lunes, 22 de diciembre de 2008

Una nueva senda


Se han evaporado todas aquellas ilusiones que inquietaron mi pasado, todas aquellas dudas y preguntas a un destino que no sabía responder el día exacto, ni el minuto, ni el segundo en que esa vida que he vivido se vestiría con estas pieles que ahora me cubren, descubriendo esta otra vida que me extasía desde hace apenas un día.

Nunca imaginé el timbre de su voz entonando esta dulce melodía que se ha hecho eco en mis entrañas, así como nunca sentí ese febril temblor de mis venas reflejado en una risa nerviosa que no se cansaba de decir “te quiero”; nunca de mí surgieron abrazos como el que hizo fundirse mi corazón en su cuerpo y nunca una lágrima logró empañar mis ojos de tal manera que el pasado se encerrara tras el opaco ventanal que separa aquel tiempo de este, porque nunca había llegado a este punto del camino donde las cosas cambian de adjetivos que las deban calificar.

Ahora solo puedo caminar entre los árboles que me llevarán hasta ese agosto que se me antoja tan lejano, imaginando su cara, el olor de su inocencia y el tacto de su piel. Me asomaré entre las copas para preguntar una y mil veces a las estrellas si esa luz que ahora mismo emanan, alumbrarán a un dulce niño o a una hermosa niña; cantaré, a la luz de febrero, cerca del vientre que protege su vida, el único pasodoble que puede brotar de este amor que, siendo quimera, ya es más intenso que cualquier amor vivido; me evadiré junto a su madre por los recónditos senderos de las calles que nos vieron y lo verán crecer, para que el viento de Mágina comience a mezclarse en su sangre. Y así, día tras día, grabaré en mi retina toda la belleza que este viaje recién emprendido regalará a nuestros sentidos, aprendiendo a quererlo queriendo, más aún, a la madre que le dará la vida.

Y así será, y así deseo vivir cada segundo que me separa de ese día de agosto que el destino nunca supo descubrirme; descansando mi paciencia cada noche junto a la mujer que amo con esta fiereza tan mía, acariciando el vientre de mis deseos mientras nos vence Morfeo, en esa cama que ya cobija los sueños de nosotros tres.



domingo, 21 de diciembre de 2008

25 Años de Gracia

(Texto que sirvió de presentación del DVD... vale más una imagen que mil palabras)

IMÁGENES

Gracia. Y así mil y una veces, a lo largo de veinticinco años. Gracia, Gracia, Gracia.

De qué sirve la palabra cuando el corazón nos prohíbe alcanzar su entendimiento; cuando somos simples marionetas articuladas bailando la triste danza de la palabra de la razón. Si solo podemos abrir los ojos para volverte a mirar, Gracia, y morder esta lengua tan absurda y tan torpe con esta rabia que alimenta mi alma con el árido trigo, sediento y marchito, de esta impotencia de no poder murmurar lo que te claman mis latidos, de no saber expresar el festivo alboroto que bulle en mi sangre. De qué sirve la palabra si solo podemos abrir los ojos para volverte a mirar, Gracia, y quedarnos sondeando el recóndito silencio de nuestras almas.

Cuál es la palabra que le da sentido al silencio, a ese silencio del hombre frente a ti, a ese silencio que es lágrima surcando el mar de nuestra piel, a ese silencio que es mirada perdida en el universo de tu belleza, a ese silencio que viene y va desde tus ojos hasta nuestra conciencia, a ese silencio de nuestras rancias callejuelas tras el paso de tu aroma, a ese silencio que disfraza los sonidos de tu Lunes cuando te reflejas en Mágina y una madrugada sale a tu encuentro, a ese silencio amargo de la luna huérfana de miradas porque hay noches que el cielo es tu palio y las estrellas son solo llama de luz que derrite al tiempo de nuestros pasos. Cuál es la palabra que le da sentido a esa armonía de tu silencio.

Gracia. Y así mil y una veces, a lo largo de veinticinco años. Gracia, Gracia, Gracia.

Un titánico proverbio nos sentenciará, en el ridículo tiempo de nuestras vidas, a esta frialdad de la ficción de la palabra y a este calor tan humano de tus silencios: una imagen vale más que mil palabras. Ahogados por el sereno, soberbio y delicioso perfil de su divinidad solo nos queda hacer el interminable viaje hacia nuestros recuerdos, escarbar las profundidades donde se esconde su mirada, quedándonos en ese silencio tan suyo y tan nuestro y bailando con esas palabras que nunca podremos decirle. Porque somos simples mariposas que se posan sobre el fértil jardín que ella impregna con su gracia.

Gracia. Y así mil y una veces, a lo largo de veinticinco años. Gracia, Gracia, Gracia.


CON UNA FLOR EN LA MANO


Amanecer de Lunes Santo. La cálida cama que ha cobijado nuestros sueños se despereza. El fuego juguetea con el carbón y el aroma inconfundible del incienso impregna cada rincón de nuestras casas, cada rincón de nuestro ser. Se abre la puerta del armario de nuestras ilusiones y, con mimo y recogimiento, arrancamos de sus entrañas una túnica azul y un raso blanco que se posan sobre el improvisado altar de nuestro lecho; un costal y una faja, tan puro el uno tan sumisa la otra, se doblan tan religiosamente antes de ser posados a la vera del hábito; quizá en otros espacios sea una corneta o un tambor; o en otras camas haya algún huequecito para la nueva túnica que nuestros niños vayan a estrenar. Somos presos del Lunes, y en sus mañanas, abrimos incesantemente la puerta de ese dormitorio donde salvaguardamos los sueños que se harán realidad en la pronta noche. Como prodigiosas rosas que durante el día son capullo y esperan a la noche para perfumar con su hermosura.

Son flores las que llevan más de veinte años brotando en el ajado claustro de Santa María en cada amanecer de Lunes Santo, mientras la luz excava en la cera y en la pulcra plata se reflejan los templados rayos de un sol que se inclina para poder contemplarla bajo el palio que ya la endiosa. Y así, mientras en nuestras casas el incienso rocía la tela de nuestros sueños, en el claustro de Santa María Ella ya sonríe a la tarde que languidece porque otro año más será la Reina del Lunes Santo.


NOTAS MUSICALES


Recordamos el pasado, cualquier instante, cualquier momento y cada uno de ellos nos llega a la memoria envuelto en una música que nos habla de todo tipo de sensaciones que vibraban alrededor nuestro. Regresamos a nuestra infancia y en nuestros oídos se agolpan las notas que cantábamos con algún juego, nos paseamos por nuestra adolescencia tarareando aquellas canciones que nos hablaban de los primeros amores y los veranos de destierro. Una canción se convierte en un amigo, un café y una amable conversación. La música va diferenciando las etapas en las que dividimos nuestra vida, evolucionamos con la música. Esta cofradía se ha transformado al mismo tiempo que evolucionaban el sonido del tambor y la corneta.

Atrás quedó aquella Cruz Roja que nos acompañó, ya quedan lejos aquellos penitentes que portaban el grave tambor. Hemos evolucionado al son de la música hasta hacernos agrupación musical uniformada. Hemos madurado y, con nosotros, la música que cada año ha acompañado nuestros pasos en las noches de Lunes Santo.


COSTAL Y FAJA


Es la eterna batalla de un querer y no puedo, es la respiración ahogada de primavera e incienso, es la sangre paseando del corazón hasta el cuello, entre el amor a un hermano y el amor a un madero; es la cúspide terrena que lo eleva hasta el cielo; es cerveza, es cigarro, es un abrazo sincero; es la eterna primavera de un palo callado y muerto; es asfalto, adoquines, “revirás” y “vamos al cielo”; es zapatilla, es un paso, es una caricia al suelo; es imán de las miradas que de vez en cuando bajan del cielo; es ensayo, es silencio, es sudor en verbo hecho; es la firmeza de un corriente y el suave arte de un patero; es la sangre imaginada, es imaginar el infierno cuando estás ganando al tiempo; es la madre, es el padre, el hermano en el que pienso; es la voz del capataz, su palabra que es mi aliento; es un rechinar de dientes, el dolor de mis deseos; es historia de las calles, callejuelas y pasajuelos; es la pausa, es el nervio, es la furia y es el miedo; es querer como Tú me quieres y quererte como te quiero; es el costal, la faja y el hombre que llevan dentro. Es como dijo el poeta: los costaleros, los de la Gracia, ay, quién fuera uno de ellos.



LUNES SANTO

Y el destino nos dejó ser Lunes, ese día que vestimos de azul, ese día en el que impregnamos al viento con nuestras notas musicales y el augusto aroma del incienso. El destino permitió que fuéramos fruto de las entrañas de Santa María, que se abrieran sus puertas para que la Llena de Gracia se hiciera Úbeda. Quién de nosotros recuerda aquella primera vez que se desabrocharon las cancelas de la Consolada cuando cientos de nuestros corazones arremetían con sus latidos contra la serenidad y la calma, cuando aún desconocíamos que se estaban escribiendo las primeras palabras de una historia que, ahora, con veinticinco años, es de las más apasionantes que esta antigua ciudad ha albergado en los archivos de su memoria; quién recuerda aquella primera levantá, los primeros pasos de sus costaleros, cómo fue aquella primera mirada de Nuestra Señora a nuestro pueblo; quién recuerda aquella calle Real del año 87, o aquella Corredera despoblada de gente cuando esta cofradía dibujaba sus primeras sombras sobre el pavimento adoquinado de nuestras calles, o la plaza Primero de Mayo reflejando la única voz que se oía en aquella nuestra primera noche mientras San Pablo era el único testigo de los maravillosos acontecimientos que estaban sucediendo bajo su triste y melancólica presencia, en aquella primera noche que esperaba a la madrugada con la Gracia entre sus brazos.

Quién puede decir lo que fuimos si ahora somos testigos de lo que ahora somos: plaza Vázquez de Molina acunando entre sus vetustos monumentos a la noche plagada de ojos ávidos de verla mecerse entre las barras de su palio, Real de saetas que resquebrajan nuestro penitencial silencio, plaza de San Pedro que nos recibe de la única manera que lo puede hacer un padre que vuelve a ver a su hija, callejones que apagan sus luces a nuestro paso y se abren esos centímetros necesarios para que la belleza deambule entre sus muros y la Gracia entre por cada una de sus ventanas.

Somos pasajeros de un tren que viaja hacia un horizonte abismal en el que no se divisa destino. Simplemente viajamos, nos dejamos llevar por el vaivén de nuestros sentimientos, de nuestros amores, de nuestras imágenes. Simplemente viajamos en un vagón, susurrando nuestras vivencias a una solitaria maleta llena de nuestros recuerdos con Ella, aguardando a que nos deslumbre la luz de la cuaresma que ya nos avisa de que la estación del Lunes se aproxima. Somos pasajeros de un tren que nos lleva de estación en estación, de Lunes a Lunes, con un camino que recorrer y sin un destino al que llegar. Solo nos queda dejarnos llevar, disfrutar de cada estación, de cada Lunes, recordar aquellas estaciones pasadas con añoranza y una sonrisa en los labios y en el alma, y llorar por aquellas en las que ya no podremos descansar junto a la Gracia.

