Comprensión. Este es el vocablo que la ciudadanía de Úbeda debería hacer suyo en las próximas fechas cuando, a aguas pasadas, los imperfectos, baches y, en algunos casos, socavones que se han formado en nuestras calles no sean reparados por el gobierno que nos cuida. Y digo comprensión porque hay que concebir que en el presupuesto no haya partidas destinadas a estos imprevistos llegados desde el cielo.
Respiremos, uno, dos, tres, y procuremos no dar rienda suelta a nuestra ira cuando en el trayecto que va desde casa al colegio de los niños percibamos en nuestros amortiguadores la realidad de algo parecido a un camino de cabras. Tarde o temprano subsanarán el entuerto. Mal o bien, pero lo subsanarán.
Pero qué hacer cuando sí se han prometido actuaciones y no se han realizado, qué hacer cuando mandato tras mandato, los señores que nos gobiernan, prometen y prometen para luego reírse con su olvido de unos ciudadanos que como tal sólo piden que se les respete el derecho constitucional de la dignidad. Los vecinos de San Bartolomé así nos sentimos: engañados, ofendidos y sumidos en un estado de abatimiento moral debido a la mala o nula gestión de nuestro ayuntamiento. Seguimos pidiendo (una década no es poco) que el camino que lleva a nuestros hogares no se convierta en un lodazal en épocas de lluvias, que podamos pasear con nuestros hijos y nietos sin llegar a casa con barro en los pies… que, por fin, arreglen el acceso a San Bartolomé de forma eficaz y que se dejen de parchear con gravilla en los meses de verano que es cuando menos se necesita. Sean serios, ejecuten acciones dignas que es lo que se espera de sus funciones y si, ahora, de nuevo, prometen la pronta enmienda de tal desperfecto, cumplan con su palabra. En San Bartolomé viven familias de ubetenses desde hace ya mucho tiempo, no sólo pastan por allí rebaños de cabras, ubetenses a los que se les olvidó el significado de la palabra comprensión.
(Publicado en el periódico semanal Úbeda Información)
Hablar del miedo es hablar del exterminio sufrido por el pueblo judío a manos del nazismo; si hay un miedo que llega a partirme la sangre es aquel. Un miedo que no se puede combatir tapándose la cara con el amparo de las sábanas del sueño, ni con las mismas sábanas de una cama, ni con taparse los oídos y cerrar los ojos; es el miedo en sí, el miedo que se apodera de la persona hasta hacerla desaparecer, hasta anularla. Un miedo que hace no tenerle pánico a la muerte, porque a la muerte se le tiene miedo sólo cuando aún se respira, cuando se piensa, cuando te duelen los tormentos.
Ayer fue el día de la Memoria. ¿De qué memoria? Qué memoria almacena en sus anaqueles el dolor y la barbarie sufrida por un pueblo, y en sus actos no se percibe ningún atisbo de arrepentimiento, cuando aún se siguen cometiendo actos parecidos, nunca iguales, gracias a quién sea, a los que se llevaron a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. El mundo sufre de amnesia, el mundo se mira en el espejo de su historia y no recuerda todos los errores en los que es imperdonable volver a insistir: la ignominia humana, la animalización – la que me ha recordado que describió Primo Levi, el maestro Manolo Madrid – de una especie casi divina. Vuelvo a insistir. ¿Qué memoria? Es de apremio festejar o celebrar nuestra memoria cuando nos sintiésemos orgullosos de no haber vuelto a tocar el fuego del infierno, de no haber visto y consentido la barbarie de aquellos que han tenido el atrevimiento de coger el testigo del nazismo: consentimos, entre otros, el genocidio en Uganda y la opresión del pueblo kurdo por parte de Irak, sin nombrar lo innombrable, lo repugnante, lo inmoral de un conflicto palestino-israelí al que no divisamos horizonte porque, quizá, estemos mirando hacia otro lado.
