
viernes, 25 de marzo de 2011
martes, 4 de enero de 2011
¿Quién puede ser feliz?

Llegar a la plena felicidad no es posible en este mundo. Quizá consigamos aprehenderla en otro, pero en este… quimérico, irreal, ilusorio: felicidad: concepto propio de la más real utopía.
No puedo confundir la felicidad con el confort de una tarde de invierno arrellanada al calor de un brasero, acurrucado en el hombro de Tony mientras vemos como Gabriel se afana en apagar y encender el televisor, o en escalar el mueble, o en pulsar los mil botones de los mil juguetes que campean por el suelo del salón; o cuando se me hincha el corazón al escuchar su léxico de infante mientras va señalando con el dedo las letras sin significado impresas en la página del libro que su padre se afana en intentar leer en los paréntesis de silencio que los juegos de su hijo van dejando como tréboles de cuatro hojas tan difíciles de encontrar. Ni siquiera puedo ponerle el nombre de felicidad al silencio y a la soledad que tanto busco y que se alían conmigo en las últimas horas de la noche para cruzar la frontera de la vigilia y el sueño, a través de ese profundo mar en el barco invisible de la lectura y la pereza. La felicidad no es una noche de Nochebuena enmarañada entre afectos y lazos familiares, entre cantos y villancicos, entre desmesuras y marisco; ni la algarabía tras los primeros segundos de un nuevo año, ni la exaltación de la amistad de la primera noche del año, ni el alcohol que nos hace mentir y creernos más amigos y mejores personas. La felicidad no es el éxito, ni un coche nuevo, ni la primicia de un nuevo amor con todas las cosas buenas que en ese hecho cobran forma; ni la llegada de la Semana Santa, ni las vísperas de ésta; ni los instantes previos de carnaval, ni los instantes previos a la apertura del telón del teatro Ideal, ni oír en la voz de Manolo Madrid el nombre de tu comparsa tras ese “y primer premio”; ni ver atardecer desde el Mirador de San Nicolás. La felicidad está compuesta de estas cosas, de estas pequeñas cosas, de estos grandes instantes; pero la felicidad sólo puede existir, así, “per se”, sin la consciencia de haber saboreado esa felicidad en un mundo donde no se puede ser feliz: donde se nos impide, se nos prohíbe, donde debemos no ser felices: no debo ser feliz de tener un trabajo digno cuando, de camino a este, transito entre almas de hombre negros ahogadas de frío y cansancio, que van andando con una casa en sus manos y un feliz y lejano recuerdo en su corazón; cómo puedo ser feliz si intuyo el mal que el hombre inflige al hombre en cualquier rincón de este absurdo mundo; cómo puedo ser feliz mirando a Gabriel mientras duerme sabiendo lo que me rodea, lo que le rodea, lo que le rodeará y la impotencia de imaginarme no poder estar allí; cómo puedo ser feliz si cada mañana siguen cerradas miles de camas de hombres parados que han perdido la ilusión y las ganas de encontrar un futuro mejor vedado por un gobierno y un presidente incompetentes, prepotentes y absurdos en la situación actual de España.
Llegar a la felicidad plena no es posible en este mundo, no es moralmente posible en este mundo. Es más, uno no puede llegar a ser feliz sabiendo que hay personas que ahora mismo son felices, gritando y publicándolo a los cuatro vientos.
jueves, 30 de diciembre de 2010
¿Mi carnaval? Bien, gracias.