Pero sintámonos profetas de un comienzo: habrá centenarios que no podremos vivir, ni celebrar, pero somos testigos del nacimientos del Lunes, del Lunes Santo. En un futuro podrán vanagloriarse de la historia de esta cofradía; nosotros somos el nacimiento de esta cofradía, el primer corazón que sucumbió a la Gracia bautizando a un yermo lunes como Lunes Santo.

REFLEJOS DEL CIELO

Hay un trocito del cielo que cae en las madrugadas, cuando la Gracia en San Lorenzo se asoma a su Cuesta Granada.

PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Abramos el armario del alma y vistámonos con el abandonado disfraz de hombre, cubrámonos con esa tela de piel que se eriza con los sentimientos y con la hermosura de un mundo que descansa al lado de nuestros corazones. Abramos el armario del alma y quitémosle el polvo a las experiencias vividas en un pretérito tiempo al amparo de esta cofradía. Contemos una a una las personas que hayamos conocido porque han sido participes de nuestro tiempo de trabajo y devoción, recordemos nuestras conversaciones, nuestras risas, nuestras riñas, aquellos malentendidos, esos abrazos. Mirémonos en el espejo del tiempo y veamos cuánto hemos cambiado desde que Nuestra Señora de Gracia nos robara un trocito de ser, descubramos esa arruga en el rostro y sintámonos orgullosos, observemos como la nieve se posa en nuestro pelo y riámonos del tiempo porque nunca podrá mermar esa amalgama de sentimientos que día a día van creciendo en nuestro interior; mirémonos en el espejo del tiempo para descubrir que aquel niño que espera ansioso la llegada del Lunes Santo aún habita en nosotros. Abramos nuestros armarios y vistámonos con ese disfraz de hombre que despierte nuestras pasiones; que no nos dé miedo llorar, ni reír, ni enfadarnos, ni entristecernos cuando miremos atrás y veamos el abismo de esos veinticinco años que ya se nos escapan.

Es la hora de descansar en esta plazoleta que hemos construido en estos veinticinco años, de sentarnos en el banco de nuestras vivencias al cobijo de la sombra de este árbol que ha brotado gracias al agua de nuestro amor y nuestro esfuerzo. Es la hora de que el nazareno encienda su luz, el músico despliegue sus partituras y el costalero se apriete el alma. Ha llegado la hora de estrujar el corazón para beber la esencia que estos veinticinco años ha dejado depositada en lo más hondo de nuestro ser. Ha llegado el momento de sentirnos orgullosos de esta hermosa historia que hoy escribimos con las últimas palabras de un primer capítulo, sabiendo que aunque no estemos presentes en el final, somos los creadores del mismo. Un final en el que solo puede estar Ella, la Llena de Gracia, Nuestra Señora de Gracia. Respiremos intensamente, quedémonos en silencio, despojémonos de esta palabra que no puede decirnos nada. Disfrutemos de un pasado que se ha quedado mudo, que ya solo es imagen. Naveguemos por el mar ahora calmado de nuestro pasado y sumerjámonos en las profundidades de 25 Años de Gracia.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Camino al desierto


Las clases de religión, en mi amado colegio Juan Pasquau, magistralmente impartidas por el gran poeta y mejor maestro Ramón Molina Navarrete, antes que una aburrida sesión de prescripciones y decálogos católicos, eran emocionantes regresiones históricas que nos narraban el tiempo y el espacio, así como las circunstancias, en los que se desarrolló la vida de aquel que llamaron el nazareno.

Ramón me mostró la imagen con la que, tras el paso de los años, he impregnado mi alma: la del Jesús humano, ese que no necesita de milagros para creer en Él; ese que se acercaba a los niños y a los viejos y a los desamparados, el que perdonó las mayores ofensas que se le pueden entregar a una persona, el que perdonó la traición, la repulsa y la negación en la que puede caer el mayor amigo, el que creyéndose Dios no dejó de amar a una madre, el que entendió a las mujeres y a los ladrones. Ese Jesús, el de aquellas clases de religión, era realmente humano y sus actos emanaban lo que nos hace serlo: la bondad. Siempre estaba rodeado de personas a las que hablaba, miraba, acariciaba, respetaba… Y en el único momento que necesitó de la soledad, viajó hasta Idumea, al desierto, y estuvo cuarenta días orando y meditando.

Y así como, tras su retiro en las arenas, Jesús entró en Jerusalén entre vítores y palmas de aquellos a los que había tratado como sus hermanos, así nos viene nuestro obispo, ya no sé si el nuevo o el viejo, a nuestra querida ciudad de Úbeda, brindándonos la oportunidad de oír su voz y hacer descansar nuestra alma con su presencia. El obispo, voz de Jesús en nuestros días. Y lo primero que nos han recomendado, a los cuatro tontos que estamos trabajando en las cofradías, que no molestemos a su excelencia con nuestras palabras y nuestras preguntas, con nuestras dudas y preocupaciones, que no lo mareemos con nuestras trabas cofradieras y nuestros temas sin substancia.

Esa es la actitud de la Iglesia en nuestros días, así pretenden predicar la palabra de ese Jesús que en mi corazón es diálogo, cercanía y bondad, así, dándole la espalda al pueblo que Jesús amó. Así pretenden adiestrar a las ovejas descarriadas de esta sociedad, así pretenden introducirnos en su rebaño. No señor, que no se preocupe, por mi parte no recibirá ninguna molestia en su visita, entre otras cosas porque no le recibiré con vítores y palmas como las excelsas esencias del clero desean ser recibidas. En este caso no seré Jerusalén, pero como siga así, me apunto a serlo, porque Jerusalén también abucheó, maltrató y condeno a ese Jesús bondadoso que Ramón me enseñó.

Debería dedicarse a predicar con el nazareno, hablo del señor obispo, pero haciéndolo también con sus actos. No le reclamaría un poco de humildad porque en el vocabulario de esta casta clerical esa palabra no existe; simplemente podría encaminarse al desierto, como lo hizo Jesús, si lo que quieren es que no les molestemos con nuestra humanidad.
P.D.: Esos que me conocen, o los que por lo menos intentan hacerlo, serán los únicos que habrán entendido esto. Saben que soy capaz de enrolarme en la más mística prosa religiosa y semanasantera que hayan podido sudar mis manos y, punto seguido, llegar a escribir estas palabras de tal calibre, que miradas desde la barrera pueden llegar a contradecir los sentimientos que haya expresado anteriormente. Perdón si he llegado a molestar a alguien, pero lo que no estoy dispuesto a callar es esta nimia falta de respeto por el sentido común del ser humano. Ah, y perdón por la desinformación: no vino a Úbeda, nos esperaba en Jaén.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Al final del camino


Con la voz de su pasado pisándole el alma, me miraban sus viejos ojos rociados con los últimos instantes de su vida, secando la póstuma savia que aún alimentaba a una solitaria hoja enmohecida, y no sabré nunca si aquella mirada mendigaba el milagro que le alejara de esa muerte tan temida o imploraba para que no hubiera otro eterno minuto de vida. Cuando apareció el ocaso en aquella estepa polar de sus noventa y dos años, nunca sabré si se marchó su alma con una sonrisa o con aquel ignominioso miedo ante el silencioso enigma de la muerte.

Leyendo a Vasili Grossman, y exorcizando a aquel Primo Levi que se quedó enmarañado a mi corazón como una tenebrosa alambrada de espino, buceo en las oscuras aguas de la muerte, a sabiendas del escalofrío que recorrerá mi piel cuando sienta las gélidas temperaturas de la razón a esas profundidades, buscando el submarino que me adentre en la mayor de las profundidades o agarrándome a la popa del barco que me lleve a tierra. En el silencio de mi escafandra, mirando a través de ella, veo los listones de madera que sirven de techo a un frío barracón de algún campo de concentración nazi, los mismos que en algún instante fueron observados por algún judío en la antesala de su ejecución, siempre a un instante de la muerte, sonriendo en aquel infierno humano, cansado de ser tratado como un animal, en un último intento de sentirse hombre: esperando tranquilamente a la muerte sentado ante la película de su vida pasada, la que hace tiempo dejó de vivir y que, el recordarla, le hace sonreír. Ese mismo techo cobija, quizá en la litera contigua a la de este judío, a otro ser que aún se siente hombre, que sueña con seguir viviendo la vida fuera de ese lugar; ese ser tiembla y suda y llora ante la segura llamada de la muerte, se aferra a una inexistente esperanza porque en su mundo aún quedan besos que dar, o sueños que realizar o palabras de las que aprender. En este viaje por las insolubles sales de este desierto de la muerte, me he encontrado allá lejos, en la distancia, un cartel indicador que me señala dos caminos, entre los cuales, algún día tendré que elegir: uno el que siguió el primer judío, el de la tranquilidad de haber vivido feliz, de haber amado y haberse sentido amado, el camino que cierra tus pasos con una puerta infranqueable con una mirilla que proyecta tus recuerdos; el otro, un camino, plagado de afluentes, que al llegar al final siempre quieres volver atrás para recorrerlos.

No creo en el miedo a la muerte, sino en el miedo a que la muerte te deje sin aquello a lo que te aferras. Mi abuelo no tenía miedo a morir, como decía mi madre; mi abuelo era de esa clase de personas que, a cada paso que dan, van enraizando su vida. No creo en aquel niño muerto de miedo, entre las sábanas de su cama, sollozando entre suspiros porque la muerte había tomado forma en su mente; creo en un niño que siente miedo de que sus padres algún día se marchen para siempre de su lado, que algún día despierte y no pueda abrazarlos ni besarlos porque eso que llaman muerte ha aparecido en su vida.

No tengo miedo a ese momento en el que me encontraré con la muerte porque, cogiendo cualquiera de los dos caminos que ahora veo a lo lejos, o habré saciado mi humanidad o mi humanidad será tan grande que solamente sentiré pena de marcharme siendo aún feliz. Seré el primer judío o aquel otro que tiembla de pena; seré la sonrisa de mi abuelo o aquel “miedo” que él sentía.

Sólo siento miedo de que algún niño en este planeta esté tan familiarizado con la muerte que no tenga el privilegio de sentir lo que viví en mi infancia cuando lloré entre las sábanas de mi cama; como esos niños que esta tarde he visto en un archivo que he recibido: tirando piedras a una niña que podría tener unos quince años, viendo como sus adultos la mataban a patadas, grabando en sus teléfonos móviles la espantosa imagen de una enorme piedra aplastando la cabeza de una niña indefensa. Esos niños, cuando les llegue su momento, y es lo que realmente me aterra y me hiela la sangre, serán los únicos “privilegiados” en sentir ese miedo que yo no podré nunca llegar a experimentar. Yo he intentado razonar con la muerte; ellos han jugado con la muerte.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El tonto del disfraz


En la tarde del viernes el destino me regalo uno de esos momentos memorables, no por la grandeza y la majestuosidad, sino por la sencillez, familiaridad y cordialidad con la que lo viví. Compartiendo una copa con él, el gran Rafael Martínez Redondo me amonestó en cierta manera por un hecho acaecido en la noche del lunes anterior, cuando junto a otros contertulios debatimos el polémico tema de la monarquía. En dicha reunión, el amigo Rafael, defendía los ideales de la izquierda frente a las hordas, esto lo digo con mucho cariño, de la derecha; pues bien, Rafa me recriminó el silencio que en aquella ocasión pronuncié, dejándole solo en la batalla. Mi excusa, excusa real, fue la que expresaron mis labios: “Rafa, en aquel momento estaba disfrutando de lo que mis ojos veían y mis oídos oían”.

