El último adiós
Tú: cantaora; yo:
remiendos de tinta vieja. Dejamos de mirarnos cuando el último penitente de
blanco y rojo perdió su estela al doblar la esquina. Empezaba a perder tu
figura entre la turba tras el paso de la última procesión, la del Domingo. Rompía
a marchitarse la primavera al compás de tus pasos sobre los adoquines de la
calle Real. Me prometiste volver cuando la próxima luna de Parasceve volviera a
preñar los cielos; así me lo dijiste mientras nuestras manos se separaban: volveré, me dijiste, tienes que enseñarme como reza Úbeda. Tu
pelo se mecía como las bambalinas de un palio y tu aroma se había quedado
levitando en mi ser como lo hace el incienso en las calles de la ciudad en la
tarde huraña del Domingo. Al fondo, desde la plaza de San Pedro, el aire
empujaba por Juan Pasquau los sones de Pasa la Virgen Macarena; la Filarmónica
Nuestra Señora de Gracia recitaba las últimas oraciones de la Semana Santa de
Úbeda.
2.
En la promesa de tu vuelta.
Cuando quiero que
resuene tu voz en mi recuerdo, con esa lejana cercanía, me arrodillo en un
reclinatorio de cualquiera de mis templos. Hoy te escribo desde San Nicolás,
aquí he venido a refugiarme en la mirada perdida de Nuestra Madre y Señora de
las Lágrimas; aunque vagabundeo constantemente por cada casa que Dios tiene
desperdigada por los rincones de la ciudad. Así reza Úbeda escondida entre los
muros de sus iglesias, en el anonimato de los días normales de todo el año,
cuando nada ni nadie es Semana Santa; reza al final de un paseo, o con las
bolsas de la compra en las manos, reza con el pelo enmarañado, recién
despertada oliendo a madrugada, reza sin oler a incienso, reza en zapatillas de
paño, reza escondiéndose del verano, reza oculta, reza callada. Me gusta sentir
el relente de la historia en las losas de sus suelos. En el gesto de acomodarme
el abrigo por encima de la nariz antes de persignarme ante Dios, pienso en ti,
cuando esta Dolorosa que hoy escucha mis ruegos y rezos se nos acercaba en
aquella fresca noche de Martes Santo y nerviosa te tapabas hasta debajo de tu
mirada, calentando el aire que entraba a tus pulmones con el perfume imborrable
impregnado en tu pañuelo. Las últimas notas de Margot levitaban entre el racheo
de los costaleros y el paso reviraba alguna de las esquinas entre Nadal y
Arjona cuando rompiste con tu saeta la noche adormecida entre las luces
nazarenas. Aquella fue la primera oración a mi lado. Soltaste la mano que
tenías entrelazada a la mía y la dirigiste a la belleza eterna de la Dolorosa
bella que ahora escucha mis plegarias, mis súplicas, tu vuelta. He olvidado
todas las oraciones que aprendí de pequeño, no hay virgen ni cristo entre los
muros de mis templos capaces de hacérmelos recordar. Sólo bisbiseo tu canto,
aquel que se clavó en mi alma, como un Padrenuestro
divino que alzo a mis profundidades para que sean escuchados mis ruegos y
vuelvas pronto a mi lado. Buscaremos de nuevo un palio, cogidos de la mano,
buscando la acera donde reclinarte, para volver a escucharte rezar mientras
levitan en el aire las últimas notas de Margot.
3.
La antesala.
Existía la costumbre,
en las casas de antaño, de colocar en la antesala del hogar la imagen de alguna
virgencita o algún santito con una pequeña hucha. Era allí,
en el recibidor, donde se colocaban para que fueran la primera cucharada que
los vecinos y las visitas se echaban a la boca. De besos se llenaba el cristal
que las protegía.