Se disolvió aquella comparsa cuando cumplió diez años, qué pena, qué rabia, y nunca pensé en aquellos días que iba a quedarme fuera de este barco del cual formaba parte en su tripulación. No quise chirigotas, pues no me siento chirigotero, y dejé en la estacada (lo siento amigo, comprende la pringue que embadurna mis venas) al carnavalero, donde los haya, Sergio Alises, que me propuso colaborar con él en la “callejera” chirigota del Jero. Única oferta “oficial” que recibí desde aquel momento hasta la actualidad (ya es un poco tarde, ¿verdad?), aunque hubo “no oficiales” a las cuales no les he dado mucha credibilidad, pues por ser “no oficiales” oficialmente no tenían mucha veracidad en sus formas. Siendo sincero, y aquí siempre lo he sido, siempre esperé una llamada del amigo Maikel, pues sabía que volvía al carnaval pero Paco Polo no estaba a su lado, llamada que nunca se produjo, e ilusión, pues la sentía al pensar en escribirle, que dejó de campear en mi cabeza cuando le dije, en viva voz (aunque no se si recordará pues el momento, las copas de más y la música alta, fue en la boda del Boni Padilla, no eran las idóneas, o quizá si, no sé) que me había quedado esperando esa llamada, a lo que él respondió con una socarrona sonrisa que eso era material y moralmente imposible. Sí señor, claro y conciso (Maikel, te sigo queriendo). Por todo esto es cierto que he llegado a darle toda la validez del mundo a aquellos comentarios que hablaban de que si yo salía cantando era simple y llanamente porque era el “autor” de una comparsa, porque cantar, lo que se dice cantar, cantaba poco y mal (más o menos como Juan Carlos Aragón, jejeje). En fin, señores, que quieren que les diga: pues nada porque hablar de ello y decir lo que siento, respecto a ese tema, la verdad, me da mucha pereza.
Pero, dejando de lado mi naufragio de los últimos meses, vuelvo a lo que realmente he venido a decir. Hoy he buceado por esa amalgama de blogs, páginas webs y demás foros (estos un poco muertos), y he visto que el carnaval, fuera de la semana de carnaval, sigue existiendo; y al verlo he resucitado del estado latente donde he invernado desde aquel fatídico día de marzo, me he sentido vivo y, asombrado, he vuelto a mirar el calendario para contar los días que faltan para la visita del ruido de Don Carnal. Me ha restablecido ver la sonrisa y la cara de felicidad (él sí es verdad que ama esta fiesta) de mi amigo Viedma, el fanatismo y la pasión de los hermanos Cano (yo quise ser como ellos, pero no supe hacerlo bien, además de no estar en el lugar y con la gente adecuada), he sentido que Calvente hace tiempo olvidó aquellas lágrimas cuando se esfumó su comparsa, que los chirigoteros que antes fueron amigos comparsistas van superando expectativas, además de vérseles felices y unidos e ilusionados con esta nueva etapa, con este nuevo proyecto, que Maikel apunta las maneras que sólo él puede mostrar en este carnaval que le debe tanto… que he vuelto a sentir un submundo creyéndome fuera de él y he caído en la cuenta, sin pensarlo dos veces, que me hubiera gustado estar ahí: he amado, luchado, bregado, gritado, rasgado las vestiduras, por esta fiesta que por más olvido que quiera suministrarle sé que tengo la batalla perdida.
Algo si tengo claro, de algo me han servido todos estos meses, y es la conciencia de vivir como nunca, y espero que con la misma fiereza con la que lo hice en un grupo, el carnaval: con mi mujer, con mi hijo, con todos los amigos que, a Dios gracias, tengo en la fiesta, con todos los “enemigos”, a Dios gracias, que he ganado, por mi “no se qué”, y con los que intentaré trabar amistad (Miguelín Soria!!!!! Creo en ello, creemos en ello, hay que intentar hacer que se crea en ello!!!!!).
Me gusta que todo siga igual. Que se siga luchando por una fiesta a la que tanto amo. Haciendo que los que estamos en mi lugar nos sintamos vivos. Fíjense cómo de vivos que amenazo resurgir con un romancero.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Portrait of a summer rain evening
Había dejado el libro abierto sobre el escritorio, boca abajo, previniendo que los momentos derramados sobre esas dos páginas pudieran escapar.
