domingo, 15 de marzo de 2026

Escríbeme una saeta y vuelvo a verte (Textos para el concierto Así reza Úbeda)

 


El último adiós

Tú: cantaora; yo: remiendos de tinta vieja. Dejamos de mirarnos cuando el último penitente de blanco y rojo perdió su estela al doblar la esquina. Empezaba a perder tu figura entre la turba tras el paso de la última procesión, la del Domingo. Rompía a marchitarse la primavera al compás de tus pasos sobre los adoquines de la calle Real. Me prometiste volver cuando la próxima luna de Parasceve volviera a preñar los cielos; así me lo dijiste mientras nuestras manos se separaban: volveré, me dijiste, tienes que enseñarme como reza Úbeda. Tu pelo se mecía como las bambalinas de un palio y tu aroma se había quedado levitando en mi ser como lo hace el incienso en las calles de la ciudad en la tarde huraña del Domingo. Al fondo, desde la plaza de San Pedro, el aire empujaba por Juan Pasquau los sones de Pasa la Virgen Macarena; la Filarmónica Nuestra Señora de Gracia recitaba las últimas oraciones de la Semana Santa de Úbeda.

2.     En la promesa de tu vuelta.

Cuando quiero que resuene tu voz en mi recuerdo, con esa lejana cercanía, me arrodillo en un reclinatorio de cualquiera de mis templos. Hoy te escribo desde San Nicolás, aquí he venido a refugiarme en la mirada perdida de Nuestra Madre y Señora de las Lágrimas; aunque vagabundeo constantemente por cada casa que Dios tiene desperdigada por los rincones de la ciudad. Así reza Úbeda escondida entre los muros de sus iglesias, en el anonimato de los días normales de todo el año, cuando nada ni nadie es Semana Santa; reza al final de un paseo, o con las bolsas de la compra en las manos, reza con el pelo enmarañado, recién despertada oliendo a madrugada, reza sin oler a incienso, reza en zapatillas de paño, reza escondiéndose del verano, reza oculta, reza callada. Me gusta sentir el relente de la historia en las losas de sus suelos. En el gesto de acomodarme el abrigo por encima de la nariz antes de persignarme ante Dios, pienso en ti, cuando esta Dolorosa que hoy escucha mis ruegos y rezos se nos acercaba en aquella fresca noche de Martes Santo y nerviosa te tapabas hasta debajo de tu mirada, calentando el aire que entraba a tus pulmones con el perfume imborrable impregnado en tu pañuelo. Las últimas notas de Margot levitaban entre el racheo de los costaleros y el paso reviraba alguna de las esquinas entre Nadal y Arjona cuando rompiste con tu saeta la noche adormecida entre las luces nazarenas. Aquella fue la primera oración a mi lado. Soltaste la mano que tenías entrelazada a la mía y la dirigiste a la belleza eterna de la Dolorosa bella que ahora escucha mis plegarias, mis súplicas, tu vuelta. He olvidado todas las oraciones que aprendí de pequeño, no hay virgen ni cristo entre los muros de mis templos capaces de hacérmelos recordar. Sólo bisbiseo tu canto, aquel que se clavó en mi alma, como un Padrenuestro divino que alzo a mis profundidades para que sean escuchados mis ruegos y vuelvas pronto a mi lado. Buscaremos de nuevo un palio, cogidos de la mano, buscando la acera donde reclinarte, para volver a escucharte rezar mientras levitan en el aire las últimas notas de Margot.

3.     La antesala.

Existía la costumbre, en las casas de antaño, de colocar en la antesala del hogar la imagen de alguna virgencita o algún santito con una pequeña hucha. Era allí, en el recibidor, donde se colocaban para que fueran la primera cucharada que los vecinos y las visitas se echaban a la boca. De besos se llenaba el cristal que las protegía.