Pronto llegarás a
esta casa que se llama Úbeda, ya incluso estarás viajando hasta aquí y, como en
aquellos hogares de nuestros abuelos, te vas a encontrar en la antesala de la
Semana Santa con este invierno adormecido, con esta Cuaresma de porcelana,
reflejo de toda la hermosura que la primavera tiene pendiente de parir. Es la
cuaresma que vas a vivir de mi mano, como la primera oración que se aturulla en
la lengua de un rorro que casi comienza a andar. Pero no te hablo de los pasos
de los costaleros que empiezan a recordar cómo se roza el adoquín, ni de los
labios de los músicos principiando a entonar las notas que llenan los ecos
ubetenses, ni de las flores cortadas para engalanar altares, ni del incienso
que se consume a lomos de un carboncillo moribundo; te hablaré de otro idioma,
de una cuaresma que, escondida tras la nana que se reza en las calles
anochecidas, existe en otra dimensión del alma de Úbeda. Escucharemos a los
vencejos que se posan en los balcones abiertos a la mañana, para que nos
cuenten como se pintan las paredes de los hogares con el color de las túnicas
recién lavadas; nos asomaremos a los miradores hacia Mágina y veremos el
Aznaitín desvistiendo su montera y floreciendo sus plantas con tomillo y
romero; nos sentaremos cerca de cualquier fuente, en alguna plaza silenciosa, y
sentiremos que el chapoteo del agua ya no nos eriza la piel, sino que nos va
amansando el alma. Úbeda, en su cuaresma, es una vieja con tintes de madre
eterna, que nos adormece en su regazo con un bisbiseo divino. De mi mano te
enseñaré que todos sus cantos y rezos, tienen el dulzor de una nana.
4.
En la Gracia de un rosario.
Era Lunes Santo, los
balcones de la calle Condestable Dávalos arrodillados sobre la tortuosa calle,
se inclinaban hacia el cortejo azul y blanco abriendo sus entrañas para
apoderarse de la nube de incienso que precedía al palio dueño de lo absoluto.
Allí es donde suelo apostarme, vencido y desvencijado, manchando mis ropajes
con la cal de alguna fachada, mientras espero que al paso de la Llena de Gracia
se limpien mi conciencia y mi alma. Si he aprehendido el significado de la
nada, ha sido toda vez que ese palio azul se ha adentrado en esa calle en busca
de la puerta de Granada: verla acercarse, entre las mecidas de sus varales, con
la mirada perdida en la inmensidad de su rostro, uno atisba el vacío que se
abre tras Ella, uno descubre que desaparecen espacio y tiempo tras la última
luminaria de sus candelabros de cola, es ella quién inaugura una nueva vida
tras su paso, regalando un nuevo escenario donde volver a nacer. Cada Lunes
Santo, una nueva vida.
Y allí estabas tú,
aún anónima en mi vida, casi tocando mi hombro con tu espalda. Me preguntaste
por su nombre y te respondí que se llamaba María
y en tus ojos vi la mirada de las primeras veces, la pintada de miedo, de
ilusión, de nervios y de esperanza; y de Fe, porque cuando uno se dispone a
rezar esa es la única indisciplinada en las profundidades del alma. Nunca me
dijiste después qué acontecía en tu corazón en aquel callejón de ensueño, nunca
llegaré a saberlo porque las cosas que se entregan en guisa de oración quedan
siempre entre uno y Dios. Me diste las gracias, me sonreíste y quizá me enamoré
de ti en ese mismo instante, o quizá fue en el momento que miraste hacia el
suelo buscando en él el consuelo que otros buscamos en el cielo, o quizá en la
manera de persignarte tocando cada punta de la cruz al compás que marcaba el
rosario colgado de las manos talladas por el maestro Cuadra, o quizá cuando la
calle era un murmullo callado y de tu garganta empezó a sonar aquella saeta
quebrada a Nuestra Señora de Gracia.
5.
Escríbeme una saeta.