A qué viene esto. Simplemente porque quiero describir aquí, ya que este año ni en los venideros lo haré en ningún otro pasodoble, el modelo básico de eso que llamaré “tonto del disfraz”. El tonto del disfraz es el que, fermentado por la acción del profesionalismo y el perfeccionamiento, se dispone, durante el tiempo que dura la fiesta carnavalesca, a mirarte por encima del hombro, cuando normalmente lo hace a la cara, o yendo más allá ni siquiera te mira, dando a entender con tan altivo gesto que por alguna inexplicable razón, o porque Dios lo quiso así, esos días es un ser superior al que suscribe estas líneas. A eso lo llamaré falta de personalidad en vez de prepotencia.

Ese tonto del disfraz, si habláramos de Semana Santa sería una subespecie de lo que el amigo Salva denominó como “tonto de capirote”, es aquel que se marcha de un teatro, tras el veredicto de un jurado, bueno o malo pero jurado, con el primitivo y, según él, ofensivo gesto del corte de manga, creyendo que al jurado, o al grupo al que va dirigido ese gesto, que seguramente habrá quedado por encima del suyo esa noche, le va a afectar esa rabieta de niño que más que ofender produce risa. También, el tonto del disfraz, es el que pierde el tiempo, o quizá lo gane, tampoco sé de qué habla normalmente, hablando despectivamente y a la espalda de otras agrupaciones; y no puedo pasar por alto aquel tonto del disfraz que puede ser que diga lo siguiente: “gané fuera, pero en Úbeda quedé tercero, luego en Alcacopos quedé por encima de los que ganaron aquí…. Que si patatín, que si patatán”, y que más que un amante de la fiesta parece un jugador de fútbol haciendo cábalas para saber si pasará a la siguiente ronda de la Champions League.

El tonto del disfraz, experto en sacar sonrisas, a veces carcajadas, puede compartir un viaje contigo y de los insultos y tonterías dedicados a esos que no están, que seguramente le han ganado, puede producirte, al principio una amalgama de risas difíciles de aguantar, pero de tan pesado que se pone, cuando lleva cinco minutos ya es difícil de aguantar por el dolor de estómago que producen sus “ingeniosas” ocurrencias despectivas. Ese tonto del disfraz se alegra mucho más por el fracaso ajeno que por los triunfos propios: por algo le llamo tonto en estas líneas.

El otro día, camino de la Taberna Celta, un pub capitaneado por miembros de una comparsa, andaba tras de mí un integrante de otra comparsa con la misma intención que la mía: tomarse un café en dicho establecimiento; a qué viene esta historia… Silencio, voy a describir a otro tonto del disfraz. Sigamos. En la acera de enfrente se encontraba otro miembro de la misma comparsa del que seguía mis pasos que, dirigiéndose a éste, dijo: “¡¿No pensarás dejarle tus dineros al (nombre del propietario del pub, miembro activo de otra comparsa, por lo visto rival)?!”. Sin comentarios. Solo diré que una sonrisa iluminó mi rostro y me dieron muchas ganas de gritar: ¡Tonto!
En fin, juzguen ustedes a estas personalidades que son las que luchan por esta fiesta del carnaval, que dicen que se pierde: normal. Todo esto por una rivalidad, perversa y tonta, de ganar un premio, de ser mejor que otro para, como dije antes, poder mirar por encima del hombro. Ojalá pudiera cantar en el teatro Ideal esa noche mágica de la final sin optar a ningún premio, simplemente por el hecho de cantar y sentir las emociones que se viven sobre esas tablas, o el premio que me dieran me permitieran darlo a quien lo necesitara porque para tomarme unas copas cada noche y hacerme un disfraz tengo muchos meses para financiarlo. Así, quizá, viviría desde la barrera este mundo en el que, por suerte o por desgracia, abunda tanto tonto del disfraz. Sería como estar en la sala de un cine, disfrutando de una ración de palomitas, disfrutando cada una de ellas mientras te ríes a gusto con una buena comedia. Sería como aquella noche de lunes en la que mi amigo Rafa debatía con aquellas hordas de la derecha sobre temas candentes de la actualidad que a todos nos deberían de importar mucho más de lo que lo hacen. Solo que aquel lunes, ni Rafa ni las hordas eran tontos, debatían y no se insultaban ni despreciaban ni se reían recíprocamente unos de otros; claro que tampoco tenían un carnaval que emponzoñar.

domingo, 26 de octubre de 2008

Cuando cansa el silencio


Han vaciado el pozo de mi locura, abocándolo a la soledad de un alma muerta en vida que quiere ser hombre para volver a morir; de repente, con la crueldad propia de un hombre que no entiende de noches en vela y un cerebro en el que durante meses se enciende la luz de la habitación de la bohemia, han aniquilado la verde y fresca selva donde llevaba tiempo reposando, en una hamaca tejida con el hilo de la locura, han segado el verde y me han ofrecido la yerma alfombra de un desierto aburrido y caluroso en la que deambularé como un muerto que quiere volver a la vida. Yo no he sido nunca un muerto, tampoco estoy muy seguro de poseer eso que algunos llaman alma; cómo pueden mis manos escribir como un espíritu, cómo siente un ánima, cómo acaricia un cadáver, a qué lugar pertenece lo que no es. Me han robado el derecho a volverme loco, han conseguido lo que no sabré nunca si deseaban: me han matado.

Hasta el popurrí todo es toro. Lidiaré con algún que otro pasodoble que alguno que otro no querrá cantar, me tragaré el poco orgullo que me queda en este mundo cuando un sinónimo cambie todo el significado que he querido dar, y lo que más me apena y me entristece: tendré que subir al paraíso burdo, tosco y cómodo del vocabulario que algunos dicen que es el que vale en Febrero. Me arrancaré la piel que siempre va conmigo, esa que está calada por poros de poesía, y me mostraré como algo que nunca he sido y nunca llegaré a ser. Diré todas esas falacias que empujan mis silencios hacia fuera.
Ahora, por los siglos de los siglos, he conseguido estar en paz conmigo mismo, susurrar al oído de la única persona que se merece mis silencios; he conseguido volver sobre los mismos pasos que he estado dando estos años y he visto el camino lleno de baches que tuve que saltar y vadear a cada momento para llegar a mi ciudad de Oz, esta ciudad que ahora, cuando mis pasos me han acercado a ella, no puedo ver. ¿Ha valido esta travesía? Me quedaré pensando en eso, buscando la forma más sencilla de decir gracias, nunca adiós, mientras miró con nostalgia la fachada de Santa María o sueño con las esperanzas que ha cobijado algún banco de estación.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Quimeras de libertad


Puede ser que las cortinas, que escondían la ventana que daba al patio de vecinos, ya fueran de aquel color azul mar que solo ven los pescadores, allá, en las llanuras abisales, en los sempiternos amaneceres marinos, y que son las únicas que puedo recordar, engalanando el altar de mis sueños. Allí, tal vez, se escondieran las criaturas que hablaban en mis cuentos a través de las cuerdas vocales de mi madre o mi padre, justo antes de asaltar la alcazaba de mis fantasías nocturnas para acompañarme hasta la llegada de todos los nuevos días; o en los cajones de la pequeña mesita de noche: en el primero, escondidos entre los calzoncillos, jugando con algún Popeye el marino o desafiando a Mazinger Z para que demostrase la legendaria fuerza de sus puños; o en el segundo, aguardando a que la luz de la lámpara se apagara para salir de la cueva de algún par de calcetines; o en el tercero, jugando con mis canicas y mis estampas de la veraniega colección de Panini, ya fuera de modelos de coches o los futbolistas que ese año amenizarían las tardes de domingo de mi padre; en algún lugar de aquella habitación de niño se esconderían los protagonistas y criaturas que se hospedaban habitualmente entre las páginas de aquel libro que mi madre o mi padre me leían todas las noches, sentados a mi lado, sobre la cama, esforzándose en la lectura, o narrándome aquellas historias con la tapa del libro cerrada, pues el cuento llegaba a ser más tolerable para ellos si primero era memorizado y luego contado que el deber leérmelo con aquella lectura trabajosa de unos padres que gozaron de aquella escolarización gratuita y no obligatoria. El beso en la frente de algunos de mis progenitores tras el consabido arrope me mantenía en el puente que une la vigilia y el sueño, quizá abriría los ojos un microsegundo para asegurarme que la luz del hilo musical velaría mis sueños, y luego dormirme con la huella en mi última razonada visión de un libro sobre aquella mesita de noche de tres cajones, desde donde empezaban a saltar y brincar los duendes, gnomos y demás criaturitas de mis cuentos.

Nacemos soñando, nacemos libres, ajenos a un mundo que nos irá enterrando en el delirio de nuestras necesidades de hombres, y, a cada paso que damos, con cada minuto que agotamos de nuestra vida, vamos desterrando nuestros sueños de niño a la frontera del olvido, seducidos por estos, nuestros sueños de hombre, adultos deseos que enmarañan nuestras noches, quedando esclavos de ellos, embarcando nuestra vida en la patera que nos lleve, sin sustento, ni agua, ni comida, hacía la realización de alguno de ellos. Nacemos soñando, nacemos libres, y morimos creyendo haber soñado, morimos creyendo que hemos sido libres.

Por eso me aferro a esa singularidad de soñar por el simple hecho de hacerlo, al soñar sin un porqué, sin un paraqué; por eso, cuando quiero soñar, cierro los ojos y veo aquellas cortinas de color azul mar, y los barrotes barnizados de aquella cama iluminados por el anaranjado resplandor de la lucecilla del hilo musical, giro la cabeza y veo mi mesita de noche al amparo de la misma luz, con aquella foto de un infante soñador de melena a lo Colón, y aquella lamparita apagada que da sombra al libro que mi madre o mi padre acaba de leerme; cuando quiero soñar toco la cubierta y a través de mis dedos siento el terremoto de emociones que se apoderarán de mi vida en este próximo sueño de ojos abiertos; soñar como cuando niño, abriendo el libro por esa primera página que muestra el abismo de un pasado que ya no existe y que ni siquiera habrá existido, o un futuro que será o será la quimera de un futuro, o un presente tan lejano a ti, tan digno de soñar, porque no pertenece a tu vivencias. Los sueños están compuestos de imágenes, de tiempos, de sucesión de imágenes en un tiempo lleno de olores y sabores que realmente son reales a nuestros sentidos, no es quimera recibir la fragancia del cardamomo en una página donde se describa los sudores y las pasiones de dos personas que se aman en un almacén de especias de Nueva Delhi y al doblar la esquina, en la página siguiente, recibas el oloroso frescor primaveral del azahar de un paseo por las calles de Sevilla; deleitarte con sabores tan lejanos que, si no fuera por esta ofrenda onírica de estar soñando, nunca podrías paladear. Soñar es descubrir lo que es extraño en tu vida, es un párrafo lleno de aprensiones y miedos desconocidos por tu espíritu, es viajar y enamorarte de capítulos que hablen de ella, de esa desconocida a la que has dibujado un cuerpo, has oído su voz en tu interior y conoces sus caricias por el tacto de su piel; es erizarte la piel cuando te susurra al oído, cerrar los ojos para encontrarla y abrirlos rápidamente para no perderla; viajar a mundos lejanos, embarcado en un barco de papel que navega a través de mares de tinta.

