No puedo creerme la cantinela de
que hay que escribir lo que la gente espera: lo fácil, lo sentimental, lo
superfluo, la rima tosca melódicamente bien medida; no puedo afirmar lo que no
me gusta: odio los repertorios carnavaleros extremadamente aduladores, vacíos
de carga social, repletos de miedos ante el que juzga, en fin, en conclusión,
banales. A veces hubo ocasiones en los que no podía creerme algunas partes de
aquellos repertorios que me habían obligado a escribir.
Que suceda esto, que lleguen a
gustar este tipo de composiciones a los que este mes de febrero escuchan
carnaval, no me importa, incluso me alegró en su momento por la calma que acarreó a todos mis compañeros de comparsas,
pero afianza aún más mis convicciones: implicarse en una nave que pasa de largo
y no se detiene ante tanta devastación social y moral, nunca estuvo en mis
planes.
El carnaval me tira, me gusta,
por la potencial carga de lucha que puede llegar a tener, las críticas y los
mensajes que pueden enloquecerse en la tinta del que los escribe y en las voces
de aquellos que los cantan; reniego de un carnaval pensado y añorado por los
días de fiesta y desenfreno en los que cualquier cosa es válida con tal de
erigirse en protagonista de noches de parranda y patetismo nocturno. Si no está
permitido volverse mordaz y cruel con aquello que entristece y enfurece a esta
sociedad, si sólo está permitido adular al que se lo merece y acariciar la cara
de aquellos que nos insultan, si sólo se canta a lo mismo para buscar el
beneplácito económico, tomando esto como pretexto para tomarse unas cuantas
copas con gente a la que le gusta disfrazarse, entonces me quedaré en mi casa,
ideando un disfraz para cuando me apetezca redimirme y dar rienda suelta al
gusanillo carnavalesco de cada año.
Me pregunto si serán los años,
supongo que sí, o la consolidación de unos principios que hasta este momento no
habían aflorado a la superficie del mar de mis convicciones, o ambos: los años
y las convicciones, los que me han hecho recapacitar sobre la verdadera carga
de mi tren carnavalesco. Nunca me gustó disfrazar mi pluma ni mi voz con flores
de mayo, sólo me queda revelarme en silencio en el retiro de mi hogar.
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