lunes, 1 de junio de 2020

Café, solo.



Mesas recién colocadas en la terraza de la cafetería, es un día más de esta primavera rota que aún se agarra a nuestras vidas. La camarera se asoma a la puerta y espera paciente que alguien tome asiento. En el interior, la cafetera carraspea. Un minuto después un expreso café con olor a café se posa sobre la mesa, junto a una novela de Knausgard. Las palomas pintan con sus vuelos el cielo sin nubes de la mañana. Otro hombre sale del interior. Se enciende un cigarrillo, mira al cielo y echa a andar con los hombros encogidos mientras exhala la primera calada, como si de un momento a otro fuera a llover. No ha saludado a nadie, nadie lo ha saludado a él. Una mujer escribe atropelladamente sobre la pantalla de plasma de un teléfono; un hombre la mira mientras su esposa le está diciendo algo, untando entre palabras de margarina la tostada que van a compartir. Se sonríen, ambos, cada uno en sus cosas. Un nutrido grupo de ciclistas rompe por un momento el murmullo musical que sale del interior de la cafetería. Un perro guía a su dueño, gira su cabeza, nos mira, el perro, y como si no nos hubiera visto, ajenos al cuadro de su mente, sigue su paseo. El tiempo transcurre, la novela no quiere abrirse; a veces, en la monotonía de nuestros días, descubrimos instantes y espacios que parecen sacados del interior de un libro. Una mosca se posa sobre una cabeza imberbe que se inclina ante el cáliz de café. Hoy también se habla de los datos de ayer: fueron muy buenos, prometedores, ilusionantes. Como ilusionante es pagar el desayuno, levantarse, alejarse, volver atrás la mirada y ver que la normalidad vuelve a instalarse en las calles de la ciudad. Todo es como antes. La mascarilla sobre el rostro de la camarera es lo único novedoso en la normalidad recién aposentada. Suenan lejanos los repiques de campanas, el tiempo no se ha parado. Sigamos.

jueves, 23 de abril de 2020

En las trincheras de un libro

Dos soldados leyendo durante la Guerra Civil. Fuente: Archivo histórico.




Alguien nos alojará a todos dentro de un libro. Con el adjetivo de vencedores, también con el epíteto de vencidos, todos seremos protagonistas, algún día, del negro manantial que regará las páginas de alguna novela. En ella se contarán los días aciagos de esta pandemia, sin sesgarlos bajo el yugo de ideales partidistas. Se describirán las causas reales, las cifras reales, las luchas reales. Se narrarán historias ocurridas en hogares que se convirtieron en auténticas trincheras de una guerra. Volverán los muertos a resurgir, con nombres y apellidos, con un pasado vivido y un futuro truncado; hombres y mujeres a los que se les ha velado el rostro, surgirán desde la eternidad a través de la pluma de algún escritor, y de su funeral podremos aprender, como lo hicimos de otras épocas funestas, de los errores y los aciertos cometidos en el campo de batalla. Saldrá a relucir la verdad, o por lo menos nos acercaremos más a ella de lo que lo hicimos en la realidad, porque en las páginas de un libro es donde se tambalean los dogmas y las pseudo-verdades, donde surge la conciencia individual y se respetan las singularidades inmersas en la colectividad, porque en un libro se reflexiona, se construye el yo y se afianza el todo. Tendremos la inmensa suerte de abrir sus páginas y disfrutar de su lectura sentados al sol, entre los juegos de niños en un parque, o en la soledad inmensa de la naturaleza. Alguien nos alojará a todos dentro de un libro. En nuestra mano está encender la hoguera donde tantas y tantas páginas ardieron en la historia entre las llamas del fanatismo. Feliz día del libro, amigos.

sábado, 4 de abril de 2020

Abril se ha recogido el pelo



Abril se ha recogido el pelo. Cansada de pasear entre calles solitarias y plazoletas en silencio, se ha encerrado en casa. Mirándose al espejo ha descubierto que el maquillaje se le ha diluido sobre el frío rostro de la mañana, arrastrado por las muertes de tantas personas a las que han convertido en simple aritmética, arrollado por las cancelas cerradas que empiezan a coger herrumbre; una lágrima por cada una de ellas, un océano que no se cansa de crecer y empieza a anegar cualquier tierra que nos hable de esperanza.

