miércoles, 26 de junio de 2019

Abierta por vísperas


Tengo una caja redonda. No predomina ningún color en ella, está estampada con imágenes de ángeles mofletudos que miran con cara de atribulado aburrimiento. Querubines que alivian su gesto cada vez que abro la caja en busca de algún tesoro escondido en ella. No son joyas, tampoco oro, mucho menos recuerdos. No soy propenso a coleccionar objetos que hayan sido importantes, durante alguna época, en mi vida, o quizá sea lo contario y el poco mimo que pongo en guardar cosas me haga estar equivocado. En ella guardo mis costales, el cinturón de velcro que disimula el ajado aspecto de la vieja faja que también descansa en el abismo oscuro de su fondo, los dos pañuelos verdes, el de quita y el de pon, el nuevo y el viejo, que limpian el sudor en cada mañana de primero de mayo; una vieja faja blanca que ha quedado sin uso: no me gusta el blanco, el blanco no aferra; antes también descansaban allí las medallas de mis cofradías, aunque las proscribí porque inquietaban a los querubes y, a cada instante, se creían en Cuaresma y se alegraban la jeta para luego enfadarse por la infructuosa interrupción del descanso; ahora las tengo colgadas de una cruz, la tres: la azul, la granate y las rojas, a la salida de casa, a mano, porque cada mes, por lo menos una de ellas, sale a pasearse en alguna misa mensual. Ayer acrecentaron, los ángeles, el tedioso gesto. Abrí la caja por última vez este año. Los costales, que han servido para ensayar y portar a Jesús Sacramentado en su día grande, estaban limpios, doblados y dispuestos a descansar hasta, por lo pronto, el ensayo solidario del próximo otoño. Se me aburren los ángeles. Me aburro yo con esta tensa calma de los veranos calurosos llenos de moscas inmisericordes y los quince días de asueto que no dan para templar la ansiedad por la llegada pronta de tiempos más civilizados y más civilizadores. Empero los ángeles se han pasado la noche en vela, oía el aleteo inquieto de sus preguntas: porque ayer no se cerró la caja. Empujaba y empujaba y la tapadera no encajaba y el viento se negaba a añejarse y el olor metafísico de la arpillera buscaba aliento, vida, latido, palabra. Se ha cerrado a medias; se ha abierto a medias. Y los angelotes tan dichosos.
Así la he dejado, sobre la librería preñada de libros mal encasillados y apuntes poco estudiados; en el cuarto de los juguetes donde Daniela se empeña en tener una cocina, un aula de clase, un rincón de lectura y un rinconcito para esconderse cuando el tiempo la crezca. Una rendija, a modo de sonrisa, se dibuja en la superficie curva de mi caja. Y como ríe, huele a incienso, suena a banda de cabecera, arrulla con raso de capirucho, sisea con un racheo de costalero, despierta a golpe de llamador, acalla los ruidos del hogar con el silencio del Silencio; y como ríe, como ríe mi caja, sé que se ha quedado abierta para agrandar las vísperas que me han regalado. 
Era cuestión de tiempo, dependía de que el día preciso despertara con el canto del gallo rojo. Ya se auguraba en las cristaleras donde se refleja el Este en el trecho de camino de casa al trabajo, en el piar mañanero de los vencejos que se cuela entre los auriculares y el oído, en el viento fresco acariciando la piel y pintando una lágrima sobre el ojo izquierdo, en las tardes de antes de ayer cuando aún era apacible leer sobre el valle del Guadalquivir al aroma de un café expreso, en el deambular sordo de la gente en la Plaza Vieja al compás de Sigur Ros y el traqueteo del tren de las 6.27; y otra vez el aroma del café. Era cuestión del tiempo verse imbuido por él de unas ganas inmensas de pensarte, de imaginarte, de escribirte. Era cuestión de tiempo. El tiempo llegó. Te quedas conmigo. En mi cajita abierta por vísperas, estampada con unos angelotes que, apoyando la mano bajo el mentón, me traspasan con el sueño inmerso en unas miradas que desembocan en un futuro no muy lejano, cuando a la luna de Parasceve le falten cuatro días para alumbrar.

lunes, 2 de abril de 2018

Vía Crucis Sentencia 2018



1ª Estación: Jesús es condenado
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¿Qué es la Verdad? Y Tú, mi Señor, rimaste ese verso escrito en los labios del procurador con el abismo contenido en el silencio. No quiso juzgarte; Poncio, como creyente de sus dioses, débil, temeroso e ignorante. Ante tu presencia no pudo nada más que embriagarse con la Realeza dicha desde tu mirada y saber que en Ti un infinito divino se había hecho carne. Por eso Pilatos mandó construir un altar donde resplandeciera tu carne y tu sangre, y colocó a tu lado la vileza y la fealdad humanas, para hacer de tu Humildad el sol más resplandeciente del Universo; por eso el romano se lavó las manos y borró de su conciencia la culpabilidad sobre la injusta condena que se vertía sobre un posible dios.
Fue tu pueblo, Señor, quien creyó separar el Reino que Dios les prometió entregarles, del Reino contenido en tu Palabra. Ellos, quizá cansados de falsos profetas. ¿Y nosotros?
A nosotros no nos cansan los profetas, a cada uno de nosotros nos embauca el profeta que convive en nuestro Yo. Si hoy te mostraras como entonces, si pudiéramos meter el dedo en tus yagas, si se llenara el aire con tu Palabra, si se interpusiera entre la Luz y la tierra la sombra de una nueva Cruz; hoy, mi Señor, ni siquiera gritaríamos: ¡crucifícale, crucifícale!, porque daríamos la espalda a la Verdad. La Verdad, entre este inmenso océano de verdades que es el mundo de nuestros días, es una patera a la deriva de la que ningún medio ha publicado nada.
Hoy no es Pilatos quien pregunta qué es la Verdad. Es el mismo Jesús quien se interpone entre su Palabra y la nuestra para preguntarnos: Quid est Veritas? Y yo solo puedo jugar con los versos de un poeta sevillano y contestar: ¿Qué es la Verdad? ¿Y Tú me lo preguntas? La Verdad… eres Tú.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

