el brillo de enamorada de la mirada de Ibiut, así lo reflejó. Para corroborar tal efusión de magnanimidad, apartó a Ibiut de un manotazo y corrió hacia el abrevadero de las huertas del sur para confirmar el reflejo.
El abrevadero se había convertido en un triste charco y su reflejo allí quedó desfigurado por las formas del lodo y olía inevitablemente a verdín. Allí quedó, apresado por el cieno, en busca de la belleza que había visto en la mirada de Ibiut; y condenado eternamente a oírla noche tras noche llorar por su desprecio.

jueves, 30 de octubre de 2025

La muerte de noviembre



La muerte no existe. Para hacerlo necesita de un tiempo, de un lapso, de una unidad de medida que demuestre su existencia. Existe la vida y la nada, que está detrás de este continuo mirar por la supervivencia, que se llena de creencias esotéricas, de reencuentros y eternidades, o del vacío del que piensa que esa nada es como su nombre indica, nada. Los cristianos la llenamos con la promesa de la vida eterna, con la esperanza en la resurrección; con todo aquello que Jesús auguró que vendría con Él. Pero la muerte no existe, lo reitero, porque con ella no tendría sentido la vida. La muerte es un invento humano para poder defender conceptos tales como nostalgia, pena, tristeza y dolor. La muerte se queda entre los vivos, en la habitación del duelo, en el rostro macilento de la primera noche de ausencia, en el aliento hediondo de las conversaciones de funeral; cerramos los ojos y vemos la muerte en el ataúd engullido por la tierra, por la cal blanca del frío nicho. La muerte es el nombre que le ponemos a la eterna despedida, al silencio infinito, al recuerdo imborrable. La muerte es la irreverencia de la vida dejando un adiós sin respuesta. La muerte, esa que no existe, nos engaña cada primero de noviembre, volviendo a desandar el camino de cipreses, cruzando las puertas del cementerio de San Ginés; la muerte, esa que no existe, nos arrodilla ante el mármol y nos hace sentir su frialdad; y de frío vestimos a la muerte, la que no existe; y limpiamos el rostro de la muerte, la que no se encuentra; y lloramos el recuerdo que nos instauró la muerte, la que no se halla. Noviembre nos regresa a la muerte, esa que no está. En noviembre, podemos, tras tanto dialogar con la muerte, la que sólo es idea, aseverar que lo único que se hace es la vida, en esta vida o en la otra.


martes, 8 de julio de 2025

La pesâh




 Háganse la imagen que les plazca en sus cabezas tras las palabras que a continuación voy a decir con toda la seriedad que me sea posible: ya está aquí, ya se nos va viniendo julio.

Aunque algunos generosos conciudadanos ya bombardean nuestros habitáculos conectados a la red, con esas simpáticas fotografías de cervezas, espetitos, nalgas, pies, uñas pintadas y nuevos modelos de bikinis y bañadores, todas ellas con el fondo común azulado de nuestro querido y lejano mar Mediterráneo o el más remoto aún océano Atlántico; aún nos viene lo peor y todo llega con julio. Ya de agosto ni les hablo.

¿Usted es uno de los agraciados que próximamente hará las maletas? O por el contrario, ¿es usted uno de los muchos que nos vamos a quedar en el terruño mojándonos el mondongo con el abrasivo cloro de alguna piscina municipal? Sea como fuere, tengo que felicitarle, porque con julio, aunque ya en junio se deja entrever, llega a nuestras vidas el fastuoso animal que iguala las vacaciones de ricos y pobres, las de mar y las de montaña, las de mesa y mantel y las de barbacoa piscinera. Con julio llega a nuestras vidas la mosca.

Si algo tiene de bonito el verano, desde luego es ese diminuto animal que desde bien temprano acompaña nuestras vidas: cual ángel de la conciencia nos martillea el oído con sus zumbidos, sobrevuela nuestras cabezas para aliviarnos la calor, absorben con sus trompetillas esa ligera capa de sudor que nos aparece en el cogote. Y ahí está ese precioso animalote, en las comidas suntuosas de chiringuitos o en el bocadillo de chopped de los chiquillos en la piscina. Un animal que como el reggaetón vino para quedarse, aunque ambos nos hagan mucho más difícil la existencia. En fin, disfruten y no olviden sonreírle al verano, ni a nuestras queridas moscas, ese regalo de Dios que nos iguala en calamidades a todos los seres de este planeta cuando llega esta maravillosa y tan selectiva estación.