Rorro dormitaba sobre la cama, agotando las últimas horas de la tarde, esperando la luna que diariamente le regalaba un paseo novelesco entre las acacias y los juegos de los niños que se aglutinaban en el parque a primera hora de la noche; mientras veía al contraluz la figura de Laura, postrada en la ventana por la que se colaban las primeras gotas de lluvia de un verano demasiado largo y caluroso. El viento acariciaba los blancos tejidos de las cortinas y el camisón de seda que se ceñían a la piel de su dueña.
Laura tenía los ojos cerrados, con el rostro inclinado hacia el cielo, sonriendo a cada gota que impregnaba sus gestos; abría con violencia las puertas de sus entrañas y en sus mejillas se mezclaban con la lluvia unas lágrimas que contenían en su interior toda la belleza que se oteaba desde aquella ventana: el gris de un cielo ataviado con un arcoiris lejano y medio escondido tras la cortina de agua, el verde opaco de las copas de los árboles de la avenida mecido por los vaivenes de las ráfagas de un viento desvelado por los gritos de septiembre; el rumor de pasos con prisas, de individualidades sorprendidas por una tormenta sin aviso, cobijadas bajo carteras, bolsos o la inútil bóveda de las mismas manos. El fulgor de los tejados cuando los últimos suspiros de la tormenta dejaron paso al póstumo destello del desperezado sol de un caliginoso día que ya languidecía.
Aquella Laura de la ventana desapareció con la tormenta, huyó del contraluz y se adentró en la penumbra de una habitación que iba perdiendo sus formas, sus colores y sus ángulos. Rorro ya no descansaba sobre la cama, se afanaba en el mordisqueo de una pelota junto al escritorio donde Laura se sentó retomando la lectura del final de aquella historia que había quedado olvidada sobre la tibia madera de cedro. Al pronto, con la última caricia acabó su lectura.
Rorro impacientaba, ya se había hecho tarde.
Laura abrió las puertas del coqueto armario donde guardaba sus vestidos. En el espejo del interior se reflejó la blanca luz con la que una pulcra luna iluminaba la habitación.
Ataviada para la ocasión cogió a un Rorro ya desesperado, cogió las gafas de sol que estaban en el aparador junto a la puerta, la abrió, pulsó el interruptor y se fue.
Cuando iba a cruzar la esquina, adentrándose en la calle que daba al parque, miró hacia su ventana: la única de su casa que a esas horas estaba traspasada por la luz incandescente de una lámpara inservible. En la calle aún perduraba el olor a tierra mojada.
jueves, 21 de octubre de 2010
Qué sí... qué ya voy... esperadme

A ver, que me desvío. Me gusta la Semana Santa, no podría vivir si no existiera, es más, creo que si no hubiese existido la Semana Santa, mis padres no me hubieran creado, habrían creado a otro, seguro. Entre vídeos, cedés, reuniones de junta directiva, limpiezas de patrimonio, charlas varias, fotos cientas con motivos cofrades se pasa mi vida, y si a eso unimos el amor que me une a la ciudad de Sevilla desde que pasé mi primer año de universitario allí, comprenderéis que la mezcla es explosiva: Semana Santa y Sevilla. Pues si, explosiva al cubo. No hace falta que describa la subtemática que dentro de la temática semanasantera impera en mis videos, músicas y fotografías. Sí, Sevilla, la Semana Santa sevillana… el Gitano, Triana, San Gonzalo…
Pero había algo que no habían saboreado mis sentidos desde que tengo uso de razón putisanta, y era vivir en vivo, valga la redundancia, el paso de una cofradía sevillana por alguna calle, también sevillana. Miento un poco, sí, porque hace años estuve en una plazoleta de Sevilla, un Lunes Santo, viendo salir al Beso de Judas; pero eso no cuenta pues el sitio fue idóneo y no tiene nada que ver con lo que aquí me trae a comentar, que es lo siguiente. Y es que el pasado mes de Junio me desplacé a la capital hispalense para, entre otras cosas, disfrutar de una de esas múltiples procesiones extraordinarias que acontecen a las orillas del Betis (increíble que a la Virgen de Gracia le costara tanto celebrar su extraordinaria): la de la Estrella. Y entre otras cosas me presenté frente a su capilla, a eso de las seis de la tarde junto a Santi y Kike, y no nos fuimos de allí, entre otras cosas, hasta las nueve más o menos. ¡Tres horas viéndola salir! ¡Lo que suele durar en la calle la cofradía ubetense bien dirigida por el amigo Marcos!