Escríbeme
una saeta y vuelvo de nuevo a tu vida, me dijiste. Y
estando mi vida suspensa en el abismo de un bordillo, asida a tu mano mientras
cualquier dios de madera mendiga la caricia de tu canto, te prometí que mis
andrajos de tinta dibujarían una plegaria en el papel de mi existencia. Cada
día en mi escribanía he garabateado un trazo de letra para que ocuparan sus
líneas cada tiempo de tu ausencia, con ese mimo con el que algunos esperamos la
llegada de la primavera. En este pueblo, ciudad chica, abrimos un resquicio de
nuestro tiempo para transportarnos a cualquier día de esos que llaman santos.
Yo, y los que son como yo, pariendo letrillas y amores a cristos y dolorosas
que hagan más amable esta larga noche oscura de paciencia; ¿recuerdas al Loro,
aquel que invitamos a una cañilla en la taberna del Chato? Ese llena sus días
de semana santa silbando el Miserere cuando cansado de sus viajes se sienta en
algún banco de la ciudad. Los niños, jugando a ser penitentes de cartón y
trapo, convierten las tardes sin siesta en una procesión imaginaria; los
músicos mimando cada nota que tarde o temprano se hará marcha de Semana Santa,
se hará rezo melódico; las manos de las costureras tejiendo y cortando telas
que se convertirán en confesionarios y mortajas. Todo, durante la eternidad, en
Úbeda, se mueve en torno a Dios, en todo está Dios con este vestido de madera y
arte con el que se muestra en Semana Santa. Yo suelo andar siempre con sus
músicas en los oídos, ahora mismo está sonando Triana en sus Penas, es de mi
amigo Cristóbal, creo que te hablé en alguna ocasión de él, lo veo, como a la
mayoría de los ubetenses, rezando a su manera: rompiendo la soledad de su
habitación en la calle Risquillo Bajo con las notas de su piano, creando la
enésima maravilla con su desbordada pasión semanasantera y su inmenso corazón
cofrade, mientras el retrato de Don Victoriano lo vigila y lo bendice.
6.
Sagitta.
Las saetas suelen ser
de madera y su destino la carne. Paradójico: las tuyas nacen de la carne y se
clavan en la madera, aunque sé que ese no es su cometido último y sí desgajarse
de la pulpa inerte para llegar a todos los corazones que la estén escuchando.
Nace en soledad, rasga una garganta; muere en multitud, conmueve todas las voluntades.
La
saeta llama a la oración, la saeta atraviesa el alma, la ensarta y la acerca a
Dios, así me decías cada vez que te preguntaba acerca de
tu arte; y ahora que loco estoy buscando la manera de acercarte al rezo de
Úbeda, recuerdo que estuviste en cada una de las saetas que esta ciudad
recatada lanza a la retina de la historia para que esta se postre ante Dios.
Estuviste, sí, en la dulce tarde del
Claro Bajo de San Isidoro, entre naranjos e incienso escuchando la saeta
del Desconsuelo; estuviste cerquita de Los Carpinteros, escuchando de fondo El
Presidente ha muerto; estuviste al Amanecer Morado mojando tus mejillas con las
notas del Miserere de Don Victoriano; estuviste en aquella mañana recién
despertada cuando a un cielo de casi las cinco de la tarde volaban Angustias
desde San Isidoro; estuviste escuchando las saetas de cornetas y tambores que
se filtran por las cancelas de los templos para ir abriéndolas de par en par y
se haga presente la Magna Procesión General; escuchaste la saeta de un pueblo
arremolinado en un barrio alrededor de una virgen que se empeña en llamarse
Soledad, zapateando adoquines más viejos que el hambre a ritmo de seguiriyas,
martinetes y carceleras; cómo quieres que te enseñe cómo reza Úbeda si fuiste
testigo de la saeta final que todo lo calla, si dejaste escapar una lágrima
cuando al caer la madrugada Santa María cerraba sus puertas con un estrépito
venido de otro mundo, como si fuese el mismo Dios quien se rajara la garganta.
Qué te puedo yo enseñar de sus rezos si tú más que yo sabes que Úbeda, cuando
se hace cofrade, le canta airosa a la historia y siempre lo hace con una saeta.