2ª Estación: Jesús carga con la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¡Ay, Señor! Este ser nostálgico y contemplativo que hoy se digna a reflexionar sobre tu Pasión, cierra los ojos y se imagina cómo sería la Cruz que postraron a tus pies, de qué madera estaría forjada, cómo sería el tacto en esa primera caricia, cómo sería el aroma que desprendía cuando te aferraste a ella y besándola diste gracias a tu Padre por la Redención del género humano. Volver atrás, ¿cuántas veces habremos anhelado manejar las manos del reloj para estar a tu lado y ayudarte a levantar el signo que identifica hoy a tu pueblo? Esa era tu Cruz, en la que expirarías mirando al Cielo, hablando siempre con tu Padre; la que se clavaría en la Tierra para sellar en ella tu Realidad; en la que quedarían clavadas tus manos, abiertas a todos nosotros, para entregarnos todo tu Amor en un abrazo Eterno.
No nos sintamos culpables. Jesús, con su Cruz, nos legó a todos nosotros un madero inmaterial, un regalo, una gracia, un don que debemos levantar día a día, como Él hizo por el perdón de nuestros pecados. Agarrémonos fuerte a nuestra Cruz, es nuestra vida. Tenemos el deber, como personas, de buscar en ella el continuo diálogo con Dios, una continua conversación con Él en nuestro interior: reflexionar, buscar, aprehender lo que Él en todo momento quiere de nosotros; tenemos el deber de clavar nuestra vida en el mundo, hacernos personas en un ahora con pasado y con futuro; debemos tener abiertos los brazos para estar en plena Comunión con nuestros semejantes, con nosotros y con los otros, y así, manteniendo unidas nuestra relación con el Cielo, con la Tierra y con Nosotros, podamos cargar con esta Cruz que Jesús nos regaló. Para Él supuso un esfuerzo inhumano cargar con ella, pero con su gesto permitió que, cargar con nuestra Cruz, sea motivo de gozo: su peso conduce hacia la Felicidad. ¡Coge tu Cruz y síguele!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

3ª Estación: Jesús cae, por primera vez, bajo el peso de la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Era una legión de ángeles la que agarrando el patibulum hacía más liviana la carga. El camino hacia el Gólgota se enmarañaba con calles más estrechas y con pendientes más abruptas. Algunos judíos se habían retirado a sus casas o al Templo a sacrificar el cordero pascual, pero una inmensa minoría se apelotonaba en la calles, insultándole, vociferando desbarros o lanzándole piedras a Él o colocándolas en su camino. Los ángeles lloraron y en un momento de debilidad dejaron todo el peso de la Cruz sobre Jesús, cayendo por primera vez bajo su gravitación.
¿Cuáles son las piedras, los baches y las estrecheces que nos hacen caer a nosotros en nuestra vida, en nuestra Cruz particular? No son hechos ajenos a nosotros, no son acciones que Dios, creemos, ha dejado escritas en su plan salvífico. La falta de templanza, prudencia, fortaleza y justicia nos hacen caer en la desolación y en el abandono, buscando en designios divinos la raíz de todos nuestros males. Un cristiano, en constante evolución destinada al andén de la Libertad, con Fe en Dios y Esperanza en la Salvación Eterna, debe señorearse vestido de las cuatro Virtudes Cardinales, convencido reflexivamente de que todos aquellos escollos del camino son oportunidades únicas para afianzar su relación con Dios. Ante las adversidades hay que buscar un cayado en la relación con los otros. Pensar que pronto acabará todo, como Jesús al recoger de nuevo la Cruz, hará que olvidemos pronto lo que nos aleja de la senda de Dios y corramos pronto a cortar la maleza que oculta su Camino.
 Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

 4ª Estación: Jesús encuentra a su madre María.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Nunca estuviste lejos, Madre. Simeón lo predijo en la presentación de Jesús en el Templo: “Una espada te atravesará el alma”. Pilatos te ha entregado el puñal, su Injusta Condena ha sido la bandeja donde te lo han ofrecido.
Has besado cada trozo de suelo con su sangre, has tamizado la tierra que sus suelas han pisado con los dedos de tus manos, con la prensa de tus puños; y sangre y tierra has mezclado en tus labios, con tus lágrimas y tu angustia.
Es tu pasión, Madre, vagar con Él en tu corazón. Así quiero yo seguirle, Madre: llenarme de Él en su ausencia; apoderarme de una Fe inquebrantable que me permita orar con Él en Getsemaní; para no negarlo nunca más cuando esta sociedad demande ponerme de su lado, junto a los que más me necesitan; limpiar su Sagrada Sangre derramada en la columna de nuestros pecados y nuestra vanidades. Quiero, Madre, reflejarme en ti, seguir tu ejemplo. Perseverar en la búsqueda de Dios y, aunque en tal empresa deba enfrentarme al dolor infinito y a la pena más honda, buscar cualquier resquicio que se nos abra, en este laberinto que vivimos, donde asomarnos al paso amoroso de la Cruz y tu Hijo.
El dolor iba a ser inmenso. Ver a la sangre de tu sangre, a la carne de tu carne, casi marchita, casi exangüe, cargando con los pecados del mundo hacia el monte de la Redención. No cejaste la oportunidad de volver a verle; volver a mirarle, volver a llorarle, volver a decirle: “Hijo”; volver a escucharle: “Madre”. Creo en ti, Madre; mi Madre de las Penas. Guíame, dame tu mano, enséñame a seguir a Jesús, a tu Hijo. Muéstrame todos los rincones donde encontrarme con Él; dame tu mano, Madre; consolándote me consuelo.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