Pronto llegarás a esta casa que se llama Úbeda, ya incluso estarás viajando hasta aquí y, como en aquellos hogares de nuestros abuelos, te vas a encontrar en la antesala de la Semana Santa con este invierno adormecido, con esta Cuaresma de porcelana, reflejo de toda la hermosura que la primavera tiene pendiente de parir. Es la cuaresma que vas a vivir de mi mano, como la primera oración que se aturulla en la lengua de un rorro que casi comienza a andar. Pero no te hablo de los pasos de los costaleros que empiezan a recordar cómo se roza el adoquín, ni de los labios de los músicos principiando a entonar las notas que llenan los ecos ubetenses, ni de las flores cortadas para engalanar altares, ni del incienso que se consume a lomos de un carboncillo moribundo; te hablaré de otro idioma, de una cuaresma que, escondida tras la nana que se reza en las calles anochecidas, existe en otra dimensión del alma de Úbeda. Escucharemos a los vencejos que se posan en los balcones abiertos a la mañana, para que nos cuenten como se pintan las paredes de los hogares con el color de las túnicas recién lavadas; nos asomaremos a los miradores hacia Mágina y veremos el Aznaitín desvistiendo su montera y floreciendo sus plantas con tomillo y romero; nos sentaremos cerca de cualquier fuente, en alguna plaza silenciosa, y sentiremos que el chapoteo del agua ya no nos eriza la piel, sino que nos va amansando el alma. Úbeda, en su cuaresma, es una vieja con tintes de madre eterna, que nos adormece en su regazo con un bisbiseo divino. De mi mano te enseñaré que todos sus cantos y rezos, tienen el dulzor de una nana.

4.     En la Gracia de un rosario.

Era Lunes Santo, los balcones de la calle Condestable Dávalos arrodillados sobre la tortuosa calle, se inclinaban hacia el cortejo azul y blanco abriendo sus entrañas para apoderarse de la nube de incienso que precedía al palio dueño de lo absoluto. Allí es donde suelo apostarme, vencido y desvencijado, manchando mis ropajes con la cal de alguna fachada, mientras espero que al paso de la Llena de Gracia se limpien mi conciencia y mi alma. Si he aprehendido el significado de la nada, ha sido toda vez que ese palio azul se ha adentrado en esa calle en busca de la puerta de Granada: verla acercarse, entre las mecidas de sus varales, con la mirada perdida en la inmensidad de su rostro, uno atisba el vacío que se abre tras Ella, uno descubre que desaparecen espacio y tiempo tras la última luminaria de sus candelabros de cola, es ella quién inaugura una nueva vida tras su paso, regalando un nuevo escenario donde volver a nacer. Cada Lunes Santo, una nueva vida.

Y allí estabas tú, aún anónima en mi vida, casi tocando mi hombro con tu espalda. Me preguntaste por su nombre y te respondí que se llamaba María y en tus ojos vi la mirada de las primeras veces, la pintada de miedo, de ilusión, de nervios y de esperanza; y de Fe, porque cuando uno se dispone a rezar esa es la única indisciplinada en las profundidades del alma. Nunca me dijiste después qué acontecía en tu corazón en aquel callejón de ensueño, nunca llegaré a saberlo porque las cosas que se entregan en guisa de oración quedan siempre entre uno y Dios. Me diste las gracias, me sonreíste y quizá me enamoré de ti en ese mismo instante, o quizá fue en el momento que miraste hacia el suelo buscando en él el consuelo que otros buscamos en el cielo, o quizá en la manera de persignarte tocando cada punta de la cruz al compás que marcaba el rosario colgado de las manos talladas por el maestro Cuadra, o quizá cuando la calle era un murmullo callado y de tu garganta empezó a sonar aquella saeta quebrada a Nuestra Señora de Gracia.