Pero eso no fue todo lo malo, pues luego caímos en el error de esperar su paso por la calle Pureza (quinientos metros de recorrido llevaría la Estrella por allí). No recuerdo bien las horas, pero un par o un trio de ellas más nos tocó esperar, guardando sitio en la acera, con una cerveza caliente en un vaso de plástico, con el estómago pegado a la columna, y aguantando el paso de un cortejo deshecho, pobre y decadente conforme a lo que un servidor esperaba de la ostentosidad sevillana. Un “carajo pa Sevilla”. Del tirón me fui al bingo, con Santi y Luis Carlos, y me prometí (nos prometimos) no volver a Sevilla nunca más para ver alguna de sus procesiones extraordinarias.
Conozco mucha gente loca por escaparse a esas tierras cuando el incienso se mezcla en las calles, y entiendo su pasión y su “hobby”; pero yo prefiero quedarme con el señorío de mi Úbeda en Semana Santa, con las calles que conozco, con el orden y la seriedad de las hermandades ubetenses en todos los aspectos en que se manifiestan, con las tapas de los bares, aunque no sea la cerveza más heladita que la de allí (tampoco hace tanto calor como allí, por lo que la temperatura global se equipara); me escapo de bullas y esperas, y no cambio un ochío relleno de morcilla por un montadito de “pringá”. En fin, seguiré gozando con algo que me entusiasma, con un paso bien andado, con una revirá imposible por lo pausada, con una sincronización prácticamente perfecta entre una banda y una cuadrilla de costaleros; aunque aquella mala experiencia me dicte lo contrario seguiré disfrutando de todo este mundillo que nos atrapa; lo disfrutaré junto a Gabriel, desde la pantalla del televisor de mi hogar. A mi no me pilláis en ninguna escapada más, y si voy, mientras ustedes disfrutan de una bulla, yo me marcharé con Santi a echarnos unos cartones (de bingo, no penséis mal).
miércoles, 20 de octubre de 2010
Cuando se cierren las puertas del templo...

A través de las junturas de sus puertas seguirán colándose los mismos murmullos, las mismas notas, los mismos inciensos de cada Viernes Santo de las últimas madrugadas; pero en el interior ya nada será igual, porque la fragancia de nuevas flores anegará el espacio de su breve partida y la gloriosa música perpetrada por la bambalina y la barra de palio, acompasada por el racheo exaltado de unos generosos corazones, invadirá cada minuto de silencio imaginado hasta la inexorable vuelta.
Cuando se cierren las puertas del templo, Úbeda se impregnará de Ella.
La tarde, escondida en Mágina, llorará atada al castigo del tiempo, viendo como sus pasos no pueden desandar el crepúsculo mientras en la luna se refleja la mirada dulce, dolorosa y suplicante de Ella. Habrá escuchado el portazo del portón del Molino de Lázaro y el espiritual silencio que se hizo tras su voz, y no podrá dar luz a Su rostro, porque esa lindura se creó para regocijo de tinieblas adheridas a callejones, para jugar con las sombras dibujadas en la historia de paredes con nombre, para ser noche junto a sus hijos, sus pasos y su luna. Porque Ella misma es Luz, y no necesita más lucero que una oración escondida en los labios temblones de una anciana, la suave caricia de una fría mano necesitada de Su tacto, los ríos desbordados que brotan tras el capuz.