5ª Estación: El cirineo ayuda al Señor a cargar con la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen.
Era Simón, el cirineo, uno más de los nuestros. Absorto en tu procesión hacia el Calvario, asistía ensimismado al espectáculo de insultos, vejaciones, azotes y desventuras que rodeaba a tu Cruz. Era Simón, el cirineo, uno más de los nuestros.
¿No somos nosotros cirineos de nuestra actualidad? Fueron los mismos romanos, los mismos agentes de la barbarie que se estaba sucediendo en las calles de Jerusalén, aquellos que obligaron a Simón a cargar con la Cruz que aplastaba la mundanidad de Jesús. Ellos, viendo que el castigo era tan imponente y que pendía de un hilo que Jesús no muriera en la Cruz y lo hiciera en alguna de las caídas sobre el empedrado de la ciudad judía, empujaron al cirineo y le pusieron el madero en las manos. ¿No somos nosotros cirineos de nuestra actualidad? Nuestra sociedad, hecha y concebida por nuestra conciencia, enferma y doliente, agresiva y errática, nos exige dejar de ser meros espectadores de la crueldad y ser protagonistas en el levantamiento y absolución de los pecados que nos acechan.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen. Sea mi conciencia, dignificada por tu Palabra, ente culpable de un proceder caritativo con los demás; sea mi voluntad, ennoblecida con tu Humildad, sujeto activo del efluvio de bondades que luchan día a día para vencer el mal. Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen: solo seas Tú mi obligación, tu Palabra mi Ley, tu Cruz, mi camino.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

6ª Estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Un papel en blanco en manos de un escritor, la blanda arcilla en la mesa del alfarero… un lienzo sedoso e inmaculado en manos de la Santa Verónica. Gracias, Señor, por hacer de mi alma la duna del desierto horadada con las huellas de tus pies. Tú me muestras tu Rostro, mi esencia enjuga tu sangre y tu sudor.
La Santa Verónica es el ejemplo de la valentía de un amor desmedido e insobornable. Ella, aún a riesgo de ser agredida y rechazada por los romanos y la turba colérica que acompañaba al Nazareno, no dudó un instante en acercarse al cuerpo maltratado de Jesús y, con el lienzo que ocultaban sus cabellos, aliviar el desconsuelo que debía asediar a Cristo.
De la misma manera que el rostro de Jesús quedó plasmado en el paño misericordioso de la mujer, así queda impreso en nuestra alma el día de nuestro Bautismo. Un rostro que debemos de ir coloreando, perfilando y restaurarlo cuando, por nuestras debilidades y nuestros pecados, pierda parte de su identidad.
Quiero derramar Misericordia, Señor; quiero ser valiente en este mundo de afrentas, injusticias y humillaciones, para mostrar el Amor que sembraste el día de mi Bautismo. El odio y la indiferencia, Señor; dame talento y bizarría para salvarlos gritando a los cuatro vientos tu Nombre, tu Palabra, tu Obra. Quiero salir siempre a tu encuentro, Señor; quiero aliviar el sufrimiento que padeces en el mundo; quiero ser una Verónica valiente y misericordiosa. No debo ser de otra manera, dejaste en mi alma la marca del Amor.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

7ª Estación: Jesús cae por segunda vez con la Cruz a cuestas.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Contigo, Señor, sé cuándo caigo. Vivir acorde a tu Palabra, a tus enseñanzas, a tu obra, crea en mi conciencia un ideal de modo de vida que me avisa cuándo me aparto de tu Camino. En esta sociedad tan individualista, en esta sociedad llena de “modus vivendi”, tan a la medida de cada uno de los que la viven, con tantos juicios de valor, con tan diversas tablas de medir; vivir conforme a tu ejemplo hace de mi debilidad un valor donde encontrar motivos para mejorar día a día.
La inmensa carga de la Cruz te pudo de nuevo, Señor. Se acumulaba a sus maderas el peso de la Oración de angustia en el Huerto de Getsemaní, estaba rociada de los litros de sangre perdidos en la flagelación en la columna, se hincaban aún los golpes y bofetadas recibidas en el camino que fue desde tu prendimiento hasta el Templo; las negaciones de Pedro, la traición de Judas, las burlas de Herodes gravitaban sobre tu espalda. No pudiste arañar más centímetros al camino hacia el Calvario. Caíste por segunda vez, era tal el océano de pecados que debías soportar que no pudiste sino caer.
Sé que nunca dejaré de caer: es tan difícil conseguir esa Felicidad, Señor. El camino está plagado de trampas, de baches, de infortunios, en los que transito dubitativo, trémulo, débil. La Felicidad, con mayúsculas, esa quimera del ser humano de igualar tu Divinidad, Señor, es una guerra perdida; pero nos dejas todas las batallas en las que intentar ganar, las que ganamos y las que perdemos; y el camino, está señalado de momentos dichosos, incluso aquellos en los que caemos por el peso de nuestra Cruz.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