5.     Escríbeme una saeta.

Escríbeme una saeta y vuelvo de nuevo a tu vida, me dijiste. Y estando mi vida suspensa en el abismo de un bordillo, asida a tu mano mientras cualquier dios de madera mendiga la caricia de tu canto, te prometí que mis andrajos de tinta dibujarían una plegaria en el papel de mi existencia. Cada día en mi escribanía he garabateado un trazo de letra para que ocuparan sus líneas cada tiempo de tu ausencia, con ese mimo con el que algunos esperamos la llegada de la primavera. En este pueblo, ciudad chica, abrimos un resquicio de nuestro tiempo para transportarnos a cualquier día de esos que llaman santos. Yo, y los que son como yo, pariendo letrillas y amores a cristos y dolorosas que hagan más amable esta larga noche oscura de paciencia; ¿recuerdas al Loro, aquel que invitamos a una cañilla en la taberna del Chato? Ese llena sus días de semana santa silbando el Miserere cuando cansado de sus viajes se sienta en algún banco de la ciudad. Los niños, jugando a ser penitentes de cartón y trapo, convierten las tardes sin siesta en una procesión imaginaria; los músicos mimando cada nota que tarde o temprano se hará marcha de Semana Santa, se hará rezo melódico; las manos de las costureras tejiendo y cortando telas que se convertirán en confesionarios y mortajas. Todo, durante la eternidad, en Úbeda, se mueve en torno a Dios, en todo está Dios con este vestido de madera y arte con el que se muestra en Semana Santa. Yo suelo andar siempre con sus músicas en los oídos, ahora mismo está sonando Triana en sus Penas, es de mi amigo Cristóbal, creo que te hablé en alguna ocasión de él, lo veo, como a la mayoría de los ubetenses, rezando a su manera: rompiendo la soledad de su habitación en la calle Risquillo Bajo con las notas de su piano, creando la enésima maravilla con su desbordada pasión semanasantera y su inmenso corazón cofrade, mientras el retrato de Don Victoriano lo vigila y lo bendice.

6.     Sagitta.

Las saetas suelen ser de madera y su destino la carne. Paradójico: las tuyas nacen de la carne y se clavan en la madera, aunque sé que ese no es su cometido último y sí desgajarse de la pulpa inerte para llegar a todos los corazones que la estén escuchando. Nace en soledad, rasga una garganta; muere en multitud, conmueve todas las voluntades.

La saeta llama a la oración, la saeta atraviesa el alma, la ensarta y la acerca a Dios, así me decías cada vez que te preguntaba acerca de tu arte; y ahora que loco estoy buscando la manera de acercarte al rezo de Úbeda, recuerdo que estuviste en cada una de las saetas que esta ciudad recatada lanza a la retina de la historia para que esta se postre ante Dios. Estuviste, sí, en la dulce tarde del  Claro Bajo de San Isidoro, entre naranjos e incienso escuchando la saeta del Desconsuelo; estuviste cerquita de Los Carpinteros, escuchando de fondo El Presidente ha muerto; estuviste al Amanecer Morado mojando tus mejillas con las notas del Miserere de Don Victoriano; estuviste en aquella mañana recién despertada cuando a un cielo de casi las cinco de la tarde volaban Angustias desde San Isidoro; estuviste escuchando las saetas de cornetas y tambores que se filtran por las cancelas de los templos para ir abriéndolas de par en par y se haga presente la Magna Procesión General; escuchaste la saeta de un pueblo arremolinado en un barrio alrededor de una virgen que se empeña en llamarse Soledad, zapateando adoquines más viejos que el hambre a ritmo de seguiriyas, martinetes y carceleras; cómo quieres que te enseñe cómo reza Úbeda si fuiste testigo de la saeta final que todo lo calla, si dejaste escapar una lágrima cuando al caer la madrugada Santa María cerraba sus puertas con un estrépito venido de otro mundo, como si fuese el mismo Dios quien se rajara la garganta. Qué te puedo yo enseñar de sus rezos si tú más que yo sabes que Úbeda, cuando se hace cofrade, le canta airosa a la historia y siempre lo hace con una saeta.

7.     Silencio.

Las melodías más bellas que entonaste, en aquella semana a tu lado, sin dudarlo un instante, eran las contenidas en los silencios entre frase y frase, cuando se expandía el monte de tus pechos para recibir de nuevo el aire que convertías en excelsa oración. Y de eso no me avisaste; me dijiste que te escribiera una saeta y no me dijiste qué métrica usar para cada uno de esos silencios, ni la rima que los hila, ni el caudal de pasión que los gobierna. Sólo he podido intuirlos y dejarlos en el papel levitando, comparándolos con aquellas dos noches en las que muda quedaste al ver a Cristo muerto en la cruz. Mostrabas inquietud, desasosiego, ansiedad. Comentaste tras el paso de su Noche Oscura o de su Buena Muerte, que llevarías para siempre como una penitencia eterna la saeta que nunca llegarías a cantarles. Y es que hay ocasiones en las que es mucho más necesario y leal quedarse enfrascado en el silencio que tantas verdades nos cuenta, tanto de nosotros descubre y tan sencillo nos describe el mundo y la vida. Estas letras que compongo y que se harán canto y plegaria cuando regreses, tienen una demasía de silencios porque yo soy muy de aquí, aunque tú seas de allá, y en Úbeda ya descubriste que la mejor conversación que podemos tener con Dios es la del silencio, la que surge en la reflexión tras un rezo, la que tiene de fondo timbales que suenan a herida y a muerte, la acontecida entre candelas mortecinas y sombras que sólo tienen luz esas noches. Si no quieres cantarla no la cantes, quizá nació para ser sólo papel manchado con tinta. Tú vuelve y ya veremos si existe algún Gólgota en intramuros capaz de soportar todos los silencios que lleva esta copla escrita, seguro que encontramos de la mano algún Cristo clavado al madero mendigando tu canto al cielo. Y si no, silencio.