No habrá más amor que el de la mano que la llame para coronarla unos centímetros más cerca del cielo, ni miradas más frágiles que esas que serán su guía entre curiosos ímpetus y balcones plenos de pétalos de rosas. Entre amarguras, madrugás y mimos de Mater Mea. Ese amor desprendido de los barqueros de sus penas, que la llevarán de los nuevo a lo viejo, del bullicio al recogimiento, del asfalto al adoquín, de la medianoche al alba, que cruzarán con Ella la frontera del placer, que se agarrarán a sus remos para que el oleaje de la noche no los confunda con sus cantos de sueño, que sentirán rozar el mundo sin rozarlo, que sentirán tocar el cielo sin acercarse, que llorarán cuando el crujir del palio les haga saber que se acercan al final. ¡Ay, su crujido: su cansancio, su alegría, su pena!
Y entre motas de fuego caminará en su trono, derramando amor, caridad, devoción, perdones y pasiones. Levantará ánimos y hará sosegar a las malas conciencias; a su paso brotarán abrazos de mil colores y oraciones de cien corazones, de aquellos que nunca se abrazaron y estos que nunca experimentaron la calma de una oración.
Y cuando su barrio la acoja de nuevo, mostrándole el calor de un hogar sencillo, pensaré como pienso ahora mismo; sentiré lo que no puedo callarme: valió la pena. ¡Sí, hermanos, valió la pena! Mientras brote el amor a su paso, mientras se susurre una oración, mientras unos ojos lloren de alegría, de pena, por arrepentimiento, dando gracias; mientras se haga el silencio en campos tumultuosos. ¡Sí, hermanos, habrá valido la pena!
¡Ay, cuándo se cierren las puertas del templo, y éste quede vacío!
martes, 27 de julio de 2010
Cómo enseñarte

Ahora me retozo más en Él, porque a mi lado discurre el frágil camino de tus aprendizajes y debo atiborrarme de su presencia en cada minuto que me regala mi divina existencia para explicarte, cuando comiences a avivar tus experiencias con el fuego del entendimiento, dónde puedes encontrarle, para que empieces a disfrutarlo, saboreando la hermosura de su rostro: entre los pensamientos e historias impresas en el pergamino terrenal y eterno dónde tantas cosas se escriben y tan pocas de ellas enseñan; o en las infinitas miradas anónimas que nos enseñan ese mundo que nunca podremos respirar porque el tiempo acotado en una vida es un absurdo que nos condena a una libertad sin alas; frente al trazo incorpóreo dónde la humanidad saca a bailar a la rigidez de un alma apresada entre los muros, a veces insalvables, de la comunicación; o, como llevo haciéndolo desde que eres, entre la historia de este pueblo tan mío y tan tuyo, tan nuestro, paseando entre las calles dónde vivieron tus antepasados, enseñándote cada rincón en el que aún descansan las esencias de nuestra leyenda, llevándote entre regueros de ubetenses en los que hallarás el amor y entenderás el odio, encontrarás la verdad y la mentira, el bien y el mal, en fin, a Dios.
Por ello, por si las fuerzas me fallasen, si en este tramo del camino flaqueara mi fé porque el Dios del hombre que quiero enseñarte se vuelve ajeno a este amor que nos une, quiero hablarte de otro Dios que, aunque al fin y al cabo es el mismo, se muestra de un modo más indeleble: marcha allí dónde la tierra acaba, desnuda tu piel para que seas todo sentido, cierra los ojos y dirige tus pasos hacia donde Neptuno y Ceres se susurran cosas al oído, oye las palabras que te trae el viento, abre los ojos cuando tu piel se moje por primera vez: lo que tus ojos vean en ese instante, en esa azulada fotografía está Dios, en esa inmensidad inalcanzable a nuestro raciocinio.
Mientras, mira los ojos de tu madre.