Abril venía ataviada con ropajes de Domingo de Ramos: nuevos, perfumados y festivos. Se ha ido despojando de ellos mientras se lavaba el rostro, porque ha encontrado en cada hogar el ambiente pesado y rancio de casas que no abren sus ventanas si no es solamente para aplaudir tan fuerte, para llevar el poco ánimo que va quedando a los pasillos de hospitales donde se está batallando fieramente contra la muerte y el espanto. Sí, el espanto; el espanto que se escondía tras décadas de despojos y robos en los despachos de la usura. Abril se ha vestido de luto, Abril se ha vestido de anciana con zapatillas de lona, Abril ha cubierto su cabeza con un pañuelo zaíno y con sus brazos bajo los senos se ha sentado al calor de la lumbre que aún se empeña en crepitar, cantando coplillas antiguas, rezando salmodias de antaño y ha ido convocando las almas de los que nos precedieron, de nuestros abuelos y nuestros padres; ha ido abriendo las puertas a los recuerdos de antaño, y como la grava elaborada por un impasible glacial, se han ido amontonando en los rincones de nuestras casas, convirtiéndose cada refugio de esta guerra de encierro y tedio, en una Úbeda soleada de vivencias, añoranzas y querencias que nos dan la mano, cual lazarillo hambriento, para acompañarnos en una Semana Santa sin luz, sin colores y sin rostro.