jueves, 8 de mayo de 2025

La farola


Sería muy complicado escribir una novela cuya trama se desarrollara en el escenario de la noche ubetense. Bueno, aclaremos, una novela silenciosa, sombría, sigilosa; una novela de intriga o policíaca, con un comisario envuelto en pistas que lleven hacia la guarida de algún misántropo delincuente que actúe en el anonimato de la noche; o una novela de amores imposibles a la luz del sol, amores que solamente pueden hacerse pasión en la clandestinidad de las tinieblas. No existirían crímenes como los de Plenilunio, ni tejados que sirvieran de escape como los de Beatus Ille, ni balcones ni murallas que nos escondieran mientras observásemos las luces de los automóviles que vuelven a la ciudad desde el valle del Guadalquivir, como ocurre en El jinete polaco.

La noche ubetense ha cambiado radicalmente en los últimos años. Ahora, pasear por su tiempo, se hace extraño, y a veces, a mí me paso en mi último paseo anochecido, uno olvida que lo hace en la noche si no fuera por la quietud que aún nos recuerda que vivimos en un pueblo, o por la oscuridad mantenida en el cielo que nos protege. El cambio de iluminación acaecido en los últimos tiempos, con esas farolas de bombillas LED, tan muertas, con esa luz tan fría; en cierto sentido, nos ha hecho perder esa identidad que antaño marcaba nuestro ser ubetense. Somos patrimonio para el mundo y hemos perdido el mundo que era nuestro patrimonio. Ahora uno camina en la noche y tiene que ir con los ojos contraídos para ver a Úbeda; antaño era al contrario, abrir los ojos era amable, y mucho, y en esa acción nos empapábamos de la belleza escondida en los callejones y plazas, a la tenue luz broncínea que nos regalaban las candelas de entonces; esas candelas que acunaban nuestro sueños en las noches de verano cuando dormir con las ventanas abiertas era un hábito de nuestra libertad.

Aún existe una farola en la que quedarse suspendido en aquellos tiempos, espero que estas palabras sirvan para dejarla anclada a la noche de los tiempos venideros. Existe en la Casa de la Tercia, en su patio, a la sombra del torreón de las Arcas, junto al arco de la calle Ventanas; incluso hay un banco invisible a la claridad de la noche, donde quedarse escribiendo novelas en aquella Úbeda tan bella de la noche de otros tiempos.

jueves, 10 de abril de 2025

Decisiones y consecuencias


Nuestras cofradías, nuestras hermandades, son entes vivos, parte integrante de la sociedad ubetense y con un papel muy importante en el tejido humano y social de la ciudad. Aunadas bajo el tejado de la Unión Local de Cofradías, realizan sus funciones como si tuvieran vida propia, pero todos sabemos que detrás siempre se encuentra un grupo humano, sus juntas de gobierno, que bien o mal toman decisiones y ponen a sus hermanos algunas veces en tesituras comprometidas, llegando a empañar incluso a la historia y el decoro de la propia hermandad. Y lo peor es cuando actúan de manera escondida y taimada, buscando su propio beneficio, olvidando los valores puramente cristianos que deben regir sus actividades y decisiones; conociendo que algo se ha atacado cuando la persona o ente perjudicado actúa en consecuencia y las consecuencias, valga la redundancia, se hacen visibles y palpables. Luego si se anulan contratos, la culpa es del que no firma; si faltan costaleros no es por la falta de idoneidad del capataz; o si la hermandad pierde algún elemento que consideraba de su patrimonio es solamente culpa de aquel que en su potestad y tras el agravio decide que su obra deje de mostrarse en casa del que le ha dado con el látigo.

En este caso ha sido la música, una música que no se va a interpretar donde se interpretaba siempre y a la que continuamente se le está poniendo trabas mediante amenazas para que no se escuche en otros momentos y lugares de esta Semana Santa nuestra que en tres días resucitará de entre las lluvias. Se ha demonizado al creador y nadie, pocos, se han preguntado por el hecho subyacente que motivaron las consecuencias. Y todavía se le sigue dando golpes al bombo: en redes sociales, en la barra del bar e, incluso, en los atriles que sirven para sostener pregones. Quizá todo esto termine cuando se conozcan verdaderamente los entresijos de esta historia que ya empieza a cansar, la historia de Penas e Injusta Condena. Hay dos dichos que juegan sus cartas en el juego: el que dice “al que quiera saber, mentiras con él”; o ese de “por saber, nada se pierde”. Cada uno que escuche lo que le convenga.