Cuando niño, en la cama, en aquella habitación de cortinas azul mar, viajaba a media noche hacia alguna laguna de la vigilia, abría los ojos, tocaba con mis dedos la pequeña luz anaranjada del hilo musical, miraba mi retrato y volvía al sueño con una sonrisa que se dibujaba en mi rostro. Ahora, últimamente, me desvelo constantemente recordando, con una sonrisa en mi rostro, los personajes de una novela que ya he leído, los lugares por donde han deambulado, las torres de los campanarios, las palomas volando tras el repicar de campanas, la lluvia cayendo mientras personas en gabardina corren a refugiarse bajo los soportales de una calle de una ciudad que me han descrito, los diálogos entre los personajes aún cercanos a mi oído, el beso inolvidable de una mujer de labios carmesí, sus uñas pintadas, sus tacones negros, un principio y un final que abrazan a una serie de acontecimientos; me desvelo y abro los ojos por un instante, lo recuerdo todo pero no recuerdo el nombre de esa novela que he leído. Me duermo, ahora, en la cama, en esta habitación huérfana de cortinas azul mar, como un niño que vuelve a soñar con una sonrisa en la cara. Antes he mirado la mesita de noche que hay al lado de la cama: no hay ningún libro.

Nacemos soñando, nacemos libres soñando con el libro de la vida, ese que leemos antes de nacer y que nos da la condición de ser libres. Ahora sueño con historias que se encuentran en los libros: sueño despierto, sueño dormido con lo único que nos hace libres.

martes, 9 de septiembre de 2008

Primos... hermanos de aquel tiempo (Para David y Almudena)


No podré medir la distancia que me separa ahora mismo de aquel patio de vecinos que dio luz a mis mañanas, porque desconozco las ecuaciones necesarias, así como sus medidas, para calcular el tiempo; puedo asomarme al mismo cierre que se pasea por mis sueños, conocer la situación actual, verlo desde el cielo lejano de la infancia, pero soy incapaz de medir la distancia que me separa de él, ignorante, como lo soy, del significado que encierran los años, los meses, los días y todos estos términos que alguien inventó para contar lo desconocido.

Puedo asomarme de nuevo a aquel cierre de mi infancia, observando la blancura camaleónica de la clara cal de las paredes de aquel patio de vecinos, recreándome en los quehaceres de aquellas mujeres que alguna vez me acariciaron el cabello mientras hablaban con mi madre, viéndolas tender la ropa o correr las cortinas de la cocina para que sus olores me advirtiesen de la inminente llegada de mi padre; pero veo las mañanas de verano, con aquella luz que hacía aumentar el contraste de las cosas, a través del cierre de la enclaustrada terraza de mi casa, cuando mi tía abría la corrediza puerta de su patio y destapaba la azul y sintética piscina de aquellos veranos, cuando me escondía para que no me viera y alertaba a mi oído porque, tarde o temprano, escucharía aquel lindo “Toto” que brotaba de la garganta de aquella linda niña, reclamando mi presencia a través de aquel cierre para decirme que bajara a bañarme y a jugar con ella. Se medir los juguetes que compartimos porque conozco sus colores, las dimensiones de las habitaciones en las que los compartíamos, el timbre de la voz de mi tío y la eterna sonrisa que conseguía dibujarle en su pequeña cara de niña con mis tonterías de alocado y simpático niño; puedo pesar el amor que le profesé porque en el corazón tengo una balanza con un plato lleno de añoranzas del pasado que solo se equilibra cuando la recuerdo a mi lado, llamándome a todas horas con aquel eterno “Toto”. La tristeza también existe, ahora, cuando no encuentro la medida que me diga si es tarde o temprano, si están lejos o son cercanos aquellos momentos y lugares en los que encontré una hermana cuando aún no era ser Virginia.

Y él, el hermano que nunca he tenido y en el que encontré el único hermano de mi vida, también vino en un tiempo que no puedo medir con esas absurdas medidas temporales, porque aunque aún exista aquel piso de la Puerta del Sol que me vio crecer, tampoco se que adjetivo poner a aquella edad de mi vida en la que lo conocí por primera vez, cuando dormimos las primeras noches, igual que lo hicimos luego a los largo de lo que llaman años, los dos, juntos, en una cama de adolescente que daba cobijo a los sueños de dos niños. Él fue el hermano, incluso el mayor, que siempre quise tener, el que me enseñó a hacerme los nudos en los zapatos por primera vez, quizá porque aún siendo yo mayor que él, esas cosas se aprendían antes en Valencia que en Jaén; como también se aprendería antes a nadar y por eso fue él el hermano mayor que me instruyó en tan notable actividad vital. Con él he pasado las mejores horas, días y meses de mi vida, he saboreado los veranos tal y como lo muestran las películas de veranos en otros veranos del mundo, esos en los que te sientes protagonista de alguna de esas películas de veranos y que quizá cada uno de nosotros hayamos vivido a nuestra manera. Tal vez pude contar las horas, los minutos que iban aconteciendo a través de todos esos kilómetros que nos separaban, toda vez que me acercaba a su vida surcando esa maldita distancia que nos alejaban, pero ahora no se medir aquel ritmo del tiempo, no tengo la virtud de denominarlo lejano o cercano, ahora las mareas de aquel tiempo no existen y la luna quizá no estuvo en plenilunio en ningún verano en el que estuvimos juntos.

Se me olvidó preguntarle a mi abuelo Blas, cuando dormitaba en la antesala de la muerte, si sabía contar el tiempo de la vida, si podía ponerle el adjetivo cercana o lejana a la Guerra Civil o tenía conciencia de los 92 años que había visto pasear por delante de sus ojos; si me lo hubiera explicado quizá podría decir ahora que los inolvidables momentos que pasé junto a vosotros, David y Almudena, tienen una duración eterna o, si por lo contrario, lo que no se olvida es por que fue breve en su momento. Si pudiera medir aquel tiempo del pasado, si tuviera conciencia de su tictac, podría decir todos los años, los meses y los días en que os quise como solo os pude querer entonces. Mientras tanto me conformo con medir los espacios, los colores, los sabores, las risas, los besos y las caricias que os hicieron felices en aquel tiempo que vivimos los tres.

jueves, 28 de agosto de 2008

Bueno, pero tarde



Uno de los momentos más críticos, en este mundillo del carnaval, es cuando llega la ocasión de elegir los dos pasodobles que se cantarán en la final. En mi grupo, desde hace dos años, la decisión corre a cargo de todo el grupo en votación espontánea y velada, aunque si en ella se comete alguna aberración (cosa muy normal sabiendo la gran diversidad de personalidades dentro de la comparsa... es broma), mi voto cuenta doble y algunas veces triple; en todo caso, siempre estamos de acuerdo en lo que se ha de cantar. Pero algunas veces, tras cantarlo un par de veces, te das cuenta de un pasodoble que ha llenado más al pueblo y que quizá se hubiere debido cantar en la tan ansiada final del Ideal: eso ocurrió con el siguiente pasodoble, de la comparsa Los mayas, este último año, cuando algunos "personajes del mundo de la farándula carnavalesca" incluso se enfadaron conmigo por no incluirlo en la fatídica noche de Febrero. Aquí lo dejo, para recordarlo, y ahora con mayor razón puesto que se avecina un festival en memoria a los veinticinco años del primer concurso, y en homenaje a todos y tantos y tan buenos carnavaleros que Úbeda nos ha dado. Ojalá y esto no termine nunca, y de vez en cuando, algún pasodoble se quede en nuestra retina auditiva. La foto es un homenaje a Guijarro, por sacarme tan así.






Si le hablo de cultura no sé contar porque me siguen faltando dedos.
Enumerar el arte desde aquellos Eros
o desde que aquel Charly se dignara entonces a escribir al pueblo.
¡Cuánta poesía, cuántos versos que quedan en el recuerdo!,
que ironizaban sobre el gobierno,
que entronizaban a nuestro pueblo.
¡Cuánta poesía sin premio!
Litri, el Seco, el Bolo, los Troche…
¡ay, si esto fuera El Quijote!...
los que podría nombrar.
Cuánto arte trajo Febrero
y se plasmó en un libreto
que en un cajón morirá.
Vandelvira, al Viejo, al olivar,
a un paseo que anochece en Santa María:
pasodobles que llegaron muy adentro
del que es carnavalero
y Úbeda no va a apreciar.
¡Qué pena de cultura que se quedará
perdida en la memoria
de esta fiesta que es la misma gloria!
Pena de patrimonio que Úbeda no quiere
tenerlo en su historia.

martes, 26 de agosto de 2008

¡Para volverse loco!


¡Qué maravilloso invento el frigorífico! Cómo mantiene fresquitas las cervecitas, las aceitunas, las berenjenas en esta bella estación del verano… ¡Maldito sea el maldito ruido que desprende este maléfico frigorífico en esta puñetera estación del año! En el del frigorífico y en el del aire acondicionado, en el mío y el del vecino de al lado, y el de arriba, el de enfrente y el del ático y el de tres barrios más abajo. ¡Cómo me gusta este artilugio! Me refresca las siestas y me reseca las mucosas durante tres meses pero, claro está, me salva de los despertares con la cabeza rociada de sudor y la entrepierna cocida por el calor y el roce. ¿Quién no se ha dormido bajo un cielo estival pleno d estrellas, al arrullo de la melódica rondalla del negro, brillante y simpático grillo? ¡Al carajo!, aunque suene muy gaditano (¡qué bonito lo gaditano: sus playas, sus atardeceres, sus mareas!), con esta aberración en la creación divina, con estos y las chicharras que, aunque son menos molestas para el sentido del oído, son las culpables de que cuando el termómetro marca cuarenta, en mi termómetro interno luzcan diez o veinte grados más: ¿quién no ha acompañado la lectura de un buen libro con la cantinela de estos bichitos? Tres cajas de ibuprofeno, descubrir a Salman Rushdie y no llegar a odiarle simplemente porque es poseedor de una deliciosa prosa olvidadiza-de-estruendos-grilliles. ¿Y los mosquitos, y las arañas, y los saltamontes, y las palomitas? ¿Y el aromático-hacedor-de-ataques-asmáticos llamado insecticida? Pero qué bonito es el verano, sobre todo cuando te quedas sin vacaciones y vez en la televisión la tez morena y cálida de José Luís Rodríguez Zapatero: el mismo que me ha quitado un pellizco de mis ahorros porque la crisis tenemos que pagarla entre todos. ¿Usted qué paga? A usted le pagamos por tocarnos las… por robarnos las vacaciones.