8ª Estación: Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
No sé llorar, Señor. Esta sociedad me ha inmunizado contra el dolor que grita el mundo. No voy a decir que no sé dónde nace, quién lo causa, dónde afecta; pero me cuesta hacerlo parte de mi ser: cierro los ojos cuando aparece, tiemblo, y le doy la espalda desdeñando cualquier posibilidad de identificación conmigo. Y todo sucede porque no sé llorar, Señor. Si pudieras educar mis ojos, si pudieras adiestrar mi alma, si pudieras catequizar mis sentimientos para que, con solo oler el dolor, no pudiera dejar de llorar.
Les dijiste que no lloraran por Ti, Señor, que lo hicieran por ellas, por sus hijos y por la descendencia de sus hijos; por nosotros. Unas mujeres piadosas no dejaban de plañir el lastimoso estado en el que cargabas tu Cruz, por la sangre que ibas derramando por el camino, por las llagas que se abrían en tu cuerpo; y Tú fuiste tan piadoso que las consolaste con tus palabras. Sabiendo que tu Muerte traería el perdón de los pecados, que tu Resurrección nos iluminaría allende los mares, por los siglos de los siglos, te preocupaste por dejar, con tus palabras a esas tristes mujeres, un mensaje de advertencia para nosotros: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap. 30, 20-21)
Ábreme lo ojos, Señor. Ponme del lado de los pobres, los menesterosos, los enfermos, los moribundos; sé que a su lado te tengo más cerca y podré oír mejor tu llamada. Te abriré mi corazón, para que tu Misericordia Infinita entre en mi casa y pueda compartir con los demás el Amor con el que regaste la faz de la Humanidad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
La más ardua tarea en cualquier caída de las que tengamos a lo largo de nuestra vida, es volver a levantarse. Eludir el egoísmo, no mirar las llagas de rodillas y manos, ni limpiar la sangre adherida a nuestra piel. Arrinconar el dolor en un lugar distinto al corazón, apartarlo, dejar el rencor, la ira, el olvido contra aquella piedra incrustada en nuestra senda, es el motivo más humano que nos debe empujar a levantar nuestra Cruz y, con una mirada esperanzadora, mirar hacia el futuro, con un “lo siento” en los labios y un abrazo en las manos.
Tú eres mi espejo, Señor, ayúdame a levantarme. Tú caíste por tercera vez, y muchas más veces en el camino hacia el Gólgota. Flaco de fuerzas, vilipendiado, escupido, golpeado, coronado de espinas, flagelado hasta la agonía, descalzo, cuasi moribundo; lo difícil hubiera sido no caer, pero tú llegaste al extremo: besaste una y otra vez la tierra, empujado por el peso de nuestros pecados, y sin respiro te aferrabas al madero, levantando todo el peso de los hombres para darle fin en el monte de la Calavera. Era el Amor quien te empujaba, quien te aliviaba, quien te amparaba.
Vuelvo al Dios a la medida, al Dios de leyes cómodas. Iluso soy, Señor, si me levanto liviano de cualquier caída, si disimulo cuando alguien ha sido testigo de mi traspiés y sigo caminando, fuera de tu senda, como si nada hubiera dañado mi cuerpo. Quiero ser de Ti, mi Jesús, reflexionar sobre la parte de divinidad que has puesto en mi ser, mi Espíritu, y ser coherente con la parte de Salvación que me corresponde: pedir perdón ante las ofensas, acercarme al Sacramento de la Reconciliación, cumplir mi Penitencia; coger mi Cruz, levantarme y reemprender tu Camino.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Prendas, abalorios, apariencias, engaños visuales que enmascaran nuestro sustrato humano. El tesoro más valioso que Dios puso en nuestras manos; disfrazado, escondido, celado. ¿El motivo? El espejo donde reflejamos nuestra imagen. Recelamos de lo que somos por miedo a la moda, al veredicto ajeno, a nuestras falsas elucubraciones y creencias. ¡Qué equivocado estoy, Señor, si no me muestro en la humildad y candidez con la que vestiste mi ser! Es tu Palabra mi atuendo, es tu Amor mi posesión de la que debo desprenderme; eres Tú la Verdad, y su búsqueda es la única alternativa que tengo para sentirme digno.
Dejaste a tu Hijo vestido de tu Dignidad. Despojado de sus vestiduras, exponiendo sus heridas sangrantes a la vista del hombre. Ese cuerpo desguarnecido cumple la voluntad del Padre; es el Hijo desnudo quien acata la voluntad impuesta. Sus músculos ateridos, sus pies agotados, su cuello sin fuerza para mantener firme la cabeza, sus brazos desplomados carentes de cualquier atisbo de fuerza, y la voluntad del Hijo intacta al rechazar cualquier tipo de bálsamo que desfigure el dolor y el sufrimiento que están por llegar.
¿Qué es una Cofradía? ¿Acaso no son sus hermanos el fundamento principal a cuidar y mostrar? En esta cruzada todos debemos poner de nuestra parte. Desde el Hermano Mayor, hasta el último hermano de la nómina, a todos nos toca desvestir nuestro cuerpo y entregarnos con la prenda que Dios nos ha legado: el Amor. Hagamos un esfuerzo e imaginémonos sin procesión, sin costaleros, sin banda, sin profusión en los altares de nuestros cultos, sin eventos que llenen nuestra particular Cuaresma; si nos desvisten de todo esto que nos rodea, ¿qué nos queda? Nos queda nuestra dignidad como cristianos, nuestra lealtad con nuestros semejantes, nuestra fortaleza, nuestra Fe en Jesús Sentenciado y María Santísima de las Penas. Desvistámonos pues, y hagamos de nuestra vida de hermandad el cuerpo más hermoso con el que evangelizar.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