No celebré el día de la Memoria, simplemente me acosté a la sombra viendo como empezaba a partírseme la sangre. Recordé, al igual que Manolo, mis lecturas de Primo Levi y Vassili Grossman, y reflexioné sobre lo que realmente se debería recordar: el miedo, este miedo que aún se huele porque merodea a nuestro alrededor, este miedo que se fragua en la inmoralidad de la clase política y el absentismo moral de una sociedad acomodada frente al televisor, acostumbrada a almorzar con la visión de una torres derrumbándose, o el dolor impreso en el rostro del pueblo de Haití. ¿Y debemos tener memoria de la barbarie de hace setenta años? No. Hay que tener una memoria más a corto plazo y dejar de consentir que campe a sus anchas el mismo miedo que hizo temblar los cimientos y las bases del mundo civilizado hace setenta años.
Dar la vuelta atrás, volver al sendero en el que un día tus pasos dejaron de caminar, conlleva aprehender las estaciones perdidas, con sus ya invisibles colores y el olor difuso de las flores que rompieron y murieron lejos del conocimiento. Volver atrás soporta la pena de recuperar lo vivido con la nostalgia inscrita en los momentos que se perdieron.
Así torno al pasado, desandando la lejanía con aquellas, con estas viejas zapatillas negras que sucumbieron al cansancio de seis reposadas madrugadas, con la certeza de no conservar ninguna herida que me eche en cara el encanto de tibias lunas, y el anhelo de poder estar donde no estuve. Ahora vuelvo a aquellas tardes de sábado que tanto me recordaban a los días de partido, al café de la tarde al arrullo de la candela de un inquieto cigarro, al petate bajo el brazo y la glotonería de revirás pausadas y chicotás de embrujo.
Con más años, con el reverdecer de las primeras nieves en mi pelo, pero con aquella misma ilusión que cuando tenía los ojos cerrados y el corazón abierto, me dirijo a la vera de Aquel que estremeció mis cimientos cuando su figura hidrató mis humores, pero sin la venda en mis ojos y el corazón un poquito más grande. Vuelvo para oír su voz en los quejíos de la madera, a que me devuelva la gnosis perdida en los bares del arrepentimiento, que me devuelva mi vida: lo que me hizo, lo que fui, lo que soy, lo que seré y lo que nunca he dejado de desear ser. Con más años, pero con las mismas ganas de ser junto a los que siempre hice míos.
He dado el paso que ha cambiado de dirección. Vuelvo hacia atrás. Vuelvo al principio.
Se levantó, sigilosamente, apretando los dientes para neutralizar el punzante escalofrío que penetró en ella a través de sus pies; pudo llegar hasta el tocador gracias a la luz que proyectaba su sedoso camisón sobre el espejo y, antes de que la neblinosa oscuridad desapareciera entre el frío reflejo y el calor reflejado, encendió la luz.
Él, entre las calientes sábanas, no se inmutó.
Tomó asiento y, mientras alisaba sus largos cabellos enmarañados, sonrió ante la belleza, la hermosura y el esplendor que manaban de aquella mirada y aquella sonrisa. Así transcurrieron los minutos hasta que un lejano ruido de pasos fue acercándose hasta la puerta.
Apagó la luz, todo se sumió de nuevo en la oscuridad. La puerta se abrió.
- Madre, vuelva a la cama. Hace frío. No despierte a padre.
Una mano agarró su brazo y le hizo recorrer el camino a la inversa, despojándole del frío, devolviéndole al lesivo calor del sueño.
La puerta se cerró y el ruido de pasos se alejó hasta perderse entre los chirridos de una vieja cama. Encendió la luz de una centenaria lamparita de noche y antes de retirarla pudo ver la vejez de su mano. Contempló el espejo y el reflejo le devolvió la belleza, la hermosura, el esplendor de una joven mujer que sonreía entre los marcos de un cuadro. Puso de nuevo los ojos sobre la marchitada mano que presionaba el interruptor. La luz se apagó.
Aún existen lugares de leyenda y, como siempre que el destino me da licencia para conocerlos, clamo al cielo buscando la respuesta que dé significado a esta pregunta: ¿por qué no he nacido allí?
