jueves, 15 de octubre de 2020

Paseo en gris

 


Juan ha envejecido. Lleva más de tres años paseando diariamente por las calles de la ciudad porque no aguanta quedarse en casa. Como lo hizo durante cuarenta años, abriendo la persiana del negocio que regentaba en la calle más comercial del pueblo, ahora cierra la cancela de madera de su hogar, a las nueve de la mañana, echando a andar por el empedrado histórico del centro. Nunca supo cómo sería envejecer, no tuvo tiempo para pensar en ello. Ahora lo hace y es consciente, mientras recorre las calles comerciales, antaño tan concurridas, descubriendo a cada tiempo una nueva persiana bajada, otro negocio que cierra, un nuevo cartel de “Se alquila”, una nueva arruga en su rostro.

Juan envejece y lo hace triste. Piensa en su vida, su juventud, su pasado. Todo, absolutamente todo, orientado a vivir; porque vivir era un futuro, porque vivir era una lucha por ser mejores, porque vivió para dejar un mañana más amable y más generoso con las generaciones venideras: la de sus hijos y la de sus nietos. Juan cambió un mundo con reminiscencias de guerras y dictaduras, Juan le sonreía a los miedos, Juan no tuvo espanto a los cambios, porque Juan y su generación son aquellos hombres que fueron cambiando España sin darse cuenta, con el trabajo del día a día, con el respeto y las sonrisas; porque los grandes cambios son aquellos que no hacen ruido, no desestabilizan conciencias y se les hace un hueco en el sofá del hogar.

Juan envejece y se enfada, porque nunca pensó que el color de la vejez iba a ser el gris de nuestros días. El gris del metal que cierra las fachadas de las calles por las que pasea, el gris en las miradas de los parados en las colas del banco, el gris de las portadas de los periódicos en el kiosko de la Plaza, el gris de las voces que retumban en el Congreso, el gris de vencedores y  vencidos.

Y Juan pasea, pasea, buscando dolorido el olvido.

lunes, 1 de junio de 2020

Café, solo.



Mesas recién colocadas en la terraza de la cafetería, es un día más de esta primavera rota que aún se agarra a nuestras vidas. La camarera se asoma a la puerta y espera paciente que alguien tome asiento. En el interior, la cafetera carraspea. Un minuto después un expreso café con olor a café se posa sobre la mesa, junto a una novela de Knausgard. Las palomas pintan con sus vuelos el cielo sin nubes de la mañana. Otro hombre sale del interior. Se enciende un cigarrillo, mira al cielo y echa a andar con los hombros encogidos mientras exhala la primera calada, como si de un momento a otro fuera a llover. No ha saludado a nadie, nadie lo ha saludado a él. Una mujer escribe atropelladamente sobre la pantalla de plasma de un teléfono; un hombre la mira mientras su esposa le está diciendo algo, untando entre palabras de margarina la tostada que van a compartir. Se sonríen, ambos, cada uno en sus cosas. Un nutrido grupo de ciclistas rompe por un momento el murmullo musical que sale del interior de la cafetería. Un perro guía a su dueño, gira su cabeza, nos mira, el perro, y como si no nos hubiera visto, ajenos al cuadro de su mente, sigue su paseo. El tiempo transcurre, la novela no quiere abrirse; a veces, en la monotonía de nuestros días, descubrimos instantes y espacios que parecen sacados del interior de un libro. Una mosca se posa sobre una cabeza imberbe que se inclina ante el cáliz de café. Hoy también se habla de los datos de ayer: fueron muy buenos, prometedores, ilusionantes. Como ilusionante es pagar el desayuno, levantarse, alejarse, volver atrás la mirada y ver que la normalidad vuelve a instalarse en las calles de la ciudad. Todo es como antes. La mascarilla sobre el rostro de la camarera es lo único novedoso en la normalidad recién aposentada. Suenan lejanos los repiques de campanas, el tiempo no se ha parado. Sigamos.

jueves, 23 de abril de 2020

En las trincheras de un libro

Dos soldados leyendo durante la Guerra Civil. Fuente: Archivo histórico.