8.     El amor todo lo vence (Amor Omnia Vincit)

Diviso ya el andén de tu llegada, vendrás de madrugada el Viernes Santo. Llevaré tu saeta en los bolsillos y en la mano una rosa ya marchita. Acompañaremos a Jesús en su agonía, cargando con la cruz de nuestros pecados, lo veremos caer en mil esquinas y alzar la vista al cielo aclamando que no hay mayor Amor en nuestras vidas que el que en su muerte nos ha entregado. Iremos de la mano entre murallas, besándonos a escondidas en los jardines, en busca de una virgen que aún es niña meciendo al Cordero en su regazo. Repicarán campanas a la tarde y habrás leído ya mi triste andrajo, algunos octosílabos prometidos aquel Domingo azul que ya es lejano. Te tengo preparado un balconcillo, en ese barrio blanco de alfareros, donde la sencillez es don divino, en donde vive Dios ausente y muerto; vendrá en la Soledad de un frío madero, en una tela limpia que ya es viento; y allí podrás rajar con tus requiebros un cielo que no es más que el escenario donde Úbeda se postra al Dios eterno. Y mírala entre versos a la cara, Stabat Mater para rezarla, mis versos prometidos a tu garganta son de Ella porque tu amor lo imploré en su llanto. Verás que no soy escritor lozano, y que mis versos van tartamudeando, que no son dignos de tu voz ardiente, que a veces languidecen en pecados. Pero me dijiste escribe un saeta y vuelvo a verte, y yo que sólo soy enamorado, por más que las Musas me abandonaran, por verte amada mía compuse a ratos. Entre estas letras nunca te has marchado, te he saboreado, te he besado, te he abrazado, deseado, anhelado, alabado y te he amado con un callado amor. Coge mi mano, saetera, esta que ha escrito lo que has de cantar. Quedémonos levitando en este Viernes Santo prometido, de testigo tenemos al Amor y ya sabes que el Amor todo lo vence.

jueves, 5 de febrero de 2026

Flores de mayo

 


No puedo creerme la cantinela de que hay que escribir lo que la gente espera: lo fácil, lo sentimental, lo superfluo, la rima tosca melódicamente bien medida; no puedo afirmar lo que no me gusta: odio los repertorios carnavaleros extremadamente aduladores, vacíos de carga social, repletos de miedos ante el que juzga, en fin, en conclusión, banales. A veces hubo ocasiones en los que no podía creerme algunas partes de aquellos repertorios que me habían obligado a escribir.

Que suceda esto, que lleguen a gustar este tipo de composiciones a los que este mes de febrero escuchan carnaval, no me importa, incluso me alegró en su momento por la calma  que acarreó a todos mis compañeros de comparsas, pero afianza aún más mis convicciones: implicarse en una nave que pasa de largo y no se detiene ante tanta devastación social y moral, nunca estuvo en mis planes.

El carnaval me tira, me gusta, por la potencial carga de lucha que puede llegar a tener, las críticas y los mensajes que pueden enloquecerse en la tinta del que los escribe y en las voces de aquellos que los cantan; reniego de un carnaval pensado y añorado por los días de fiesta y desenfreno en los que cualquier cosa es válida con tal de erigirse en protagonista de noches de parranda y patetismo nocturno. Si no está permitido volverse mordaz y cruel con aquello que entristece y enfurece a esta sociedad, si sólo está permitido adular al que se lo merece y acariciar la cara de aquellos que nos insultan, si sólo se canta a lo mismo para buscar el beneplácito económico, tomando esto como pretexto para tomarse unas cuantas copas con gente a la que le gusta disfrazarse, entonces me quedaré en mi casa, ideando un disfraz para cuando me apetezca redimirme y dar rienda suelta al gusanillo carnavalesco de cada año.