11ª Estación: Jesús es clavado en la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum. Así lo mandó escribir Pilatos. Eres mi Rey, Señor; como vasallo tuyo exijo de tu Padre que haga de mí un ser dispuesto a entregarme a los demás, como así lo hiciste Tú. Aquí tienes mi mano derecha, mi Dios, dispuesta a ser atravesada antes de tomar venganza ante las afrentas que acechan mi caminar; aquí tienes mi mano izquierda, Digno Padre, mimetízala con la madera, tienes en mi corazón clavos para ello, si en alguna de las mil veces que el Mal me tienta te olvido y me pierdo. Aquí tienes mis pies, Rey de los Cielos, traspásalos cuando la duda me alumbre y escoja la negación de tu Nombre cuando es mi obligación ensalzarte y alabarte.
Exaltada la Cruz, franqueados los mayores dolores de tu Pasión, descansas en el sufrimiento calmo que te da el lecho del madero. El Amor, mi Dios, el Amor sobre la Tierra, el Amor bajo el Cielo; Tú, Encarnado, nos acribillas los corazones con una escena digna de compasión y quebranto. Pobre de aquel que no te llora, pobres aquellos que juegan al azar con tus vestiduras, pobres los hombres que siguen sin sentirte Rey.
Es la Ley del Amor, mi Dios. Esa que nos entregaste diciendo “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, llegando al confín de su significado cuando nos das a tu Hijo para morir por todos nosotros y el perdón de nuestros pecados. Que sea esta Ley la que gobierne nuestros actos, la que transfiramos a nuestros hijos, la que rija nuestras familias, la que esté escrita, por encima de todas las cosas, en los Estatutos de nuestra Hermandad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

12ª Estación: Jesús muere en la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
 “He muerto”, así empieza un pregón perdido que atenaza a mi alma, Señor. He muerto convencido de que una vida junto a Ti es la única experiencia que se me ha permitido disfrutar; he muerto esperanzado de tu Reino tras mi expiración, de la consumación de tu promesa con el vuelo de mi alma; he muerto agotado, exhausto, derrotado por todos los momentos donde me he dado a los demás. Ese es mi pregón, Señor; morir repleto de Fe, Esperanza y Caridad, morir habiendo dado muerte a la vida con una entrega humilde, mansa, tierna y paciente. Vivir en Ti, morir en Ti. Sentir que en verdad me dices que hoy estaré contigo en el Paraíso.
Has muerto, Señor; implorando a tu Padre que nos perdone eternamente, por la ignorancia que reluce en nuestros actos cotidianos; has muerto, presentando a tu Madre un hijo eterno, procurándonos a nosotros una Madre Eterna; has muerto, cantando un salmo que parece ser de desolación, en el que Dios finalmente nos libra de todas las angustias; has muerto, sediento: gracias, Señor, nunca pasaremos sed; has muerto, dando cumplimiento a lo que pregonan hoy los Evangelios; has muerto volviendo al Padre, dejando tu Sangre y tu Carne como alimento para la Vida Eterna.
Una muerte cruenta, feroz, violenta hasta la extenuación. Igualmente así fue la Pasión que te llevó al Calvario, Señor. Ellas son un alivio para nuestros días, ellas nos serenan ante cualquier sufrimiento que podamos padecer, nada es comparable al tuyo; ellas nos espantan el miedo a la muerte, la tuya nos trajo la Salvación Eterna.
He muerto, Señor; y aún sin morir todavía, sé que tu Muerte me guió a la Vida.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

13ª Estación: Jesús es bajado de la Cruz y puesto en los brazos de su Madre.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¡Ay, soledad en llamas! Me acoges con tu tiniebla y desesperas mi templanza. Mi desaliento te busca, Señor, confundiendo el lugar hacia donde debo dirigir mi mirada. Te imploro mirando al Cielo y no obtengo respuesta, el silencio contenido en el aire me da la bofetada. La Cruz está vacía, la Cruz se ha convertido en el símbolo donde quedaron significados todos nuestros pecados. Tengo el remedio en vosotros, hermanos, en mis semejantes. Vuestras palabras, vuestras caricias, vuestros abrazos, vuestras miradas; vuestro regazo. Ahí se esconde Dios, cuando perdidos no lo encontramos.
La Cruz ha quedado desnuda. Pilatos ha dado permiso a José de Arimatea para que bajen el cuerpo del Nazareno y puedan darle sepultura. A los pies de la stipes esperaba paciente María, abriendo de nuevo su regazo, ese consuelo universal que cobijó al Jesús Niño en la cueva de Belén, que lo acunó, que lo ronroneó; lo recibía esta vez sin vida, exánime, yerto. La angustia inundaba el calvero del promontorio. Juan, María Magdalena, José y Nicodemo los únicos testigos de la vuelta de la carne a la Tierra. Cualquier aliento era inútil, el consuelo de la angustia de la Virgen era una quimera. Jesús, su Hijo, ya no estaba entre ellos; Jesús, su Hijo, había descendido a los infiernos.
Haz de mí un ser piadoso, Señor. No quiero caminar por la vida ajeno al sufrimiento de los demás. Cultiva mi corazón y haz que brote una Caridad sin límites, un Amor sin límites; florece Tú sin límites en mi conciencia. Nada de lo que tengo me pertenece, Tú lo has puesto en mi Camino: dime dónde puedo desprenderme de este Amor que no es mío. María Santísima de las Penas, con tu mirada siempre suplicante al Cielo, intercede por mí ante el Altísimo; me quedo en la Tierra del lado de los pobres, de los desamparados, de los que, como tu Hijo, viven su propio infierno. Ayúdame, Señora, a llorar sobre ellos y ayudarles; esa es una de las premisas que mi Padre requiere de mí.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