Alguien nos alojará a todos dentro de un libro. Con el adjetivo de vencedores, también con el epíteto de vencidos, todos seremos protagonistas, algún día, del negro manantial que regará las páginas de alguna novela. En ella se contarán los días aciagos de esta pandemia, sin sesgarlos bajo el yugo de ideales partidistas. Se describirán las causas reales, las cifras reales, las luchas reales. Se narrarán historias ocurridas en hogares que se convirtieron en auténticas trincheras de una guerra. Volverán los muertos a resurgir, con nombres y apellidos, con un pasado vivido y un futuro truncado; hombres y mujeres a los que se les ha velado el rostro, surgirán desde la eternidad a través de la pluma de algún escritor, y de su funeral podremos aprender, como lo hicimos de otras épocas funestas, de los errores y los aciertos cometidos en el campo de batalla. Saldrá a relucir la verdad, o por lo menos nos acercaremos más a ella de lo que lo hicimos en la realidad, porque en las páginas de un libro es donde se tambalean los dogmas y las pseudo-verdades, donde surge la conciencia individual y se respetan las singularidades inmersas en la colectividad, porque en un libro se reflexiona, se construye el yo y se afianza el todo. Tendremos la inmensa suerte de abrir sus páginas y disfrutar de su lectura sentados al sol, entre los juegos de niños en un parque, o en la soledad inmensa de la naturaleza. Alguien nos alojará a todos dentro de un libro. En nuestra mano está encender la hoguera donde tantas y tantas páginas ardieron en la historia entre las llamas del fanatismo. Feliz día del libro, amigos.

sábado, 4 de abril de 2020

Abril se ha recogido el pelo



Abril se ha recogido el pelo. Cansada de pasear entre calles solitarias y plazoletas en silencio, se ha encerrado en casa. Mirándose al espejo ha descubierto que el maquillaje se le ha diluido sobre el frío rostro de la mañana, arrastrado por las muertes de tantas personas a las que han convertido en simple aritmética, arrollado por las cancelas cerradas que empiezan a coger herrumbre; una lágrima por cada una de ellas, un océano que no se cansa de crecer y empieza a anegar cualquier tierra que nos hable de esperanza.

Abril venía ataviada con ropajes de Domingo de Ramos: nuevos, perfumados y festivos. Se ha ido despojando de ellos mientras se lavaba el rostro, porque ha encontrado en cada hogar el ambiente pesado y rancio de casas que no abren sus ventanas si no es solamente para aplaudir tan fuerte, para llevar el poco ánimo que va quedando a los pasillos de hospitales donde se está batallando fieramente contra la muerte y el espanto. Sí, el espanto; el espanto que se escondía tras décadas de despojos y robos en los despachos de la usura. Abril se ha vestido de luto, Abril se ha vestido de anciana con zapatillas de lona, Abril ha cubierto su cabeza con un pañuelo zaíno y con sus brazos bajo los senos se ha sentado al calor de la lumbre que aún se empeña en crepitar, cantando coplillas antiguas, rezando salmodias de antaño y ha ido convocando las almas de los que nos precedieron, de nuestros abuelos y nuestros padres; ha ido abriendo las puertas a los recuerdos de antaño, y como la grava elaborada por un impasible glacial, se han ido amontonando en los rincones de nuestras casas, convirtiéndose cada refugio de esta guerra de encierro y tedio, en una Úbeda soleada de vivencias, añoranzas y querencias que nos dan la mano, cual lazarillo hambriento, para acompañarnos en una Semana Santa sin luz, sin colores y sin rostro.