Me pregunto si serán los años, supongo que sí, o la consolidación de unos principios que hasta este momento no habían aflorado a la superficie del mar de mis convicciones, o ambos: los años y las convicciones, los que me han hecho recapacitar sobre la verdadera carga de mi tren carnavalesco. Nunca me gustó disfrazar mi pluma ni mi voz con flores de mayo, sólo me queda revelarme en silencio en el retiro de mi hogar.

martes, 13 de enero de 2026

Diciembre

 

Si supieras que eres otro lenguaje, otro contexto, que eres la salida de los mismos rincones donde me había acostumbrado a debatir con mis ángeles caídos y de ti surge un eco distinto que me devuelve mis palabras evolucionadas en el idioma del corazón. Si supieras que te pusiste los vestidos de Cádiz, a donde huir lo suelo hacer cuando necesito recomponerme, que te puse de nombre Diciembre para que nadie supiera quién fuiste, eres y serás.

Diciembre, así te llamaré a partir de ahora: el nombre del mes que me descubrió una Cádiz distinta a todas las que había descubierto desde que quise ser de Cádiz. Estuviste en todos los atardeceres prematuros de los últimos días del año, cuando sentado junto a Paco Alba olvidaba el continuo ir y venir de las olas de la pleamar en la Caleta, perdido como estaba en nuestras sutiles conversaciones; casi sin versar de nada empezaban a horadar mis adentros, descubriendo una senda frondosa y fresca que incitaba a comenzarse a andar. Diciembre, así te llamaré, porque imaginaba tu piel fresca y suave en los vientos amables del invierno en la Tacita; y no me equivocaba cuando ahora en mi mano encuentro al acariciarte la suave brisa que me acompañó una noche larga y serena paseando hacia el castillo de San Sebastián, mientras que en la luz del faro fantaseaba con tu mirada en nuestras cortas distancias. Eres Diciembre, el diciembre amable y paciente de los paseos a los pies de Puerta de Tierra, de los bancos vacíos en la plaza Mina, de la lectura calmada de una novela a punto de morir en una mañana soleada en la plaza de la Merced, allí te sentabas conmigo, levantando mi vista de la tinta impresa para buscarte entre las líneas digitales de mi teléfono móvil. En él te llevaba escondido, Diciembre, mientras descubría todos los callejones de la ciudad vieja; no lo hacía como suelo andar, con las manos en los bolsillos e inmortalizando las novedades de la nueva ciudad abierta con algún estado de ánimo o el pensamiento de vete tú a saber qué nueva locura o aventura; no, no caminaba desgarbado y anónimo, sino que lo hacía contigo de la mano, susurrándote mil y una tonterías a través del micrófono de mi Smartphone. En el vuelo de las gaviotas sobre la playa de las Mujeres estaba la libertad que solicitabas, en la caña de pescar de un jubilado en Campo del Sur estaba la paciencia que reclamabas, en las miradas ausentes de la locura en el barrio de la Viña estaba el olvido que hiciera renacer la alegría. En todo estabas, Diciembre. Hui para encontrarme, a la ciudad de mis sueños, donde quiero volver a nacer cuando la muerte me mude; hui para pensarme, para recomponerme, para proyectarme, hui para seguir siendo feliz con mis soledades, en diciembre, cuando Cádiz se vuelve amable, sencilla, silenciosa y realmente abierta a las almas desoladas; hui y nunca hubo mejor escape que encontrarte tan lejos, a ti, Diciembre, que siempre estuviste tan cerca.