14ª Estación: Jesús es sepultado.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Todo ha quedado en silencio, Señor. Silencio, tus palabras; silencio, tus sonrisas; silencio, tus milagros; silencio, tus amigos; silencio, tus captores; silencio, el Templo viejo; silencio, los gentiles; silencio, oraciones; silencio, los vítores en tu entrada; silencio, los insultos en tu salida; silencio, el martillo; silencio, los azotes; silencio, el cascabeleo de treinta monedas; dinero y traición: silencio; silencio, tus tres caídas; silencio, tus promesas; Lázaro que es silencio; silencio, la Torre Antonia; tu Historia, Señor, silencio; silencio guarda Pilatos; silencio el rey judío; silencio el cruel vinagre; silencio tu Sangre en vino; silencio tu carne rota; silencio tu Pan de vida; silencio guardan las aves, no cantan los gallos al alba, no niegan tu amor, silencio; silencio el rosal cortado por una corona de espinas; silencio guardan los dados que juegan a la fortuna; silencio una cruz sin Cristo, silencio, sin sol ni Dimas; silencio Calvario yermo; silencio las tres marías; silencio, Tabor, mi monte; silencio Juan el Bautista; silencio que apresa a los doce; silencio la noche sin día; silencio, todo sin Ti, silencio.
La piedra del sepulcro se mueve. El cuerpo envuelto en el sudario es devorado por las tinieblas. Los últimos en acompañarte parten a sus refugios. Guardan la tumba para evitar que el robo del cadáver pueda enmascarar una falsa resurrección.
¿Dónde estás, Jesús? Tu ausencia debilita mi Fe. Me devora la duda y pierdo la Esperanza. ¿Cómo pueden llegar a vivir en libertad aquellos que todavía te siguen dejando en la oscuridad de tu sepultura?
Silencio, Señor; silencio.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria

V/. Jesús, pequé 
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

viernes, 23 de marzo de 2018

La arpillera sobre la cama



Otra vez atravesaban los límpidos cristales de la ventana entrecerrada los rayos solares de la misma hora del día de aquella otra jornada; quizá la inclinación no era la misma, quizá hubiera una diferencia de semanas, él no lo recordaba y le aburría la idea de coger el calendario de su teléfono móvil para pasar las hojas del calendario hacia el pasado. Estaba claro, era un dato irrefutable, el reloj marcaba la misma hora que entonces, lo sabía, había hecho de aquel instante una liturgia en que los símbolos y los ritos, además de mantener un modo, debían tener un tiempo preciso en que sucederse. Quería pasar el tiempo hojeando el libro de sus recuerdos, ojear la figura de su alma, comprobar si había alguna diferencia con aquel ser humano que décadas atrás miraba la ropa extendida sobre la cama. Miraba la cama y se miraba en el espejo. Además de las canas sobre las sienes, un prominente abultamiento en el vientre le distinguía del muchacho que décadas atrás acariciaba la arpillera de su costal.

Los nervios de ayer estaban repletos de miedos y dudas, a pesar de esa valentía que reflejaban sus ojos en las últimas miradas al espejo. No había echado en falta, durante ningún periodo de la Cuaresma, que la túnica de su cofradía no colgara de las puertas de su casa, de ninguna de las perchas de sus armarios; había llegado el momento que nunca había pensado y que ese fantasma del azar había interpuesto en su camino. Hoy, sin embargo, el espejo le devolvía el contorno barrigudo de un hombre enmarcado por los colores de una túnica suspendida de la puerta de su habitación: el mate de la túnica, el brillo de la capa y el capuz, el peso del cíngulo; el miedo era otro, los nervios tenían otra raíz, hoy le agobiaba el hecho de tener que cubrir su rostro y descalzar sus pasos.

Había pasado las horas previas arrellanado en el sofá, ajeno al programa en el que Canal Sur exhibía su Semana Santa, mirando una taza de café vacía y el humo que ascendía desde el cenicero donde un cigarro se consumía en soledad porque su dueño vagaba por aquellos lugares del ayer, rodeado de costaleros con citas obligadas y costumbres sagradas que se abrazaban y besaban en las horas previas de la procesión en algunos de los bares donde se reunían, como los partícipes de algún baile sagrado, convocando al único dios profano de los días santos, al que alejaba los malos augurios, al que unía a los distintos, al que daba licencia para fumar sin pausa y beber lo convenido. Cerraba con llave la puerta de su casa y se colocaba el capuz instantes antes de que el aire hiciera bailar la capa de su traje.
Más nervioso que en años venideros, mirando una y otra vez la papeleta de sus cambios, intentando memorizarla para minimizar las consecuencias de una posible pérdida de papeles; bajaba o subía hacia el templo de salida, rodeado de otros congéneres de trabajadera, mientras la tarde languidecía o la noche se aproximaba, hablando sobre el óptimo o el pésimo entrenamiento que habían llevado durante el tiempo cuaresmal, observando la mala cara que llevaba Fulano tras el reparto de las papeletas, se lo merecía, decían algunos. Ahora los nervios se sosegaban con la oración mantenida entre los callejones de bajada o de subida al templo, mientras pasaban personas, edificios y material urbano por los agujeros de su capucha; el corazón solo se acelera cuando aparecen los primeros costaleros, los rezagados en la puerta que apuran el último cigarro, y no le saludan porque no es él, solo un penitente más debajo de un capirucho. Por mucho que hablen de la serenidad ante la muerte, en los instantes previos a su llegada, cuando se tiene conciencia de su cercanía, es inevitable que el corazón se acelere ante lo desconocido.

Le abrazan, le besan, conversan con él, como ayer, como antaño, como hace un momento recordaba que había sucedido siempre al entrar al templo. Apuraba el último cigarro, desenvolvía el enésimo chicle, se palpaba el bolsillo en busca del salvoconducto del inhalador y cruzaba, bajo su dintel, la puerta que ya solo cruzaría de nuevo sin ser él, ya siendo todo; lo buscaban: hazme el costal, vente conmigo, tú solo sabes ponérmelo como me gusta; viendo como otro año más era el último en confeccionar esas prendas que vestirían su tarde o su noche o su día. Le abrazan, le besan, conversan con él pero desaparecen como los fantasmas de un cuento de marineros en la niebla sobre el mar en calma, y despierta del sueño y siente el olvido que ha llegado tan temprano y sin clemencia. Llega así porque parece ayer cuando las faldillas del palio o del misterio se van a levantar para entregarle la oscuridad sepulcral donde la resurrección es una realidad tangible en cada instante sucedido tras la salida; llega porque su plazo ha expirado y una lucerna recién encendida en el farol o el cirio que sujeta su mano se lo recuerda, como la flecha recién salida de una ballesta que apuntaba al corazón.