Aún existen lugares de leyenda sin más agreste muralla que el hastío y bravura (dos vocablos tan contrarios y tan iguales a la vez) de un desierto que se empeña en conservar, a lo largo de los siglos, el barro y el adobe que da cobijo a sus habitantes. Me imagino sus tardes, llenas de atardeceres soñolientos y ábregos antesala de las noches escritas bajo vírgenes bóvedas y estrellas tan cercanas como al alcance de los sueños; me imagino sus calles en estas tardes tan diferentes y me tomo la licencia de espolvorear el silencio con el vuelo de algún pájaro volantón y la voz profunda del viento desolado por el día. Me imagino sus calles tal y como las he visto entre las páginas de alguna revista, y siento la caricia de la arena en mis pies y la desconocida libertad que trae con ella.
Aún existen lugares de leyenda como este Timbuctú que saboreo en la nada, como esta herida del desierto que no cesa de sangrar historia y cultura: la historia embalsamada por el mismo desierto y la cultura como la prostituta que hay que amar en la intimidad de unas sábanas de pergamino. Y es que en Timbuctú se hace justicia a la cultura: sus gentes la miman, la cuidan, la aman; se hacen cofres que guardan el legado escrito de una historia africana que en su mayoría es oral; son sus propios habitantes los que, devotos de su pasado, guardan en sus propias casas de adobe multitud de viejos libros y pergaminos (algunos de ellos con más de cinco siglos de vida) como si del mayor y más valioso tesoro se tratara. Es como si el espíritu del desierto que les rodea, que a lo largo de los siglos ha respetado a su ciudad, besando su piel pero sin penetrarla por miedo a perder un encanto que por otro lado desaparecería; se haya instalado en sus almas y el mismo afán conservador y protector sea ahora virtud de sus habitantes que respetan y protegen su historia así como el desierto ha permitido que ellos sean conscientes de esa historia.
Aún existen lugares de leyenda como Timbuctú. Yo vivo en uno de ellos. Y no sentiría nostalgia por una vida entre la belleza inusual de aquella ciudad africana, si no fuera porque mi Úbeda de leyenda, a este paso, solo se quedará en leyenda: porque puede ser que llegue el día en el que no encuentre la desconocida libertad que me trae la caricia de sus calles en mis pies: porque se hayan vuelto tan artificiales y novedosas que ninguna historia me cuenten sus piedras; que hasta tenga que imaginarme el piar de estos pájaros volantones que hoy surcan los cielos de esta ciudad de leyenda porque la polución y el ruido del paletismo del “tuning” (o como quiera que se escriba esa palabra) se apodere de los vientos y los cielos ubetenses; porque no pueda simplemente disfrutar de un paseo, porque no puedo pasear, simplemente pasear, entre la selva de vehículos y obras en la que se ha convertido Úbeda. Y sus gentes… perdidas en un desierto de confort, pereza y conformismo, ajenas a un legado patrimonial que deben valorar y proteger porque es el que habla de sus historias, de su pasado: del que son el todo y la parte. Un desierto que, desde que soy, veo que ciega la consciencia de mis paisanos; quizá también la mía, creyendo que escribir esto me cubre la cara para que no entre la arena en mis ojos.
Ojalá soplen otros vientos que alejen estas tormentas de arena que nos oscurecen el alma de ciudadano; que se callen nuestros silencios y si nos obligan a apretar el gatillo del celo, así lo hagamos; porque es triste tener conciencia de un amor inmenso y ver que se diluye entre los años. Sintiendo nostalgia de lugares de leyenda impresos en alguna revista, como Timbuctú. Y eso, sencillamente, me da miedo.
Sobran palabras... Después de una larga tormenta de 21 horas, embriagaste a nuestro ser con tu aroma. Llegaste el 21, a las 20:50 y nos hiciste la tierra más fértil del universo.
Gracias a Lola, a Eva, dos excepcionales matronas del Hospital San Juan de la Cruz, y a la inestimable sabia mano del doctor Armenteros, que llego en los momentos más necesarios para Gabriel y Tony.