No puede gustarme el verano si en el carajillo a media tarde no me acompaña la bohemia de un ambiente frío y amable, que haga de cada sorbo una delicia y un viaje al país de estas maravillas de nuestro mundo; si abro el armario y me veo paseando por algún rincón de invierno, de esta ciudad de invierno, mirando a la gente como cualquier día de invierno, bajo la lluvia, entre la niebla, a través del gélido universo que rodea nuestra vida en cualquier día de invierno: si abro el armario y me veo paseando por algún rincón de invierno, con las manos arrellanadas entre el suave y cálido tejido de un abrigo de invierno que me esconde bajo mis ojos, haciendo que un paseo bajo el tibio cielo del invierno sea un regalo de los dioses. El calor acaba con mi paciencia, mi actividad y mi conciencia de ser. Sólo el frío me devuelve los cinco meses de Febrero y los otros cinco del primer plenilunio de la primavera: la cochera, mis pasodobles, otra comparsa, el carnaval, el fuego de la Navidad, la ingravidez y la bohemia de los ensayos, el costal, la faja, una cerveza sin sudar, una conversación sin ansiedad, sin prisas, el costas, la faja, el Lunes, la Madrugada, el brasero, la película, el abrazo, los días sin nada, los días con todo, la caricia de la lluvia, la lluvia, el pantalón largo, el carajillo, sin hielo, al cielo, piano, los guantes, bufanda, la feria y el jersey por la noche, la piedra nublada, la piedra mojada… ¡te quieres ir al carajo con el verano!

Hasta el, otrora, delicioso ruido del ordenador me angustia y el papel y la tinta me agotan. ¡Y el grillo no se muere! ¡Para volverse loco!

martes, 19 de agosto de 2008

Mi primer pasodoble


Ahora que no tengo ni tiempo para mí, es decir, que no se visten mis segundos y minutos de reflexión y literatura, voy a ir barriendo la arena que aquellos pasodobles de mi historia van acumulando sobre su tez, para que recuerden la luz de aquellos carnavales que fueron su batalla. Comienzo con el primer pasodoble que salió de mi Bic, en aquel taciturno cuarto de Granada, testigo de tantas palabras y tantos desvelos, cuando tan seguro estaba de hacerlo correctamente y tanto miedo me daba naufragar en una cultura que no sentía (¡parece mentira que ahora me da miedo que llegue el día en que no pueda alimentarme de las noches de jueves al arrullo de esos pasodobles que aún no son y que ya viven!). Siempre quedarán las animosas palabras de mi buen amigo Viedma: "es el mejor pasodoble que he cantado hasta ahora, aunque es una pena porque Úbeda no lo va a apreciar como se merece"; aún me lo sigue diciendo aunque ahora ya no es su favorito puesto que con los años todo el vino gana en paladar. El primer pasodoble de mi primera comparsa "Los elegidos".

En realidad
el hombre de la tierra no ha visto el cielo.
En realidad
ha dibujado el cielo en la tierra,
transfigurando la rosa en bestia,
sembrando de espino
un camino divino:
ha inventado una guerra santa
santificando vidas humanas,
ha matado a un hijo
por negarse a donar su sangre;
sigue dándose golpes
sobre un muro lleno
de lamentaciones;
sigue persiguiendo a un buda
y un nirvana que no existe
mientras que hombres por hambruna
a morir, ¡por Dios!, resisten.
Creemos
en unas vacas sagradas,
seguimos
el rito de cierta cena
que a saber si Jesucristo
la comiera,
seguimos creando imperios con varios nombres,
imaginando en el cielo cortes
de las que solo somos bufones.
No vemos que en la tierra hay un imperio,
no es el de Bush, que no es el dinero;
no es el infierno:
es el que he elegido,
ya habrá tiempo de ser dioses,
que solo quiero sentirme querido.
Reza con lo que digo:
sólo quiero ser yo frente a tí,
ser tu dios y que tú seas el mío.

Aquí dejo la música del pasodoble de aquel año con otra letra distinta: un pasodoble a Camarón, al arte. Se oye un poco lánguido, demasiado lento: ha sido cosa de goear.


martes, 12 de agosto de 2008

Bodas de Febrero


Este fue el pasodoble que su comparsa le cantó en el feliz día de su boda. Fue tan fácil escribirlo, amigo, porque fácil es la amistad que me une a tí y a tu mujer.


Ha llegado el día de levantar anclas
de esta carabela que te llevará,
al bosque encantado que tú has elegido
donde tu familia allí formarás.
Atrás se quedan los años de larga espera en la estación,
los dos sentados en el andén de este destino
donde Natalia aquel día te besó
desmoronando la alcazaba de tu amor
te hiciste un hombre sucumbiendo a su encanto: te embrujó.
Ahora que vas a zarpar
cuida de ella como de nada lo has hecho
que Santa María te la bajó del cielo,
porque a tus hijos traerá,
a esos que del bien y el mal debes hablarle
igual que contigo lo hicieron tus padres.
Se que lo harás
porque eres un gran hombre de honor y lealtad
cógele la mano y dile la verdad:
que ella en tu vida ha sido el primer premio;
solo me queda brindar,
desearte un futuro lleno de alegría
pero no te olvides jamás en tu vida
que aunque ahora seas feliz en tu nueva casa
aquí siempre tendrás el rinconcito
de tu comparsa

Aquí dejo la música que me sirvió de cimiento para la letra: pasodoble de la comparsa de Tino Tovar "Las estaciones"



lunes, 28 de julio de 2008

Viaje de vuelta


Ignoro si la ciencia tendrá la respuesta a esta absurda pregunta que me invade, cuando el hastío me sorprende y me deja enmarañado en la tela de la estupidez y el vacío: ¿por qué esa insensata costumbre de los insectos de dar vueltas alrededor de una luz? Dice Antonio Muñoz Molina que para escribir en prosa hay que mirar a la luz del día y con los ojos muy abiertos. Quizá tenga una gran parte de razón pero, para estar escribiendo esto, solo me ha bastado la noche y mirar a una pequeña palomita como caía al suelo después de quemarse con el foco al que daba alocadas vueltas, caer al suelo y, como si la quemadura y el golpe no le afectasen, volver al campo de sus juegos e idioteces, remontando el vuelo hacia la luz.

Nunca un padre le hablará mal a su hijo. Al mío lo oigo dándome consejos sobre amigos, mujeres y responsabilidades, o preguntando alguna duda que solo unos estudios pueden resolver, le veo sentado frente a mi en las eternas sobremesas de mi adolescencia, vestido de blanco, salpicado de colores, con sus perpetuas canas en las sienes y ese bigote que a veces pinta de risa y otras de seriedad, discutiendo sobre alguna noticia del telediario, con tanta efusión que parecía que nuestras voluntades serían las que iban a arreglar el mundo, o metiéndose con su mujer, mi madre, sobre alguna de esas palabras tan extrañas que con frecuencia suele decir; lo recuerdo ahora, con mis lejanos ojos de jovenzuelo alocado, mirándome fijamente y exorcizando esa espinita que tenía en su corazón, la de no disfrutar conmigo de todas sus aficiones y amores. Aquellas veces que me invitaba a ir de caza y prefería quedarme leyendo un libro, o el caballo que compró para que lo montara y solo he acariciado, o esos cien olivos de los cuales ignoro hasta la tierra en la que enraizaron; las infinitas ocasiones en que silenció una ayuda para no molestar mis estudios, mi deporte, mis devaneos.

Como todas las noches de estos fines de semana laborales, he abandonado este tecnológico habitáculo en el que me encuentro para saborear el aire fresco de la madrugada; pero la brisa no estaba preñada de esa soledad que me hace sentir un rey sobre la tierra; hoy la brisa me ha sumido en la realidad del tiempo y el espacio, y aunque el silencio dijera lo contrario, he oído las millones de voces que habitan esta molécula que habitamos. He sido participe del paso del tiempo, este que hace rato solo cuento por días y noches, oyendo a mi padre decir las mismas cosas que cuando yo fui adolescente: hoy no las he tomado con la ligereza de la juventud y he sentido la amargura y la tristeza de no haber compartido esos momentos con él: quizá esa misma amargura y tristeza que él siente cuando aún me cuenta sus sueños y yo, ahora, siento acariciarme entre los dedos aquel tiempo que desperdicié lejos de él. Anhelo algo que no tuve: la experiencia de vivir lo que a mi padre le gusta y que mis devociones truncaron en el pasado.

Ignoro si la ciencia tendrá la respuesta a los absurdos vuelos de la palomita de esta noche, del por qué volver a la luz si quema y cansa y mata. Antonio Muñoz Molina lleva razón, porque los sueños no llegan a recordarse y cuando los vas a describir se olvidan: porque a la luz de un día artificial he abierto mucho los ojos y he podido describir el vuelo de este ingrato insecto que cuando había caído al suelo, deleitándose con la brisa de la madrugada y el afable alimento de imaginarse con su padre en un pasado, ha alzado nuevamente el vuelo, en un viaje de vuelta, camino de este foco del ordenador y esta luz de la literatura que a veces quema, que a veces cansa pero nunca llega a matar.

viernes, 25 de julio de 2008

Músicas arrebatadas


Unos soportales, tan parecidos a los de cualquier lugar de esta ciudad, cobijaban la guitarra y el violín que ponían música a una transitada calle de Santiago de Compostela, tan parecida a cualquier otra de esta ciudad. Aquellas notas musicales surcaban el aire de un verano tan distinto a este que ahora me agobia: un verano que parecía primavera u otoño, y merecieron la generosa propina que de mi bolsillo salió, quizá porque me encontraba en un mundo tan de leyenda que hasta me creí noble. Me traje la melodía en la maleta de los recuerdos.

Pero hay lugares, tan llenos de vida, que no necesitan de las cuerdas de un violín o de una guitarra; lugares tan llenos de vida en los que uno puede escuchar deliciosas músicas, percibiéndolas con los sentidos ciegos a ellas. Es así cuando escuchas la cadencia con la que el Sella acaricia tus pies, sentado en una de sus orillas, a su paso por Cangas de Onís, mientras rompes esa delicadeza con las ondas que vas dejando en el agua con las piedras que deseas sean piraguas en descenso; la sinfonía sin hombre que la dirija que la naturaleza regala a estos sentidos en la virginidad del mundo allá por Covadonga. Y los sentidos del alma, los que trascienden a lo tangible, los que descienden de la magnitud social del hombre inteligente, los históricos, los que nos hacen eternos, esos que se crean a través de la consciencia de ser una mota de polvo que se posará en un suelo donde el viento no corre, dejando paso a los que nos van empujando desde arriba; nos dejan paralizados al entregarnos la estética música de un paseo por Santillana del Mar, mientras narras a tu compañera la historia y los siglos de las calles que os sostienen y tocas la fría piedra de edificios con más vida que uno mismo. Esas músicas las olvidas en el mismo momento que dejas Santander y las frías aguas del Atlántico, alejándote de allí durante mucho tiempo, años tal vez en los que volverás pero no podrás identificarlas; quizá para siempre. Las notas de una gastronomía extraña que se apoderan de tu ser en la medieval Potes, sentado en algún mesón al abrigo del río.