Hoy son nuestros muertos los que nos cogen de la mano, como un padre guía a un niño en las primeras semanas santas de la infancia, para enseñarnos qué es lo que ellos ven desde el púlpito del cielo cada vez que un Dios de madera se empieza a morir en nuestras calles. En un viaje sin tiempo ni distancias, a lomos de un vagón oscuro y silencioso, con los ojos cerrados abriremos las puertas del alma, iluminando con todos los recuerdos que se quedaron anclados en la isla de la lonja de la Trinidad, enmarcada en el ambiente festivo y jubiloso del primer día de todos los años de todos los que amamos, respiramos y vivimos por y para nuestra Semana de Pasión. Con tres latidos abriremos la puerta a los pies de Juan de Mata, y veremos salir el niño inmutable que nos sostiene en brazos, subido a lomos de un pequeño pollino que anduvo, camina y seguirá los pasos y las palabras de un Jesús que entra triunfante en la Jerusalén ubetense de memorable olvido. Pasearemos a través de la ausencia, guiados por el alboroto de los vencejos inquietos hasta la plaza de Santa María, y escucharemos los pasos acallados del esparto en las sandalias de los penitentes de azul y blanco que van derramándose en las entrañas de la Basílica, mientras un sol de bronce y tristeza se va escondiendo entre los tejados del barrio de San Lorenzo, seremos capaces de ver el murmullo, de escuchar las palpitaciones de los costaleros cruzando, bajo el amparo de la Virgen de Gracia, la puerta de la Adoración, seremos diestros en encontrar la miasma de juventud y vida del cortejo tribal en cualquier callejón vacío, porque estarán llenos todos ellos de remembranzas de notas de palio, de repiques de palio, de eternidades de palio. Y ciegos nos sentaremos en el banco de fría piedra caliza de la vetusta plaza renacentista, rezando un mudo padrenuestro ante un orante Jesús costalero de nuestras culpas y de nuestras iniquidades. Y ciegos seremos por fin capaces de ver a Cristo venir a golpe de hierro y piedra, entre calles vacías de bares y tabernas, envuelto en el ruido de las ausencias y el silencio de las oraciones que se quedan en casa en una Noche Oscura del alma; aprenderemos a orar, prometiéndole al futuro que no dejaremos pasar la cita donde acongojarse ante el paso de la muerte descolgándose de la Cruz en busca de la eterna resurrección, sea alimento eterno en la conciencia del cofrade ubetense. Dibujaremos nuestras sombras bajo la luz de las farolas que alumbran nuestros balcones en estas noches impacientes, dejando navegar la imaginación hasta las callejuelas del barrio de San Nicolás, acompañando a una Madre que con sus lágrimas enjuaga las penas emergidas del pozo de la muerte y la desesperación. Nos injertaremos en Amor y en Promesa, convidados a un festín ante las puertas de San Nicolás; llevaremos la intimidad del barrio de San Nicolás al centro de nuestras mesas, y tendremos la enésima oportunidad de bendecir la mesa y seguir dando gracias a Dios por hacerse presente en nuestros templos, en nuestras vidas, en nuestras hambres, durante la fracción del pan y el vino. Prendidos y presos, consecuentes con el instante que nos ha tocado vivir, seguiremos estando obligados a hacer las calles de la ciudad más grandes, más abiertas, más diáfanas, como ese Cristo salesiano del Prendimiento ensancha las arterias de la ciudad a paso de Traición, en la amarga noche del Miércoles Santo, en la antesala de los días revueltos de nuestras vidas. Nos demanda el mundo que nos hagamos remolones en las camas y en los jergones, pero que ataviemos la pereza con oración profunda y sincera, acompañando a ese Jesús implorante del Huerto de Getsemaní que aún hoy sigue jugando las cartas que Dios le puso sobre el tablero. Nos asomaremos a Mágina, aunque nuestros balcones se orienten a Despeñaperros, agarrándonos fuertemente a la forja de nuestras verjas y balcones, oyendo el Desconsuelo que aflorará de nuestras almas al no  estar presentes en el Claro Bajo de San Isidoro, a la hora prevista del día acordado. Será una flagelación dura, porque no veremos el flagelum del que provendrán las heridas. Heridas que sanará el sol decadente de la tarde, alumbrando la ciudad hasta el paroxismo, tornándonos humildes ante la inmensidad inapelable de la naturaleza. Hagámonos Roma el Jueves Santo, que reluzcan nuestras corazas al caer la tarde, sigamos enviando luces de Fe a nuestros héroes anónimos en esta pandemia. ¡Qué chicotá, cofrades! Ni en Postigo, ni en la agonía hacia Santa Clara, habrase visto costaleros más obedientes y más cristianos que aquellos que entre el Jueves Santo y el Viernes Santo se queden en la distancia junto a las monjitas de Santa Clara, esperando que vuelva a hacerse viviente la Injusta Condena que, a Cristo, Pilatos y la madrugada y el silencio de Úbeda hicieron plausible. Tenemos la oportunidad de vestir el negro hábito de los cofrades de la Buena Muerte para acercar a nuestro intelecto el concepto bueno de la muerte: la de un Dios muerto en nuestros corazones que constantemente nos pide dar gracias por abrazar la vida. Y a las siete, sí, a las siete, seguirá sonando la campanilla eterna del guion de Jesús, solo faltarán los vivos, nosotros, al encuentro de la memoria de Úbeda con la eternidad; ante la puerta de la Consolada seguirán congregándose los muertos para ver salir al Nazareno de rostro dulce: pidámosle a ellos que no se nos cierren más las puertas de casa para acudir todos los años que nos resten al encuentro del tiempo y el espacio entre las notas del Miserere. Y hagamos del lamento una sonrisa, de una caída una oportunidad para levantarse, acortemos el tiempo de un segundo en un instante y oigamos la eternidad contenida entre dos golpes de timbal en la banda de tambores de la Caída; y si nos falta el aliento, el Viernes a la hora nona de la Úbeda de Semana Santa, cojamos impulso en ese Jesús que mira implorante a Dios, esperando que el Cielo le  despoje del último hálito de vida. Cerremos los ojos y ofrezcamos nuestras angustias al regazo generoso de una Madre de rostro dulce. Quedémonos entre los álamos de la plaza Primero de Mayo, esperando ver pasar la Muerte redentora de Jesús, mientras agarramos fuertemente la mano de los muertos que nos han querido enseñar esta Semana Santa tan distinta que tanto nos ha de enseñar. Cuando estemos solos, nos sintamos solos, nos lloremos solos; estamos citados en la cuesta de la Merced, para hacer de la Soledad un canto a la vida.