Gracias a ti, Tony, por regalarme una sesión sin precio de esfuerzo, amor y comprensión. Has llegado a ser la mayor heroína de mi historia.
A tierra mojada. Así olería el vientre de mi madre Dolores durante los nueve meses que me hicieron sus entrañas, así es el aroma de la vida: tierra y agua: piel y sudor que provocaron mi llanto tan sólo al alejarme de ellos. Esa es la fragancia de nuestras alegrías y tristezas, de nuestra vida a fin de cuentas, pues ella es la que se desprende de nuestros sentimientos, de lo que somos, de cada una de nuestras lágrimas: las que brotan del alma para navegar por el mar muerto de nuestra piel o las que echan anclas en el abismo de nuestro ser.
Así huele el bálsamo con el que he ungido todas las prendas colgadas del armario de mi substancia: así huele la libertad, y no a barro, que es tierra mojada pisada por las botas de la esclavitud, que no huele u ofende los sentidos con su podredumbre; así mi soledad pues sólo entre papeles puedo encontrarla y el aroma que desprende un libro al abrirse se asemeja en mucho a las mañanas de niebla entre las serpientes de verde y plata; así el amor, anticipándome una eterna tormenta que nunca acaba de descargar sobre el desolador desierto de la pasión.
Y, como todo buen perfume, tiene la virtud de transformarse en pasado, en añoranzas, en partes de mí mismo, de lo que fui y por lo que ahora soy. Tan fácil como pasear entre las tinieblas de esta noche y volver a ser lo que fui en su presencia, hacerme amanecer a través de la ventana de aquella habitación de Sevilla que daba al Guadalquivir con sus rosáceos y grises reflejos; convertirme en niño que camina, con una viejas botas de fútbol colgadas al cuello, sobre el añorado albero de aquella Patera que tanto me hizo soñar; vuelve a ser el calmante en las madrugadas de invierno cuando su presencia en la terraza me hacía presagiar una mañana sin madrugón y un frío y gris día sin aceituna, al calor del brasero; me permite volver a besar a mi abuelo Blas, porque ese era su olor cuando venía cansado del campo con los bolsillos llenos de aceitunas pasas para su tentempié de media mañana, o puedo verlo sentado en el rellano junto a mi abuela, vendiendo las moras que traía de la casería Beteta y mirando a escondidas su cartera para darme los cinco duros de todos los sábados de mis visitas; y también me devuelve a mi otro abuelo, a Antonio, que vivía a unos metros de allí, y a todas las pelotas que me regaló y que perdí o rompí o me quitaron, y a su calle Blas Infante sin asfaltar y al abismo que se asomaba al pilón del León, con todos sus anaranjados atardeceres y las noches en las contaba pueblos por las luces que brillaban, y el corral de mi abuela Pepa con su higuera y sus sombras, y sus sombras y su pozo, y los ladridos de la perra y la ceguera de mi bisabuela Ginesa con su rosario entre las manos rezándole a Santa Rita, y la juventud de mi padre cuando entraba en ese patio para llevarme a mi casa de la Puerta del Sol, y atravesar las eras, que hoy son el Parque Norte, viendo como la ermita se iba haciendo más y más grande, por el camino de piedras hasta pisar el asfalto del barrio San Pedro en el que ya se perdía el olor a tierra mojada; me voy a Granada, hasta los jardines de la facultad de Biblioteconomía donde dejé de estudiar y de enamorarme por penúltima vez. ¡Me hace ser tantas cosas que fui en su presencia! Y tantos colores, y sabores, y tantos dolores, y tanto y tanto de mí…
Esto me hace pensar y creer en que todo ser humano tendrá una fragancia que se identifique con su vida, sus alegrías, sus tristezas, su pasado e incluso con su futuro. ¿Mi futuro? Mi noche, mi presente, huele a tierra mojada y en mi futuro solo diviso un vientre, como aquel que me acunó antes de nacer, en el que va llenándose de vida Gabriel: mi futuro, mi vida… Tierra mojada.