Un sabio ha dicho que aquí solamente estamos de paso, y no hay mayor sentencia que esa. Aquí solamente se hacen eternos los que saben, los que quieren y los que pueden, el orden, pónganlo ustedes; y el resto, categóricamente, estamos aquí para admirarlos.

 

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Musgo arrancado de la fuente de la Alameda

 


El día anterior al del extraño suceso, como cada año, se había iluminado de manera extraordinaria la ciudad. No hubo un rincón que dejara de ser coloreado por una ristra de leds. Colgaderas en más calles que años anteriores, infinidad de abalorios adornaban plazoletas y callejones que en un par de horas inundaban las historias de los ubetenses en sus redes sociales. Un universo de luz que hizo enfadar a la luna que justo aquel día estaba en un plenilunio inmenso y claro, plenilunio que duró toda la Navidad. Pero se hizo la oscuridad.

Ocurrió al día siguiente, en pleno apogeo de turistas provenientes de las ciudades colindantes a Ibiut. No llevaba la tarde ni media hora sin el asomo del sol, cuando la ciudad entera quedó sumida en una vasta tiniebla. Un hecho dentro la normalidad si hubiese sido un incidente aislado, esporádico y no consecutivo a otro de iguales características. No fue así, a la misma hora de las posteriores jornadas vespertinas, ocurrían los mismos oscuros incidentes.

Así se lo contaron a Miguel durante el recreo en el colegio mientras acababa su desayuno sentado bajo la acacia: Miguel, se queda todo a oscuras, todas las luces de Navidad, los adornos, los muñecos, incluso las coronas de los Reyes Magos allí abajo en el Alcázar; todo macho, todo: las tiendas, las cafeterías, los soportales, todas las farolas. Es rarísimo, tío, porque parece una avería de la red eléctrica pero no es así: todo aparato eléctrico que no despide luz sí funciona; es como si la noche se tragara cualquier lumen que saliera de la ciudad, ni los móviles, ni las luces en las casas que dan a las ventanas, incluso los faros de los coches se quedan vacíos y los conductores tienen que regresar con cuidado a sus casas bajo la luz de la luna. Macho, qué bien lo estamos pasando, las calles, todas, para nosotros.

En cierto sentido nunca fueron para ellos. Las calles, lejos de quedar desiertas, empezaron a tener un trasiego nunca antes visto en el tiempo. Pero todo estaba más ordenado, las conversaciones eran mucho más afables y silenciosas, las sonrisas eran verdaderas y allí donde surgían iluminaban de un modo cálido y seductor. Los niños tropezaban una y otra vez al correr a oscuras, pero eran tales las sombras que amortiguaban los golpes contra el suelo y se alzaban desarmándose de la risa. Todo el mundo empezó a conocerse uno a uno, se quedaron sin rostro en tales negruras y las miradas tenían todas el mismo candor. Cuando las luces volvían e pintaban de nuevo la ciudad ya era la hora de dormir y todos, como saliendo de un hermoso y cándido sueño, se dirigían a sus hogares entre abrazos y besos de despedida que surgían en los encuentros más inesperados a la luz de las candelas.

Miguel nunca salió a jugar con sus amigos para disfrutar de lo que estaban narrando. Él, todas las tardes, cuando las luces aún no habían sufrido su persistente apagón, se encaramaba al barrio de San Pedro, desde los hornos de San Millán, para pasar la tarde con su abuela; quiso mitigar la soledad en la se había sumido tras la muerte de su abuelo.

Él lo sabía todo, él estaba al tanto del apagón de cada tarde. Coincidía en el momento cuando su abuela encendía la tenue luz de la estrella en un pequeño y humilde portal de Belén, mientras, en el calor del hogar de aquella casa, acunaba a su nieto con sus historias, cuentos y retahílas de las navidades de su niñez. Él se quedaba adormilado viendo el rostro iluminado de un pequeño niño Jesús arropado entre jirones de tela, virutas de madera y musgo arrancado de la fuente de la Alameda.

Aún recordaba aquel año como si fuera ayer, como si su abuela aún siguiera en aquella casa, como si aquella estrella estuviera a punto de iluminarse y dejar de nuevo la ciudad a oscuras. La luna empezaba a nacer, esta Navidad no estaba regida por el plenilunio. En sus ojos tambaleaban las luces de colores que iluminaban cada centímetro de la plazoleta y aquel niño Jesús ahora siempre pasaba la Navidad en su bolsillo, siempre al alcance de su mano, siempre al alcance de su recuerdo. La Navidad, al fin y al cabo, es un zurrón que pesa más a medida que lo llenamos con ellos.