Abril se ha recogido el pelo, pero me ha prometido que soltará sus cabellos al viento en la mañana del Domingo de Resurrección. Colgará sus lutos y sus requiebros para pintarse los labios de rojo y los ojos de blanco. Jesús, habrá resucitado. El pregón se quedó dormido, pero la Semana Santa de Úbeda, inexorablemente, habrá salido a la calle. 

Amen.

lunes, 16 de marzo de 2020

Volveremos a casa


Volveremos a nuestras casas. A mancharnos los zapatos de cera y a frotar la plata de los candelabros que portarán la luz de los cirios, volveremos a casa. Y limpiaremos el polvo acumulado tras las puertas que se quedaron cerradas, y encenderemos las luces que hagan brillar el oro de las coronas y las potencias de nuestras Madres y Cristos, volveremos a nuestras casas. Y montaremos las columnas que vuelvan a soportar el bamboleo de nuestros palios, y rezaremos oraciones en la Jerusalén sostenida por nuestros tronos y nuestros pasos. Volveremos a nuestras casas en las mañanas soñolientas del domingo, o en las tardes calentadas por Occidente, o en las noches silenciosas tras el trasiego cotidiano; a fajarnos los riñones y a modelar la arpillera, y a clavarnos en los pies de Cristo y su Madre a dar izquierdos, al fiel racheo, al ¡menos paso quiero! Volveremos a nuestras casas, aquellas donde Dios mora tras el reclinatorio, y las engalanaremos con flores, con damascos y con gente; volveremos para rezar un Padre Nuestro uniendo nuestras manos y el “Dios te salve María” fundiéndonos en mil abrazos. Volveremos a nuestras casas a rociarlas de incienso, a enmarañarlas de rezos, a protegerlas de espanto; a ir abriendo las puertas por donde saldrán paso a paso, los tambores, las cornetas, los lamentos, los pies descalzos. Volveremos a casa, volveremos a abrazarnos.

Será así, no hay duda. La Semana Santa ubetense volverá a su casa, y lo hará más fuerte que nunca. Reforzada por las ausencias que pasearán este año por las calles de la ciudad y los sueños de todos los cofrades ubetenses que, en la clausura de sus hogares, forjarán una Semana Santa, la del 2021, que será especial por demasiadas razones. Mientras esto llega, cofrade, anhélala en tu casa.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Dejando huella


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Entre todas las situaciones en las que nos encontramos, prefiero las íntimas. Prefiero las del silencio y la tenue sombra titubeante a la luz de alguna vela piadosa y los recuerdos escondidos, entre las frías piedras, del último grano de incienso consumido. Y no quiero pensar que soy el único gato callejero que cambia el azul de tus calles de primavera, por el sobrio artesonado de la casa de Dios.

Así encontraremos nuestros templos ubetenses este fin de semana: preñados de la Semana Santa que no se ve: la del rezo, la plegaria, el asombro y el espanto. Tras la huella de Cristo se van a abrir los templos ubetenses para que no salga nada ni nadie de ellos; para que todo quede en las manos de Dios y en los pies de Cristo.

Otra más de las innumerables iniciativas que en el seno de nuestras cofradías de Semana Santa, aunadas y dirigidas por la Unión de Cofradías, nacen, crecen y se reproducen para mayor gloria de la sociedad ubetense, el patrimonio material e inmaterial de la ciudad, el tiempo y el ocio de los turistas que nos visitan y, así de soslayo, a los equipos de gobierno que han dirigido, rigen y administrarán los designios de Úbeda, Patrimonio de la Humanidad.

Cordiales y respetuosas la relaciones entre el Consistorio y el ente representativo de todas las Hermandades ubetenses. Unos piensan y trabajan; el primero colabora. Así todo es más fácil.