Trastocado mi calendario, he mudado el mes de enero y lo he puesto detrás de diciembre, donde todo comienza, y en todos los días venideros siempre habrá un trocito de Diciembre, esa diosa que emergió del Atlántico para hacerse eterna en todos los abrazos que me quedan por dar. Y mientras tanto, te seguiré pensando que es donde mejor estoy mientras no estoy contigo.

jueves, 11 de diciembre de 2025

El charco


Ibiut era aún una niña, casi con seis mil años de historia. Vestía faldita corta, mostrando unas rocosas rodillas donde terminaban las verdes polainas que siempre llevaba puestas para no mancharse las pantorrillas con el barro de los barrios alfareros. Guapa y graciosa, tenía un defecto convertido en bendición: los vientos la condenaron, como a la ninfa Eco, a repetir sólo las últimas palabras que escuchara, sin haber previsto estos que todos los peregrinajes sintácticos que acababan en los oídos de la joven eran palabras bellas.
No me digan cómo, porque casi me queda tinta para el punto final, pero Ibiut calló rendida ante la belleza de un muchacho. Lo reconoció a primera vista, era el niño que escondía quimeras y sueños bajo los adoquines de las calles; fantasías que poco a poco habían ido saliendo de sus escondites para hacerse realidad. Se enamoraron de recuerdos y el mancebo, fiel a su corazón y a su imberbe facundia, sólo mantenía conversaciones con ella que acababan en la palabra amor. El tiempo pasó, el muchacho creció y todos los sueños escondidos en su infancia levantaron tal cantidad de adoquines y aceras que muchas de las calles quedaron vaciadas, casi todas pertenecientes al flanco oeste de la ciudad.
Con los bolsillos del joven llenos de sueños cumplidos, otras sirenas y dioses lo embelesaron con halagos, hasta caer la dulce niña Ibiut casi en el olvido. Ciega de amor, usando el poder que le otorgaron, usó las palabras desesperadas que uno de sus mil pretendientes le dedicara una noche, para atraer a su amante predilecto.
No pudo negarse a volver ante la niña, pero al verse reflejado ante sus ojos se turbó como nunca lo había estado. Nunca se había visto tan bello, tan culto, tan poderoso; el brillo de enamorada de la mirada de Ibiut, así lo reflejó. Para corroborar tal efusión de magnanimidad, apartó a Ibiut de un manotazo y corrió hacia el abrevadero de las huertas del sur para confirmar el reflejo.
El abrevadero se había convertido en un triste charco y su reflejo allí quedó desfigurado por las formas del lodo y olía inevitablemente a verdín. Allí quedó, apresado por el cieno, en busca de la belleza que había visto en la mirada de Ibiut; y condenado eternamente a oírla noche tras noche llorar por su desprecio.

jueves, 30 de octubre de 2025

La muerte de noviembre



La muerte no existe. Para hacerlo necesita de un tiempo, de un lapso, de una unidad de medida que demuestre su existencia. Existe la vida y la nada, que está detrás de este continuo mirar por la supervivencia, que se llena de creencias esotéricas, de reencuentros y eternidades, o del vacío del que piensa que esa nada es como su nombre indica, nada. Los cristianos la llenamos con la promesa de la vida eterna, con la esperanza en la resurrección; con todo aquello que Jesús auguró que vendría con Él. Pero la muerte no existe, lo reitero, porque con ella no tendría sentido la vida. La muerte es un invento humano para poder defender conceptos tales como nostalgia, pena, tristeza y dolor. La muerte se queda entre los vivos, en la habitación del duelo, en el rostro macilento de la primera noche de ausencia, en el aliento hediondo de las conversaciones de funeral; cerramos los ojos y vemos la muerte en el ataúd engullido por la tierra, por la cal blanca del frío nicho. La muerte es el nombre que le ponemos a la eterna despedida, al silencio infinito, al recuerdo imborrable. La muerte es la irreverencia de la vida dejando un adiós sin respuesta. La muerte, esa que no existe, nos engaña cada primero de noviembre, volviendo a desandar el camino de cipreses, cruzando las puertas del cementerio de San Ginés; la muerte, esa que no existe, nos arrodilla ante el mármol y nos hace sentir su frialdad; y de frío vestimos a la muerte, la que no existe; y limpiamos el rostro de la muerte, la que no se encuentra; y lloramos el recuerdo que nos instauró la muerte, la que no se halla. Noviembre nos regresa a la muerte, esa que no está. En noviembre, podemos, tras tanto dialogar con la muerte, la que sólo es idea, aseverar que lo único que se hace es la vida, en esta vida o en la otra.


martes, 8 de julio de 2025

La pesâh




 Háganse la imagen que les plazca en sus cabezas tras las palabras que a continuación voy a decir con toda la seriedad que me sea posible: ya está aquí, ya se nos va viniendo julio.