Un paso se sucede a otro y una calle a otra, sin órdenes de ninguna clase, sin crujidos en la madera imponente del misterio o sin el porfiado alarde de las bambalinas de un palio. Ya no hay desgaste físico, no hay dolor piernas, ni de cuello, ni se duermen los dedos de las manos, ni sufren los juanetes de los pies; ya el dolor no es dolor: la comparación con el dolor divino es inefable. La respiración es pausada, monótona y armónica, nada que suene a la disnea y a la apnea en los momentos de esfuerzo supremo. Los pasos recorren una senda que se antoja eterna, entre el murmullo incalmable de unas aceras plenas de personas que antes, ayer, no veía entre los respiraderos del misterio o del palio, mientras anduvo por el camino corto y breve que acababa en cada paso dado, en cada paso ganado, un camino sin ventanas al exterior, un camino en el que se podían cerrar los ojos mientras se andaba y nunca caía en el peligro de perder el norte o tropezar y caer. El andar se hace eterno y en el reloj se van alargando los minutos hasta convertirse en una unidad de tiempo desconocida e ingrata que ha minado en el interior un pozo tan oscuro y pestilente al que costará horas y conciencias para darle luz y limpieza. Ya no llega, no llega nunca. Se ha quedado preso en un misterio o en un palio que ahora ve llegar y nunca llega, nunca llega porque él no llega nunca en ese palio o en ese misterio. Su misterio, su palio, no pertenecen a este tiempo que le han descubierto.

En su tiempo nunca llegaba a casa y se desvestía mirándose al espejo; en su tiempo se quitaba la faja y el costal a oscuras y se acostaba o se duchaba sin mirarse a la cara porque él ya sabía el cansancio y las sombras y la palidez y la sal que se adherían a su tez. En su tiempo nunca había lágrimas. En su tiempo la muerte andaba lejos o latente esperaba la llegada de este momento. Nunca había espejo que reflejara las canas de sus sienes, ni el prominente crecimiento de su bajo vientre, porque un costal y una faja eran elementos propios de dioses omnipotentes y sempiternos. Ahora se siente mortal, débil, expuesto a cualquier inclemencia espiritual, porque hoy ha muerto por primera vez en su vida, se ha desvestido de su hábito y ha visto en esa acción el comienzo de una cuenta atrás inexorable hacia la muerte. Pero él no podrá volver a morir, lo hizo mientras miraba a la cama recordando el áspero tacto de la arpillera que en otro tiempo descansaba sobre su cama.

jueves, 22 de marzo de 2018

Cambios de conciencia semanasantera




En este jueves de vísperas, si hay una palabra que se acerque a nuestros hogares, es el vocablo “cambio”. El cambio se instala en nuestras calles. Se han sucedido noches llenas de cambio, noches de traslados de tronos e imágenes, noches de ensayos donde hombres y mujeres han transmutado la calma y la paciencia inmersa en la oscuridad renacentista; la han llenado de notas musicales, de racheos y de trasnoches. El cambio de estación que, aunque el frío se haya instalado en los últimos días, ya reverbera en el alma, nos aboca a estos días de la Semana Santa que están bajo el alféizar de la ventana.

Y vemos el cambio en nuestra Semana Mayor. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales para darse cuenta que solo nuestras Sacras Imágenes han sido las que han permanecido indemnes al paso del tiempo. Los cambios de las dos últimas décadas, encabezados por el masivo cambio de las ruedas por el costal, y que se aupaba como el cáliz de redención de una Semana Santa -decían que estaba en declive-, solo ha servido para aseverar esta falta de entusiasmo por parte de esta sociedad actual. Pero los cambios más significativos se han producido en las aceras, donde antes no cabía ni un alfiler de devoción, y hoy hay lugar para amodorrarse tranquilamente con una cerveza en la mano. ¿Volverán a pintarse las estampas que se mostraron en la Semana Santa del 2017? ¿Volverán a transitar las cofradías, sobre todo las del Jueves Santo, entre bares atestados de personas con vasos en las manos; entre bares con las puertas abiertas y las músicas en el aire? ¿Volveremos a ser espectadores de la despedida ancestral de Soledad y Santo Entierro con el murmullo de fondo tras la Cruz de Hierro?

Estos, y no otros, son, bajo mi punto de vista, los cambios más significativos que repercuten en el lógico desarrollo de los días grandes de la ciudad. Metamos la mano en el pecho y hagamos examen de conciencia sobre nuestras conductas y nuestra predisposición al respeto cuando una cofradía deambula por nuestras calles. Si esto no se cuida, si el decoro no se impone en una fiesta que inevitablemente lo necesita, entonces habremos abierto la puerta al cambio más lesivo de todos los posibles.

Felices vísperas.

viernes, 16 de marzo de 2018

El signo sin significado


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Alrededor de ella todo olía a historia. Era testigo de las cabriolas que las carpas realizaban para pasar de un continente a otro en el pilar abrevadero de la Puerta de Granada. A sus espaldas se levantaba la espadaña limpia y centinela de la iglesia de San Lorenzo, esculpida sobre el promontorio al que se accede por una cuesta cuya iglesia pone nombre. La caliza piedra de la muralla árabe, a cuyos pies discurría el chorro de agua del pilar, recibía el aire, la luz, el alborozo y el lamento del valle del Guadalquivir, abierto a los pies de Úbeda, y la sobrenatural sierra de Mágina. Era una testigo envidiable del paso del tiempo; la calle Cotrina le entregaba los colores que certificaban el inexorable deambular del carro de Apolo por el cielo ubetense.