Va siendo hora de cambiar de funciones. Úbeda necesita ampliar su patrimonio. Su Semana Santa merece ya su espacio, su agasajo, su monumento. Otros, por mucho menos, tienen incluso la medalla de oro de la ciudad. Oro, muy apropiado, para nuestra Fiesta Mayor.

miércoles, 26 de junio de 2019

Abierta por vísperas


Tengo una caja redonda. No predomina ningún color en ella, está estampada con imágenes de ángeles mofletudos que miran con cara de atribulado aburrimiento. Querubines que alivian su gesto cada vez que abro la caja en busca de algún tesoro escondido en ella. No son joyas, tampoco oro, mucho menos recuerdos. No soy propenso a coleccionar objetos que hayan sido importantes, durante alguna época, en mi vida, o quizá sea lo contario y el poco mimo que pongo en guardar cosas me haga estar equivocado. En ella guardo mis costales, el cinturón de velcro que disimula el ajado aspecto de la vieja faja que también descansa en el abismo oscuro de su fondo, los dos pañuelos verdes, el de quita y el de pon, el nuevo y el viejo, que limpian el sudor en cada mañana de primero de mayo; una vieja faja blanca que ha quedado sin uso: no me gusta el blanco, el blanco no aferra; antes también descansaban allí las medallas de mis cofradías, aunque las proscribí porque inquietaban a los querubes y, a cada instante, se creían en Cuaresma y se alegraban la jeta para luego enfadarse por la infructuosa interrupción del descanso; ahora las tengo colgadas de una cruz, la tres: la azul, la granate y las rojas, a la salida de casa, a mano, porque cada mes, por lo menos una de ellas, sale a pasearse en alguna misa mensual. Ayer acrecentaron, los ángeles, el tedioso gesto. Abrí la caja por última vez este año. Los costales, que han servido para ensayar y portar a Jesús Sacramentado en su día grande, estaban limpios, doblados y dispuestos a descansar hasta, por lo pronto, el ensayo solidario del próximo otoño. Se me aburren los ángeles. Me aburro yo con esta tensa calma de los veranos calurosos llenos de moscas inmisericordes y los quince días de asueto que no dan para templar la ansiedad por la llegada pronta de tiempos más civilizados y más civilizadores. Empero los ángeles se han pasado la noche en vela, oía el aleteo inquieto de sus preguntas: porque ayer no se cerró la caja. Empujaba y empujaba y la tapadera no encajaba y el viento se negaba a añejarse y el olor metafísico de la arpillera buscaba aliento, vida, latido, palabra. Se ha cerrado a medias; se ha abierto a medias. Y los angelotes tan dichosos.
Así la he dejado, sobre la librería preñada de libros mal encasillados y apuntes poco estudiados; en el cuarto de los juguetes donde Daniela se empeña en tener una cocina, un aula de clase, un rincón de lectura y un rinconcito para esconderse cuando el tiempo la crezca. Una rendija, a modo de sonrisa, se dibuja en la superficie curva de mi caja. Y como ríe, huele a incienso, suena a banda de cabecera, arrulla con raso de capirucho, sisea con un racheo de costalero, despierta a golpe de llamador, acalla los ruidos del hogar con el silencio del Silencio; y como ríe, como ríe mi caja, sé que se ha quedado abierta para agrandar las vísperas que me han regalado. 
Era cuestión de tiempo, dependía de que el día preciso despertara con el canto del gallo rojo. Ya se auguraba en las cristaleras donde se refleja el Este en el trecho de camino de casa al trabajo, en el piar mañanero de los vencejos que se cuela entre los auriculares y el oído, en el viento fresco acariciando la piel y pintando una lágrima sobre el ojo izquierdo, en las tardes de antes de ayer cuando aún era apacible leer sobre el valle del Guadalquivir al aroma de un café expreso, en el deambular sordo de la gente en la Plaza Vieja al compás de Sigur Ros y el traqueteo del tren de las 6.27; y otra vez el aroma del café. Era cuestión del tiempo verse imbuido por él de unas ganas inmensas de pensarte, de imaginarte, de escribirte. Era cuestión de tiempo. El tiempo llegó. Te quedas conmigo. En mi cajita abierta por vísperas, estampada con unos angelotes que, apoyando la mano bajo el mentón, me traspasan con el sueño inmerso en unas miradas que desembocan en un futuro no muy lejano, cuando a la luna de Parasceve le falten cuatro días para alumbrar.