Ahora escucho música de capilla, esa que José Carlos me regaló para mis días y noches de escritura, evadiéndome del soporífero ambiente de este cuarto donde escribo, en busca del inalcanzable tesoro musical de la Plaza del Obradoiro, donde entré dejando atrás aquellos soportales empañados de notas musicales de aquella calle tan parecida a cualquiera de esta ciudad, cuando sentí morriña – esa que dicen solo sienten los gallegos – por un paseo por la Plaza Vázquez de Molina, por esas canciones tan mías sonando al ritmo de mis pasos. Ahora ha mutado esta morriña con la única diferencia de saber que en Santiago de Compostela fui feliz porque estaba en la certeza de que volvería a bailar entre el Salvador y Santa María, y ahora me doy cuenta de que una parte de mi corazón se quedó dormitando en algún rincón de aquella plaza, mecido por la dulces notas que llegaban de aquellos soportales, de aquella calle tan parecida a cualquiera de esta ciudad que fluía en aquella plaza, y quizá no vuelva nunca a recogerlo. O cuando vuelva no pueda reconocerlo. Como aquella música con la que dos jóvenes desaliñados me describieron Santiago de Compostela en aquel verano en el que fui muy feliz.

Cuando el calor te postra ante el altar de la ansiedad, sumiéndote en esta senda del cansancio que nunca llega al bosque del sueño, solo nos queda bajar los párpados y sumergirnos en un onírico arrebato que nos arrastre a tiempos mejores, donde cualquier brisa sea mejor que esta letanía del desierto.

martes, 15 de julio de 2008

Calle del olvido sin número


He dejado olvidado el reloj de mis pasos sobre las calles iluminadas de la ciudad, y la noche me ha despojado del exacto tictac del tiempo, avocándome a una luna helada de minutos interminables. El eterno descanso que está consumiéndome me arropa junto con estos cartones mojados y la andrajosa manta, vecina de mis sueños; y aún tengo clavada la atenta mirada de ese joven que me ha contado un hermoso cuento; ahora lo veo desaparecer al doblar la esquina. Ha sido agradable verlo conversar, desde la cabina telefónica que da luz a mi morada, con la que me imagino sería su madre, contándole las trivialidades de un inquisidor frío invernal o sus andanzas de universitario aplicado en una ciudad tan lejana a su pueblo, de sus comidas y sus compañeros de piso, sus preguntas ávidas de nuevas sobre su familia y amigos, incluso esa íntima confesión sobre una chica que acababa de conocer y había empezado a gustarle; en fin, cosas baladíes que me han transportado ante la lejana mirada de mi madre cuando nos contábamos nuestras nimiedades: esas que estaban llenas de reproches, de cuándo vas a estudiar, céntrate, ten cuidado con esos amiguitos tuyos; la rutina de sus lágrimas cuando regresó de aquel colegio que limpiaba y me vio borracho, zanganeando sobre el sillón de mi padre, y observó aquellos polvos blancos sobre la mesa del comedor. Me he hecho una especie de hombre lejos de ella, de mi madre; ya no recuerdo la última vez que la besé, con aquel beso en la frente que tanto le gustaba, porque me fui sin despedirme al no aguantar la joven vejez que le estaba ofreciendo.

Me hubiera gustado preguntarle la edad a esa sombra que ha abandonado la calle, pedirle una moneda y telefonear a una familia que no me habrá olvidado, para decir las mismas palabras que he oído momentos antes de que él colgase el auricular: te quiero mamá, dale un beso a papá y otro a la hermana. Os hecho mucho de menos; ya queda poco para volver a veros.

Daría todo lo que no tengo por el calor de un hogar con ventanas a las que asomarme, y ver el tren de la vida, los días y las noches. Ventanas como esta que hay frente a mí y que un hombre acaba de opacar tras darle un abrazo a un niño. Pero es tan difícil ya dejar esta vida a la que me he anclado, tanto que no alcanzaré la dicha de contar cuentos, sentado sobre una cama, viendo como se van cerrando los ojos de la inocencia al arrullo de una voz que la protegerá el resto de sus días. Es triste esta existencia en la que nunca me ha atraído la idea de ser padre; hasta esta noche que este eterno descanso me está abriendo las puertas del delirio. Quizá por esta añoranza de lo ficticio sea este sentimiento de culpa hacia el sufrimiento de los que me vieron nacer. Si no puedo luchar por mí, ¿por quién puedo sacrificar esta vida mía?

Si no he conocido el amor, o cuando niño lo tuve no supe ponerle un nombre, como voy a desear un hogar. Si no he saboreado el tacto de una mano o el calor de una caricia en un amanecer cualquiera de verano o un atardecer cualquiera de otoño; si no he paseado por las calles de la ciudad como esa pareja que acaba de aliviar al verme aquí postrado, cómo voy a desear un hogar. He enloquecido por el beso intenso y fugaz de la droga, borrando mi eternidad en el útero sombrío e inerte de alguna Magdalena con mi mismo apellido; esas que me han regalado esta enfermedad que se ha pintado de cansancio. Si al menos hubiera tenido amor, habría sabido lo que es ser un hombre.

Pero ya es tarde para arrepentirse: la noche aún es corta y llevo viendo a la luna más de lo que la noche tiene de tiempo, y es que mi vida ya se ha tornado noche. Ahora daré tregua a estos naufragios que me acechan, sabiendo que tarde o temprano, quizá mañana, partiré de esta isla con el barco que esta vida ha construido para mí. Y es que no temo a la muerte puesto que no habrá padres que lloren la pena de ver morir a un hijo, ni me ahogará la impotencia de no contar más cuentos a un hijo que no he tenido, ni se me inundarán estos ojos de lágrimas al despedirme de la mujer que nunca he amado. Soy un deshecho que se ha ido escapando de estas cadenas sin darse cuenta. No tengo miedo a la muerte porque no voy a perder nada. Parece mentira que haya sido tan egoísta.

Buenas noches, mundo. Borra mis sueños al despertar.

martes, 8 de julio de 2008

Memoria de verano


No se hasta que edad vivirán en la buhardilla de mis arraigos estos recuerdos que han despertado por la proximidad de un inminente viaje al lugar de mis veranos de infante, quizá no tengan la suficiente consistencia y algún día desaparezcan o mi memoria se verá tan ajada que los cubrirá con el velo de la enfermedad y ya no podré alimentarme de aquellos mágicos momentos de los veranos de antaño, cuando niño. Y es que somos lo que hemos vivido y, aunque nos moldean las invisibles manos de nuestra alfarera ciudad, siempre tendremos algún rinconcito en este mundo en el que nos hemos deformado al calor de un verano y al abrigo de miles de historias de Julio o de Agosto.

Desde los seis años, mi primera vez, hasta que la adolescencia, sus primeros amores y este desarmado enraizar por mi tierra, estuve viajando cada doce meses a través de la N-322 (como se nota mi nuevo trabajo) hasta los vergeles del levante español, más concretamente hasta un pueblecito del interior valenciano llamado Algemesí, a donde mis abuelos emigraron en busca de un mejor trabajo y al volver lo hicieron con dos hijas menos que decidieron dejar su tierra por el amor de unos adolescentes valencianos. Allí, en este pueblecito de siestas silenciosas y alpargatas para las acequias, fue donde dejé de usar el flotador en mis segundos baños rodeados de las turbias aguas de esas acequias de regadío que tanto abundan por esas tierras, con la ayuda de unos primos que hasta aquellos entonces no supe que existían y que fueron los culpables de que no haya sabido lo que es un verano en La Barrosa junto al Viejo. Esos veranos, ajenos al trasiego de playas y piscinas, en los que aprendí a ganarme la vida en sus tardes de calor y humedad, entre los naranjos que tanto me recordaban al olivo, recogiendo “taronchetas” que son las naranjas pequeñas que se caen de los árboles y que usan para la fabricación de colonias, esas que se pagaban a cien pelas el kilo y que nos sustentaban los helados de las tardes o las noches en los recreativos. Allí me hice un Tom Sawyer cabalgando sobre las aguas del río Magro en busca y captura de cangrejos de río que luego vendíamos a nuestros padres, y aprendí a pescar, algo que no llevo haciendo muchos años, saboreando las mieles de la paciencia y la tranquilidad o haciéndome mayor en las noches de redada, en el mismo río, con los mayores, a la luz de las linternas, cuando echábamos las redes que a las horas sacábamos llenas de anguilas, cangrejos y otros habitantes de río. Eran veranos en los que no necesitábamos el tan codiciado dinero solamente para jugar algunas partidas al bingo en aquella casa junto al río porque la vega nos ofrecía un melocotón a media tarde, o algún níspero a media mañana o aquel pomelo que me ofrecieron y que me hizo vomitar al comérmelo caliente. Qué sería del verano sin las bicicletas, o mejor dicho, sin aquella bicicleta que nos servía de medio transporte a mi primo y a un servidor. Aquella que nos trasladaba del pueblo al río, del río al chalet, o en la que hacíamos decenas de kilómetros simulando a nuestro Indurain de aquellas tardes; los dos, ambos, uno pedaleando y otro sentado en el barrote que forrábamos con trozos de colchón para hacer más llevaderos los viajes.

En aquellos veranos, en aquel pueblecito que pisaré dentro de pocas horas, supe lo que es pasar la vida sin un reloj al que mirar, o un libro que leer porque fui dueño de mis propias historias, esas que cualquier Mark Twain pudo escribir si nos hubiera observado. No fueron típicos, de pelota, de sombrilla, de playa, de protección solar, sino más bien de nocturnas duermevelas envuelto en el nerviosismo de un mañana llena de aventuras con nuevos paisajes que iban llenando los capítulos de esa leyenda que se ha hecho en mi memoria. Ahora, con la consciencia bajo el brazo, viajaré más allá del pasado y ya no saborearé la experiencia pasada porque muchas cosas habrán cambiado. Ahora, mañana o pasado me sumiré en un minuto de silencio, brindando con la soledad por aquel calor que me deformó y me moldeó, en cierta medida, como ahora soy. Ya no viviré aquellas aventuras pues me queda lo peor: resurgir de mi memoria y ser consciente de que aquellos veranos no volverán.

lunes, 7 de julio de 2008

Baratijas renacentistas


Ahora no voy a descubrir la penicilina con el tema que me ocupa: ametrallado por los dimes y diretes del burgo mercantil de la crítica fácil y la falacia inquisitoria; pero hay algunos flecos que me gustaría remendar para hacerme un parasol para estos meses que nos agobian. Les hablo de nuestra imberbe fiesta del Renacimiento, no se si en su quinta o en su cuarta edición, que este año solo he podido saborear, por temas laborales, en la aciaga noche del jueves, que no santo, de esta semana pasada.