Hoy son nuestros muertos los que nos cogen de la mano, como un padre guía a un niño en las primeras semanas santas de la infancia, para enseñarnos qué es lo que ellos ven desde el púlpito del cielo cada vez que un Dios de madera se empieza a morir en nuestras calles. En un viaje sin tiempo ni distancias, a lomos de un vagón oscuro y silencioso, con los ojos cerrados abriremos las puertas del alma, iluminando con todos los recuerdos que se quedaron anclados en la isla de la lonja de la Trinidad, enmarcada en el ambiente festivo y jubiloso del primer día de todos los años de todos los que amamos, respiramos y vivimos por y para nuestra Semana de Pasión. Con tres latidos abriremos la puerta a los pies de Juan de Mata, y veremos salir el niño inmutable que nos sostiene en brazos, subido a lomos de un pequeño pollino que anduvo, camina y seguirá los pasos y las palabras de un Jesús que entra triunfante en la Jerusalén ubetense de memorable olvido. Pasearemos a través de la ausencia, guiados por el alboroto de los vencejos inquietos hasta la plaza de Santa María, y escucharemos los pasos acallados del esparto en las sandalias de los penitentes de azul y blanco que van derramándose en las entrañas de la Basílica, mientras un sol de bronce y tristeza se va escondiendo entre los tejados del barrio de San Lorenzo, seremos capaces de ver el murmullo, de escuchar las palpitaciones de los costaleros cruzando, bajo el amparo de la Virgen de Gracia, la puerta de la Adoración, seremos diestros en encontrar la miasma de juventud y vida del cortejo tribal en cualquier callejón vacío, porque estarán llenos todos ellos de remembranzas de notas de palio, de repiques de palio, de eternidades de palio. Y ciegos nos sentaremos en el banco de fría piedra caliza de la vetusta plaza renacentista, rezando un mudo padrenuestro ante un orante Jesús costalero de nuestras culpas y de nuestras iniquidades. Y ciegos seremos por fin capaces de ver a Cristo venir a golpe de hierro y piedra, entre calles vacías de bares y tabernas, envuelto en el ruido de las ausencias y el silencio de las oraciones que se quedan en casa en una Noche Oscura del alma; aprenderemos a orar, prometiéndole al futuro que no dejaremos pasar la cita donde acongojarse ante el paso de la muerte descolgándose de la Cruz en busca de la eterna resurrección, sea alimento eterno en la conciencia del cofrade ubetense. Dibujaremos nuestras sombras bajo la luz de las farolas que alumbran nuestros balcones en estas noches impacientes, dejando navegar la imaginación hasta las callejuelas del barrio de San Nicolás, acompañando a una Madre que con sus lágrimas enjuaga las penas emergidas del pozo de la muerte y la desesperación. Nos injertaremos en Amor y en Promesa, convidados a un festín ante las puertas de San Nicolás; llevaremos la intimidad del barrio de San Nicolás al centro de nuestras mesas, y tendremos la enésima oportunidad de bendecir la mesa y seguir dando gracias a Dios por hacerse presente en nuestros templos, en nuestras vidas, en nuestras hambres, durante la fracción del pan y el vino. Prendidos y presos, consecuentes con el instante que nos ha tocado vivir, seguiremos estando obligados a hacer las calles de la ciudad más grandes, más abiertas, más diáfanas, como ese Cristo salesiano del Prendimiento ensancha las arterias de la ciudad a paso de Traición, en la amarga noche del Miércoles Santo, en la antesala de los días revueltos de nuestras vidas. Nos demanda el mundo que nos hagamos remolones en las camas y en los jergones, pero que ataviemos la pereza con oración profunda y sincera, acompañando a ese Jesús implorante del Huerto de Getsemaní que aún hoy sigue jugando las cartas que Dios le puso sobre el tablero. Nos asomaremos a Mágina, aunque nuestros balcones se orienten a Despeñaperros, agarrándonos fuertemente a la forja de nuestras verjas y balcones, oyendo el Desconsuelo que aflorará de nuestras almas al no  estar presentes en el Claro Bajo de San Isidoro, a la hora prevista del día acordado. Será una flagelación dura, porque no veremos el flagelum del que provendrán las heridas. Heridas que sanará el sol decadente de la tarde, alumbrando la ciudad hasta el paroxismo, tornándonos humildes ante la inmensidad inapelable de la naturaleza. Hagámonos Roma el Jueves Santo, que reluzcan nuestras corazas al caer la tarde, sigamos enviando luces de Fe a nuestros héroes anónimos en esta pandemia. ¡Qué chicotá, cofrades! Ni en Postigo, ni en la agonía hacia Santa Clara, habrase visto costaleros más obedientes y más cristianos que aquellos que entre el Jueves Santo y el Viernes Santo se queden en la distancia junto a las monjitas de Santa Clara, esperando que vuelva a hacerse viviente la Injusta Condena que, a Cristo, Pilatos y la madrugada y el silencio de Úbeda hicieron plausible. Tenemos la oportunidad de vestir el negro hábito de los cofrades de la Buena Muerte para acercar a nuestro intelecto el concepto bueno de la muerte: la de un Dios muerto en nuestros corazones que constantemente nos pide dar gracias por abrazar la vida. Y a las siete, sí, a las siete, seguirá sonando la campanilla eterna del guion de Jesús, solo faltarán los vivos, nosotros, al encuentro de la memoria de Úbeda con la eternidad; ante la puerta de la Consolada seguirán congregándose los muertos para ver salir al Nazareno de rostro dulce: pidámosle a ellos que no se nos cierren más las puertas de casa para acudir todos los años que nos resten al encuentro del tiempo y el espacio entre las notas del Miserere. Y hagamos del lamento una sonrisa, de una caída una oportunidad para levantarse, acortemos el tiempo de un segundo en un instante y oigamos la eternidad contenida entre dos golpes de timbal en la banda de tambores de la Caída; y si nos falta el aliento, el Viernes a la hora nona de la Úbeda de Semana Santa, cojamos impulso en ese Jesús que mira implorante a Dios, esperando que el Cielo le  despoje del último hálito de vida. Cerremos los ojos y ofrezcamos nuestras angustias al regazo generoso de una Madre de rostro dulce. Quedémonos entre los álamos de la plaza Primero de Mayo, esperando ver pasar la Muerte redentora de Jesús, mientras agarramos fuertemente la mano de los muertos que nos han querido enseñar esta Semana Santa tan distinta que tanto nos ha de enseñar. Cuando estemos solos, nos sintamos solos, nos lloremos solos; estamos citados en la cuesta de la Merced, para hacer de la Soledad un canto a la vida.

Abril se ha recogido el pelo, pero me ha prometido que soltará sus cabellos al viento en la mañana del Domingo de Resurrección. Colgará sus lutos y sus requiebros para pintarse los labios de rojo y los ojos de blanco. Jesús, habrá resucitado. El pregón se quedó dormido, pero la Semana Santa de Úbeda, inexorablemente, habrá salido a la calle. 