El hombre había otorgado un simbolismo a su silueta. Debía de ser así porque ningún vehículo traspasaba la línea imaginaria trazada desde el poste de sustentación y el punto opuesto de la otra acera. Tenía un nombre, se llamaba R-101, como salida de alguna de las películas de Star Wars, pero todo el mundo la llamaba por el mismo apodo; era la señal de “prohibido”. Aunque esa prohibición solo se refiriese a la circulación del tráfico, el hombre maniático por apocopar nuestro vasto lenguaje le había otorgado una excesiva carga de responsabilidad que no le correspondía.

Aquella tarde algo extraño estaba por llegar. Era Lunes; así con mayúscula, como todos los lunes con una noche mágica en torno a Ella. Había dejado de llover, las nubes empezaban a rajar su solidez y, entre las grietas que iban abriéndose, se asomaba Dios con una claridad excelsa, arañando con sus rayos los verdes campos de olivares que caían desde los límites de la ciudad. En el centro de la ciudad, si se permite ponerle centro a la belleza, empezaban a verse los primeros hombres de trabajadera, con sus ropajes blancos y sus cigarros eternos. En un instante toda la tranquilidad que preñaba aquel espacio abierto al tiempo se turbó. Llegaron con prisas, dos vehículos, algunos hombres se apearon y sacando una escalera que había en uno de los habitáculos se acercaron, herramienta en mano, hacia la solitaria señal de tráfico. Dos tuercas cayeron al suelo, dos tornillos se guardaron en un bolsillo y la R-101, la de “prohibido”, quedó relegada al interior del maletero de uno de los vehículos.

Eran “hombres de Gracia”. Habían ideado la manera de retirar por unas horas aquel elemento de señalización. El motivo no era otro que limpiar de distracciones el camino que la Virgen de Gracia debería recorrer horas más tarde, despojar de señales ajenas a lo que allí estaba por acontecer todas las filmaciones y los negativos que estaban por hacerse. Una acción plena de un simbolismo torrencial fuera de toda lógica mundana posible.

Ella se acerca a nosotros sin ningún tipo de barreras, Ella es amor sin medida, Ella es Misericordia, Ella sin leyes, Ella sin código, Ella… solo Ella. Aquella noche Ella quiso que nada “prohibido” floreciera en su camino, por eso “llamó” a sus hombres y sin mediar ningún papel escrito y firmado los conminó a retirar esa ridícula señal circular que tanto deslustraba su bello andar.

La R-101 volvió a ocupar su lugar una vez que las puertas de Santa María se cerraron tras un triste crujir de la madera. Volvió a realizar las funciones para las que fue fabricada, incluso llegó a entender que aquella noche, por tratarse de las cosas de Ella, su presencia no estaba justificada.

Asemejado este relato a cualquier leyenda, aseguro que este hecho llegó a producirse en la realidad. Hubo un Lunes en que la señal R-101 desapareció de la escena celestial que acontece cada año en la bajada de la Cuesta de San Lorenzo. Ignoro si se pidieron los permisos pertinentes para su retirada (lo de ignoro lo digo con la boca pequeña), solo se es sabido que el permiso de Ella lo tuvimos. El signo de esa señal pierde su significado cuando Ella aparece.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Historia sobre muletas



Se cuentan cómo son sus hijos. Amparo se apoya en el carro de la compra mientras luce una bella sonrisa, le han preguntado por su hijo, el menor, y muestra orgullosa las fotografías que este le ha enviado desde algún lugar del Caribe, donde disfruta de su viaje de novios. Aún luce Amparo algún vestigio de su peinado de madrina. Solo le queda un hijo casadero, a Amparo; aunque vive bien, a ella le daría Dios el regalo de su vida si se fuera a la tumba con todos sus vástagos casados. Fermina se ha quedado de pie, no puede cruzar el pasillo y llegar a los asientos del final, se apoya en un andador del que cuelgan las bolsas de la compra y el prodigioso bolso donde se guardan tantas cosas. Está hablando con el conductor, aunque hay un cartel que recomienda no molestarle, ella no puede dejar de preguntarle por la salud de Joaquín. El Chato se ha sentado en uno de los asientos delanteros, estos son los únicos donde puede sentarse sin magullarse las rodillas; su espalda ocupa dos lugares. Se ha reído de una anécdota de la boda del hijo de Amparo, ahora está reproduciendo un audio de whatsapp, se escucha una saeta al Cristo de la Humildad, la canta el Tato; el Chato lleva pan desde la panadería donde trabaja, en un barrio norteño de la ciudad, hasta el hogar del pensionista. Dice que los romanos ya han comenzado a ensayar. María y sus tres hijas se han aposentado al final, su trayecto es corto, van cargadas de bolsas; una de ellas me ofrece un panecillo de aceite, lo acepto, lo saboreo; exquisito. Antoñete viaja desde la Puerta del Sol, a Messi no lo para ni dios, dice; no llego a saber cuál es el centro ocupacional al que se dirige, siempre me apeo antes.

Tres meses viendo al mundo sobre unas muletas. He descubierto un trocito de Úbeda donde se pueden llegar a escribir miles de historias. Siempre que he entrado en ellos lo hice con una sonrisa en el rostro, siempre me ha acompañado durante todo mi trayecto. Son necesarios si valoramos los innumerables minutos que se iban cada vez que las puertas se abrían, cada vez que Amparo, Fermina, el Chato, María o Antoñete se subían  o se bajaban del autobús urbano de Úbeda, si valoramos el infierno latente en doscientos metros con ligera pendiente cuando las piernas no llegan a responder. ¡No vuelvan a hacer política con ellos, señores gobernantes! ¡No jueguen con los pasos y la alegría de muchas personas de mi pueblo!

Felices vísperas.