¿Renacimiento? Sí, lo oí entre el magno murmullo de un tropel de ubetenses hacinados entre cuatro o cinco tabernas cofrade-renacentistas; era algo así como imaginarse renacer los árboles que nos rodeaban o el pululo en un hormiguero cercano. Ese fue el Renacimiento que encontré en la noche del jueves suponiendo que las casas de la Redonda y la Baja del Salvador no pertenezcan a este periodo de esplendor arquitectónico en la que Úbeda fue engalanada. Pero consiguieron trasladarme a aquellos tiempos cuando me adentré en el mercado de la feria y a cada rato miraba hacia atrás queriendo encontrar a algún ladronzuelo del extrarradio o a algún leproso o pestoso que se me acercara y me rozara, algo no muy disparatado si contamos los metros que desde puesto a puesto nos dejaron para deambular. ¿Comprar? ¿Pude mirar el género que me ofrecían? Además, estamos en tiempos de crisis.

Pero hablemos para finalizar de la crisis y de las viandas que allí se “ofrecían”. Me pongo en la piel del pueblo llano de la Úbeda renacentista, seguramente con una economía comparada a la del pueblo llano de la Úbeda de ahora, y los esfuerzos que tenían que realizar para comer en su día a día. Este no es nuestro caso porque aún no hemos llegado a tal extremo pero en la noche del jueves me sentí engañado y, en cierta medida, defraudado ante la pillería de este gremio de las cofradías al que pertenezco. Si todos, o por lo menos los que intentamos no ser tontos, sabemos lo que nos puede valer un kilogramo de carne de pincho porque no protestamos ante un pincho que en sí lleva unos beneficios del doscientos o el trescientos por cien, o una ristra de chorizo que puede tener en el mercado el precio, por lo alto, de cinco euros y se vende una pieza de esa hilera a dos y medio… dónde está la Caridad, sí, la caridad con nosotros mismos, que en estos tiempos de crisis también la necesitamos. Como los ciegos de aquella esplendorosa época me comporté aquel jueves, pero sin limosna que pedir y si impuestos que pagar. En fin, unos precios abusivos de los que me duele, sobremanera, de los estamentos que los pusieron.

Al Cesar lo que es del Cesar y así lo hicimos, y aunque no quisiera desahogar a las cofradías (quizá estoy generalizando porque solo estuve en una de estas tabernas-cofrades) de la parte de culpa que han tenido, no me olvido del principal causante de estas aberraciones contra nuestro bolsillo: el excelentísimo ayuntamiento de Úbeda con sus desproporcionados impuestos renacentistas. A mi me gustaría una fiesta de las que aquí se disfrutan pero sin el trabajo que realizan estas cofradías. ¿Cuándo llegará el futuro en el que se nos faciliten (a las cofradías) la labor que por las fiestas (feria, renacimiento, tapa, cruces, etc) realizan? Y a las cofradías: ¿vamos a pensar un poco en el amor al prójimo que predicó aquel “loco” y hagamos que la gente pase un rato agradable? Para que eso ocurra debemos mirar también a nuestro bolsillo.

En fin, para el año que viene pienso vestirme de judío y pondré un puesto de usura donde ayudaré a aquellos que el renacimiento les perjudica gravemente la salud. Eso siempre que me ayuden a mí antes.

martes, 1 de julio de 2008

Velas por Santa María




El 1983 se cerraba la Iglesia de Santa María de los Reales Alcázares, Monumento Nacional, con el fin de llevar a cabo en ella unas necesarias obras de restauración y consolidación. Tras 25 años, aún no han concluido dichas obras y aún pasarán algún tiempo más sin que los ubetenses podamos disfrutar de nuestra iglesia mayor, situada en la renacentista Plaza Vázquez de Molina, Patrimonio de la Humanidad. La historia de la antigua Colegiata de Santa María es extensa, y durante muchos años se han sucedido distintas fases constructivas que han ido modificando su aspecto original, superponiéndose en armonía y respetando su propia historia. Sin embargo, la intervención llevada a cabo en primer lugar por Isicio Ruiz Albusac supuso incrementar la ruina del templo al derribar sus bóvedas, sin tener en cuenta la conservación de los bienes muebles que el templo albergaba (retablos, rejas, lápidas…). La posterior intervención llevada a cabo por Enrique Venegas Medina supuso la salvación estructural del templo, pero desvirtuó por completo su imagen interior, al cubrirlo con unas inventadas techumbres de madera, picar sus paredes, disposición de solerías de catálogo, entre otras reformas.Con esta larga intervención “restauradora” no sólo se ha alterado la imagen histórica del templo y el recuerdo de muchos ubetenses, sino que se ha arrebatado a toda una generación de jóvenes ubetenses de poder disfrutar de su iglesia mayor como así lo hicieron las generaciones anteriores.Por todo este motivo, un grupo de ubetenses nos hemos reunido por luchar por nuestro Patrimonio Histórico-Artístico. Con este sencillo acto, en el que cada uno ha encendido 25 velas -tantas como años lleva cerrada Santa María-, pretendemos servir de aldabonazo a la conciencia dormida del pueblo de Úbeda. Y lo hacemos para protestar principalmente por tres cosas:

- La mala gestión de las distintas administraciones del Estado, que a pesar de las distintas promesas electorales, han permitido que pasen 25 años, y aún no se haya abierto el Monumento.

- La nefasta intervención llevada a cabo en la iglesia durante sus cinco fases, que ha hecho desaparecer siglos de historia y arte sin tener en consideración la propia esencia del templo.

- La desidia y apatía del pueblo ubetense, que ha permitido que todo esto suceda sin apenas reclamar lo que la Historia le ha heredado, y que continúa sin hacerlo ante casos concretos como la puesta en valor de nuestro Patrimonio.

Con todo, solicitamos:

- la aceleración de las obras para que cuanto antes podamos volver a tener la iglesia abierta.
- la recuperación, en la medida de lo posible, de su aspecto original: paredes encaladas, suelos de piedra, eliminación de elementos de vanguardia, etc.
- se agilicen los trámites para dotar de uso a otros templos de la ciudad, como Santo Domingo y San Lorenzo.


Sábado 5 de Julio, a las 21 horas frente a la Puerta de la Consolada, a poder ser con 25 velas.



jueves, 19 de junio de 2008

A los que entiendan esto...



Nadie nos quitará ese Seis a las seis o los cigarros en el patio de Santa Teresa mientras llegan los nazarenos, porque en nuestro corazón pesan las noches de bohemia e ingravidez de los ensayos, o las tardes e incluso las mañanas. Quién nos puede tachar de mercenarios, de inmigrantes o denigrantes, de mascotas sevillanas o saltimbanquis con faja y costal, quién se puede atrever a decirnos esto: alguien que no ha vivido con un costal sobre el entendimiento, con una faja haciendo desvariar al corazón y el roce con nuestra Úbeda que nos devuelve el aliento que el vacío nos regala. Señores, ser costalero es otro mundo como el mundo es otro cuando somos los dueños del mundo.

Los que entiendan esto serán los únicos que han traspasado las puertas de esa Santa María que tanto me duele, en las vísperas de la noche del Lunes Santo, encadenados a un futuro de paseos tontos e inútiles en los que vagar de la mano de nuestra vida y nuestras preocupaciones, nuestros amores o nuestras dudas, nuestras riñas y nuestros amores, enardecidos por alguna mirada rabiosa o dubitativa o por un cigarro ofrecido a destiempo; que decir de ese patio, paraíso pasajero, anclado en un barrio habitado por una madrugada sin cielo, donde las estrellas bajan a la tierra para darnos luz que disipe el miedo, y oír unas Plumas por Sevilla como nadie las ha oído jamás, despertando nuestras inquietudes, nuestros celos, nuestros sueños; despertando esas tardes de bohemia e ingravidez de los ensayos en los que el cansancio acrecienta nuestros temores sobre un futuro que deseamos que sea pronto.

Los que entiendan esto serán los únicos que han recorrido el claustro de esa Santa María que tanto nos duele, con la guía de ese capataz que es nuestros ojos; recorriéndolo con el engaño de la primera levantá, esa que se hace sin la seguridad de la bohemia y la ingravidez de los ensayos, con la alarma en nuestra columna, pesando cada gramo que pensamos que llevamos de más hasta que se revira y se hace una media altura y viajas a otro mundo, a otra galaxia, a otros sentimientos; que decir del racheo sobre el frío mármol de una parroquia barriera que a cada metro que nos acerca a la puerta se va haciendo más rítmico, más apurado, más sin la bohemia y la ingravidez de los ensayos, más distinto y más ansiado, porque sabes que cuando vuelvas a esas cadencias de los ensayos habrás traspasado las puertas de una larga espera que solo la lluvia puede volver a renacer.

Los que entiendan esto acariciarán sus zapatillas con la tersa piel de la plaza Vázquez de Molina, recreándose a un tiempo para “aaaaalargar” cuando la marcha lo tercie, o Alfonso lo mande o un servidor se inspire, y se revirará una y mil veces, algunas con tiento y otras con prisas; y con el tiempo nos haremos Cava y callejones traicioneros donde hincaremos los dientes para no dar el descabello al compañero que es tu bastón, tu guía o tu puntal; y caeremos despacito hacia una Puerta Graná que se viste de silencio y que carece de la bohemia y la ingravidez de los ensayos, y sudaremos, los que entendamos esto, el Arroyo de Santa María, donde ya no hay marcha que nos acompañe mejor que nuestra propia respiración: revirá con un Nazareno y un Gitano y a las puertas del cielo; que decir de la algarabía de un barrio que nos acompaña en unas calles hechas a nuestra imagen y semejanza hasta que salimos del barrio que horas más tarde nos verá resucitar tras el largo paso por la senda de Minas y Don Juan, por el augurio de una plaza que será Semana Santa en Viernes Santo y unas horas más tarde, por el miedo que nos trae el Real ante lo que se nos avecina, por las eternas medias alturas; pero ya se hará Rastro y seremos, no una procesión, sino una tribu que vuelve a su poblado, dándole coba al silencio de esas horas y andando con sentimiento como solo a esas horas se puede hacer: no con sabiduría… con sentimiento; y el barrio, ay el barrio, que no sabe de puntos y de comas, que se corre de seguido, sin aspavientos pero con ese sentimiento del que he hablado antes; y ya no es el cielo el que nos espera sino esa apatía que el desfallecimiento hace florecer, que se envolverá de gozo enmudecido cuando oigas de nuevo el metálico de tus pasos que te llevan al frío mármol del que ahora no quisiste tan pronto salir.

Los que entiendan esto, ambos, los del frío mármol o los del empedrado de un claustro, serán participes de algo que nunca se podrá explicar y que va más allá de absurdas tribulaciones ante el irrisorio comentario de que con nosotros la Semana Santa de Úbeda ya no es lo que era.

Quién quiera saber lo que es tocar el cielo tiene que tocar el suelo tan de cerca como los que entiendan esto.

No sabré hacer penitencia el día que no vista de faja y costal porque he sido uno de los han entendido esto.