7.
Silencio.
Las melodías más
bellas que entonaste, en aquella semana a tu lado, sin dudarlo un instante,
eran las contenidas en los silencios entre frase y frase, cuando se expandía el
monte de tus pechos para recibir de nuevo el aire que convertías en excelsa
oración. Y de eso no me avisaste; me dijiste que te escribiera una saeta y no
me dijiste qué métrica usar para cada uno de esos silencios, ni la rima que los
hila, ni el caudal de pasión que los gobierna. Sólo he podido intuirlos y
dejarlos en el papel levitando, comparándolos con aquellas dos noches en las
que muda quedaste al ver a Cristo muerto en la cruz. Mostrabas inquietud,
desasosiego, ansiedad. Comentaste tras el paso de su Noche Oscura o de su Buena
Muerte, que llevarías para siempre como una penitencia eterna la saeta que
nunca llegarías a cantarles. Y es que hay ocasiones en las que es mucho más
necesario y leal quedarse enfrascado en el silencio que tantas verdades nos cuenta,
tanto de nosotros descubre y tan sencillo nos describe el mundo y la vida.
Estas letras que compongo y que se harán canto y plegaria cuando regreses,
tienen una demasía de silencios porque yo soy muy de aquí, aunque tú seas de
allá, y en Úbeda ya descubriste que la mejor conversación que podemos tener con
Dios es la del silencio, la que surge en la reflexión tras un rezo, la que
tiene de fondo timbales que suenan a herida y a muerte, la acontecida entre
candelas mortecinas y sombras que sólo tienen luz esas noches. Si no quieres
cantarla no la cantes, quizá nació para ser sólo papel manchado con tinta. Tú
vuelve y ya veremos si existe algún Gólgota en intramuros capaz de soportar
todos los silencios que lleva esta copla escrita, seguro que encontramos de la
mano algún Cristo clavado al madero mendigando tu canto al cielo. Y si no,
silencio.
8.
El amor todo lo vence (Amor Omnia
Vincit)
Diviso ya el andén de
tu llegada, vendrás de madrugada el Viernes Santo. Llevaré tu saeta en los
bolsillos y en la mano una rosa ya marchita. Acompañaremos a Jesús en su
agonía, cargando con la cruz de nuestros pecados, lo veremos caer en mil
esquinas y alzar la vista al cielo aclamando que no hay mayor Amor en nuestras
vidas que el que en su muerte nos ha entregado. Iremos de la mano entre
murallas, besándonos a escondidas en los jardines, en busca de una virgen que
aún es niña meciendo al Cordero en su regazo. Repicarán campanas a la tarde y
habrás leído ya mi triste andrajo, algunos octosílabos prometidos aquel Domingo
azul que ya es lejano. Te tengo preparado un balconcillo, en ese barrio blanco
de alfareros, donde la sencillez es don divino, en donde vive Dios ausente y
muerto; vendrá en la Soledad de un frío madero, en una tela limpia que ya es
viento; y allí podrás rajar con tus requiebros un cielo que no es más que el
escenario donde Úbeda se postra al Dios eterno. Y mírala entre versos a la
cara, Stabat Mater para rezarla, mis versos prometidos a tu garganta son de
Ella porque tu amor lo imploré en su llanto. Verás que no soy escritor lozano,
y que mis versos van tartamudeando, que no son dignos de tu voz ardiente, que a
veces languidecen en pecados. Pero me dijiste escribe un saeta y vuelvo a
verte, y yo que sólo soy enamorado, por más que las Musas me abandonaran,
por verte amada mía compuse a ratos. Entre estas letras nunca te has marchado,
te he saboreado, te he besado, te he abrazado, deseado, anhelado, alabado y te
he amado con un callado amor. Coge mi mano, saetera, esta que ha escrito lo que
has de cantar. Quedémonos levitando en este Viernes Santo prometido, de testigo
tenemos al Amor y ya sabes que el Amor todo lo vence.
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