Aunque algunos generosos conciudadanos ya bombardean nuestros habitáculos conectados a la red, con esas simpáticas fotografías de cervezas, espetitos, nalgas, pies, uñas pintadas y nuevos modelos de bikinis y bañadores, todas ellas con el fondo común azulado de nuestro querido y lejano mar Mediterráneo o el más remoto aún océano Atlántico; aún nos viene lo peor y todo llega con julio. Ya de agosto ni les hablo.

¿Usted es uno de los agraciados que próximamente hará las maletas? O por el contrario, ¿es usted uno de los muchos que nos vamos a quedar en el terruño mojándonos el mondongo con el abrasivo cloro de alguna piscina municipal? Sea como fuere, tengo que felicitarle, porque con julio, aunque ya en junio se deja entrever, llega a nuestras vidas el fastuoso animal que iguala las vacaciones de ricos y pobres, las de mar y las de montaña, las de mesa y mantel y las de barbacoa piscinera. Con julio llega a nuestras vidas la mosca.

Si algo tiene de bonito el verano, desde luego es ese diminuto animal que desde bien temprano acompaña nuestras vidas: cual ángel de la conciencia nos martillea el oído con sus zumbidos, sobrevuela nuestras cabezas para aliviarnos la calor, absorben con sus trompetillas esa ligera capa de sudor que nos aparece en el cogote. Y ahí está ese precioso animalote, en las comidas suntuosas de chiringuitos o en el bocadillo de chopped de los chiquillos en la piscina. Un animal que como el reggaetón vino para quedarse, aunque ambos nos hagan mucho más difícil la existencia. En fin, disfruten y no olviden sonreírle al verano, ni a nuestras queridas moscas, ese regalo de Dios que nos iguala en calamidades a todos los seres de este planeta cuando llega esta maravillosa y tan selectiva estación.

jueves, 8 de mayo de 2025

La farola


Sería muy complicado escribir una novela cuya trama se desarrollara en el escenario de la noche ubetense. Bueno, aclaremos, una novela silenciosa, sombría, sigilosa; una novela de intriga o policíaca, con un comisario envuelto en pistas que lleven hacia la guarida de algún misántropo delincuente que actúe en el anonimato de la noche; o una novela de amores imposibles a la luz del sol, amores que solamente pueden hacerse pasión en la clandestinidad de las tinieblas. No existirían crímenes como los de Plenilunio, ni tejados que sirvieran de escape como los de Beatus Ille, ni balcones ni murallas que nos escondieran mientras observásemos las luces de los automóviles que vuelven a la ciudad desde el valle del Guadalquivir, como ocurre en El jinete polaco.

La noche ubetense ha cambiado radicalmente en los últimos años. Ahora, pasear por su tiempo, se hace extraño, y a veces, a mí me paso en mi último paseo anochecido, uno olvida que lo hace en la noche si no fuera por la quietud que aún nos recuerda que vivimos en un pueblo, o por la oscuridad mantenida en el cielo que nos protege. El cambio de iluminación acaecido en los últimos tiempos, con esas farolas de bombillas LED, tan muertas, con esa luz tan fría; en cierto sentido, nos ha hecho perder esa identidad que antaño marcaba nuestro ser ubetense. Somos patrimonio para el mundo y hemos perdido el mundo que era nuestro patrimonio. Ahora uno camina en la noche y tiene que ir con los ojos contraídos para ver a Úbeda; antaño era al contrario, abrir los ojos era amable, y mucho, y en esa acción nos empapábamos de la belleza escondida en los callejones y plazas, a la tenue luz broncínea que nos regalaban las candelas de entonces; esas candelas que acunaban nuestro sueños en las noches de verano cuando dormir con las ventanas abiertas era un hábito de nuestra libertad.

Aún existe una farola en la que quedarse suspendido en aquellos tiempos, espero que estas palabras sirvan para dejarla anclada a la noche de los tiempos venideros. Existe en la Casa de la Tercia, en su patio, a la sombra del torreón de las Arcas, junto al arco de la calle Ventanas; incluso hay un banco invisible a la claridad de la noche, donde quedarse escribiendo novelas en aquella Úbeda tan bella de la noche de otros tiempos.