A mis hermanos costaleros, los que han sido, de Nuestra Señora de Gracia y Nuestro Señor en Su Sentencia. No me cansaré de intentar explicar lo que es esto.

miércoles, 18 de junio de 2008

El viento de Mágina


Terminaba la EGB en mi apreciado Juan Pasquau, aún inmerso en los libros de aventuras de héroes, tan lejanos ya, como Tom Sawyer o aquella Silvia y su máquina Qué, mientras empezaba a fascinarme por los recursos literarios que me atropellaban en los versos de Garcilaso de la Vega, o en el romance del Cid, en el Conde Lucanor de Don Juan Manuel o intentando desenmarañar la delicada obra de García Lorca, cuando don Alfonso, mi profesor de Lengua, nos contó la historia de un estudiante de Safa y la convicción de uno de sus maestros de que ese chico llegaría muy lejos; a la Luna, pensé. Don Alfonso me descubrió, cosa que habría hecho mi curiosidad de no haber sido así, al que, con el paso de los años, ha sido el amigo fiel de mis estanterías, de mis noches y de mis sueños.

Mis historias sobre las historias que él me contaba dejaban con una sonrisa en su cara a mi madre, que descubría en ellas el apego por su infancia y las canciones que su madre le cantaba de pequeña, ay mama mía, quién será… cállate hija mía que ya se irá, y el anhelo de escribir sin faltas de ortografía hizo emocionarse cuando a la luz de un Plenilunio consiguió su graduado escolar a su cuarenta y cinco años, y entonces fue ella la que me contaba la historias que él le narraba. Ya no hubo libro que no comprara para ella, con la excusa de haberlo adquirido porque el autor era el preferido de su hijo.

Y es que he crecido caminando por las calles de sus novelas, sí, caminado, porque cualquier habitáculo en el que siempre ocurre su lectura se transforma en una ciudad en la que transitar por sus caminos es la mejor forma de perderse y la excelsa prosa se eleva sobre tu ser como los enormes rascacielos que ahora puede que él esté viendo; he crecido porque en cada época de mi vida siempre ha estado impregnada por la esencia de uno de sus libros: las noches de adolescente, escondido tras las sábanas de mi cama, mientras mi abuelo dormía a mi lado, surcando los tejados de la Plaza de San Pedro en un Beatus Ille que derrumbó el muro de Berlín que nos separaba, ese muro de la infancia que va sucumbiendo a nuevas curiosidades y nuevos retos y que a cada piedra que deja caer va abriendo nuevos horizontes, y en uno de ellos lo encontré; los veranos de hastío y sudor en las siestas me transportaron al misterio de Madrid en busca de un nazareno de Viernes Santo de una Mágina de incienso y adoquín, de silencio y de alboroto; el invierno frío y seco se humedeció acompañado de una copa en algún local de la extraña Lisboa y descubrí lo que es la novela negra, tintada por una eminente prosa, en las páginas de Beltenebros; en la singladura, no la de Lorencito Quesada, que me llevó desde Mágina a Sevilla encontré a un Jinete Polaco que me suavizó la nostalgia por el pueblo que me vio nacer y supe lo que era el servicio militar, que no hice, por un Ardor Guerrero que nunca tuve. Carlota Fainberg, El dueño del secreto… Sefarad y Ventanas de Manhattan.

Desde la Puerta de la Consolada, de esa Santa María que tanto me duele, he oteado los balcones que hay enfrente en busca de una monja que espera a la noche que le traiga a ese dios de carne y hueso para sentirse mujer o paseando por la Puerta de Granada me he asomado a sus vergeles adivinando el camino que llevaba a la huerta de su padre, aquel que mi madre me presentó en una mañana de Mercado de Abastos, pintándola de pasado con muertos en sus cunetas con las cuencas de los ojos vacías, y me he visto en la plaza del General Orduña inmerso entre el gentío de su Mágina republicana o en el silencio de San Lorenzo a la sombra de la espadaña viendo a su barrio treinta años antes. Cuántas veces he mirado el espejo de Sierra Mágina donde se refleja Úbeda esperando a algún anciano venir desde donde gritan los juancaballos, con una burra vencida por el barro y el peso de la aceituna. Aún recuerdo mis paseos por la bohemia Granada del estudiante sin tiempo, paseando por donde él paseaba y mirando las mismas cosas que a él le inspiraban. Y ahora, desde hace unos días no dejo de mirar hacia la Luna porque quizá sea el único lazo tangible, no del mundo irreal de nuestra mente y nuestra memoria, que nos une, la única Mágina que miramos a destiempo.

No será una llamada a deshoras, en un lejano piso de New York, la que despierte mis recuerdos porque de tus recuerdos está llena mi realidad. Serán tus recuerdos, tus páginas y tu prosa, amigo Antonio, las que me lleven a ese lejano piso de New York donde te encuentras ahora para charlar de esta Úbeda que llevamos dentro.

jueves, 12 de junio de 2008

¡Dejémonos de sermones!


Hoy estoy enfadado, con o sin razón pero me hallo en este estado “cabreril” que hasta he empezado a soñar con la comparsa. Y la razón… esa Santa María que tanto me duele y la jodida pereza, vergüenza u olvido de un jodido pueblo adormilado en el sofá de la familia, de las vacaciones, del estío o de la jodida vergüenza.

Me encuentro que en Cruz de Guía, famoso portal cofrade ubetense (“cofrade”: por esto si nos damos golpecitos en el pecho) se ha abierto un hilo (el enésimo ya) que hila las posibles maneras de protestar de nuevo por la olvidada Santa María, por esos veinticinco años que va a cumplir en soledad, y me enfado cuando todos proponen (incluso me incluyo en esto) miles de maneras para realizar esta anhelada protesta. Pero siempre surge el pasotismo, o mejor dicho, el hablar por hablar: el dar una opinión y con eso quedarse tan pancho, como dando ha entender que ya ha luchado todo lo que tenía que luchar. Ahora que me lo pongan todo en bandeja y si ese día no tengo nada mejor que hacer (echarme una caña con los amigos, la visita de unos amigos, un partido de fútbol con los amigos, o un simple paseo con el coche por Santa María para ver los cuatro tontos que han bajado a protestar por ella) me pasaré por allí para hacer acto de presencia. Y estoy enfadado por eso, porque no somos un pueblo que luche por lo suyo, porque nos hemos arrellanado en la fanfarronería del Patrimonio de la Humanidad cuando Humanidad significa ser humano, y ser humano significa ser ciudadano, y ser ciudadano representa la lucha por el Patrimonio de esa ciudad y por los problemas que la atañen. Estoy triste, y enfadado, porque aquí solo se protesta cuando nuestros gobernantes lo proponen.

Estoy enfadado porque además se buscan fechas que no tienen nada que ver con la historia de Santa María (no del nombramiento de Úbeda como Patrimonio de la Humanidad) y se le intentan buscar los tres pies al gato cuando es mucho más “romántico” (como lo somos aquí en Úbeda) y más “metafórico” (a veces llamado “malafollá”) encaramarse un 18 de Julio a la portada de esa Santa María que tanto me duele y recordar así los veinticinco años que cumplirá en el exilio de una Junta, de un Ayuntamiento y, por qué no decirlo, de un pueblo (el que solo ha organizado una “tamborilá” en su recuerdo). Voy a dar mi brazo a torcer (aunque el día 18 bajaré hasta allí para velar por su olvido) y me uniré a la fuerza que parece surgir, pero si esto no llega a buen fin, que será lo más probable, allí estaré, como un romántico, como un loco, como un incomprendido, como un bohemio amando a esa desconocida tan ajada y malherida. Dándole la luz que no ha visto en estos veinticinco años.

Y estoy enfadado porque ¿tan difícil es poner una fecha con su hora?

Viernes 18 de Julio a las 22:00h, frente a la Puerta de la Adoración.

jueves, 5 de junio de 2008

En la frontera


No es que el tiempo haya anclado en la frontera de la ciudad por el miedo al naufragio en el abismal mar de la noche, es que el tiempo no susurra en mis oídos prendado por el tintineo de las estrellas que relucen en la oscura inmensidad de la bóveda huérfana de Apolo; y, si no fuera por este nocivo teléfono móvil, diría que la noche dura lo que tarda en borrarla del cielo el amanecer del Este: una noche. Pero ha sido hermoso reencontrarme con ella: con aquella amante silenciosa de mi cuarto de Granada, o con la diosa que me acaricia mientras surge la tinta que dará a luz un pasodoble, o esa que se queda en silencio mientras no pienso en nada, al calor de la lumbre de un cigarro, dándole vueltas a todo; me he reencontrado con ella sin la molesta compañía de la ciudad, en su estado natural.

“La noche es para dormir, no para leer ni escribir”, me dice mi mujer cuando mi frío cuerpo desvela sus cálidos sueños; “es que como no has tenido tiempo todo el día”. Pero el día es para “vivir”, para ocupar las horas sin la noche con tareas sociales que no drogan mi espíritu, con rutinas impuestas por el devenir de las generaciones: el día no es que me aburra sino que carece del tedio jocoso que las noches me regalan.

Y estas hermosas noches que han vuelto a mi vida me dan el beneplácito de quedarme atontado, de brazos cruzados, sin nada que poder hacer, escuchando el mar arbóreo movido por la brisa fresca de la madrugada, dándole vueltas a esta novela de mis sueños en la que sigo inmerso, buscando oxígeno para salir a flote. Es un gozo esta paz que me hace temblar de emoción, recreándome en la felicidad de un hogar nuevo junto a la mujer que amo, o en la inminente boda de un amigo de los de siempre, o en una escultura en San Pedro y los amigos que representa, o en el amor que mis padres han ido gastando en estos veintiocho años de mi existencia, o en mis abuelos apurando los años al calor del cariño de una familia. Y leyendo o escribiendo, como hago ahora, o dejando en libertad mi ser paso las horas en las que acompaño a esta solitaria cerrazón que me rodea, hasta que el piar de los mañaneros gorriones me transporta a esa mañana, junto a Ibáñez y Alameda, en la playa de Suances viendo como el mar se iba vistiendo de luz; o a los domingos de resaca paseando hasta mi casa tras una noche de zambra; o al despertar morado de cada Viernes Santo; a esos momentos de mi cuarto de Granada en los que el cansancio me vencía cuando esos gorriones mañaneros pregonaban el despertar de un nuevo día.

Amaneceres que son eternos con su cíclico andar, llenos de belleza robada de Oriente y que ahora veo como van pintando de sombras el suelo que, hasta hace un instante, había sido vedado a mis ojos. Aquí, en la frontera, imagino las plazas de la ciudad que van vistiendo sus cielos con los primeros vuelos de las palomas, y oigo en la lejanía los despertadores que exorcizan con la realidad al fantasma aletargado de los sueños. Amaneceres que empujan a la noche hacia otras ciudades y otras vidas, y abren esta frontera que me ha mantenido en el exilio de la noche. Ahora, cuando todos empiezan a “vivir”, dormiré a las claritas de la mañana, ajeno al trasiego que trae consigo el febo, y soñaré con los cuentos que la noche me susurró hasta el amanecer.