Amen.

lunes, 16 de marzo de 2020

Volveremos a casa


Volveremos a nuestras casas. A mancharnos los zapatos de cera y a frotar la plata de los candelabros que portarán la luz de los cirios, volveremos a casa. Y limpiaremos el polvo acumulado tras las puertas que se quedaron cerradas, y encenderemos las luces que hagan brillar el oro de las coronas y las potencias de nuestras Madres y Cristos, volveremos a nuestras casas. Y montaremos las columnas que vuelvan a soportar el bamboleo de nuestros palios, y rezaremos oraciones en la Jerusalén sostenida por nuestros tronos y nuestros pasos. Volveremos a nuestras casas en las mañanas soñolientas del domingo, o en las tardes calentadas por Occidente, o en las noches silenciosas tras el trasiego cotidiano; a fajarnos los riñones y a modelar la arpillera, y a clavarnos en los pies de Cristo y su Madre a dar izquierdos, al fiel racheo, al ¡menos paso quiero! Volveremos a nuestras casas, aquellas donde Dios mora tras el reclinatorio, y las engalanaremos con flores, con damascos y con gente; volveremos para rezar un Padre Nuestro uniendo nuestras manos y el “Dios te salve María” fundiéndonos en mil abrazos. Volveremos a nuestras casas a rociarlas de incienso, a enmarañarlas de rezos, a protegerlas de espanto; a ir abriendo las puertas por donde saldrán paso a paso, los tambores, las cornetas, los lamentos, los pies descalzos. Volveremos a casa, volveremos a abrazarnos.

Será así, no hay duda. La Semana Santa ubetense volverá a su casa, y lo hará más fuerte que nunca. Reforzada por las ausencias que pasearán este año por las calles de la ciudad y los sueños de todos los cofrades ubetenses que, en la clausura de sus hogares, forjarán una Semana Santa, la del 2021, que será especial por demasiadas razones. Mientras esto llega, cofrade, anhélala en tu casa.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Dejando huella


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Entre todas las situaciones en las que nos encontramos, prefiero las íntimas. Prefiero las del silencio y la tenue sombra titubeante a la luz de alguna vela piadosa y los recuerdos escondidos, entre las frías piedras, del último grano de incienso consumido. Y no quiero pensar que soy el único gato callejero que cambia el azul de tus calles de primavera, por el sobrio artesonado de la casa de Dios.

Así encontraremos nuestros templos ubetenses este fin de semana: preñados de la Semana Santa que no se ve: la del rezo, la plegaria, el asombro y el espanto. Tras la huella de Cristo se van a abrir los templos ubetenses para que no salga nada ni nadie de ellos; para que todo quede en las manos de Dios y en los pies de Cristo.

Otra más de las innumerables iniciativas que en el seno de nuestras cofradías de Semana Santa, aunadas y dirigidas por la Unión de Cofradías, nacen, crecen y se reproducen para mayor gloria de la sociedad ubetense, el patrimonio material e inmaterial de la ciudad, el tiempo y el ocio de los turistas que nos visitan y, así de soslayo, a los equipos de gobierno que han dirigido, rigen y administrarán los designios de Úbeda, Patrimonio de la Humanidad.

Cordiales y respetuosas la relaciones entre el Consistorio y el ente representativo de todas las Hermandades ubetenses. Unos piensan y trabajan; el primero colabora. Así todo es más fácil.

Va siendo hora de cambiar de funciones. Úbeda necesita ampliar su patrimonio. Su Semana Santa merece ya su espacio, su agasajo, su monumento. Otros, por mucho menos, tienen incluso la medalla de oro de la ciudad. Oro, muy apropiado, para nuestra Fiesta Mayor.

miércoles, 26 de junio de 2019

Abierta por vísperas


Tengo una caja redonda. No predomina ningún color en ella, está estampada con imágenes de ángeles mofletudos que miran con cara de atribulado aburrimiento. Querubines que alivian su gesto cada vez que abro la caja en busca de algún tesoro escondido en ella. No son joyas, tampoco oro, mucho menos recuerdos. No soy propenso a coleccionar objetos que hayan sido importantes, durante alguna época, en mi vida, o quizá sea lo contario y el poco mimo que pongo en guardar cosas me haga estar equivocado. En ella guardo mis costales, el cinturón de velcro que disimula el ajado aspecto de la vieja faja que también descansa en el abismo oscuro de su fondo, los dos pañuelos verdes, el de quita y el de pon, el nuevo y el viejo, que limpian el sudor en cada mañana de primero de mayo; una vieja faja blanca que ha quedado sin uso: no me gusta el blanco, el blanco no aferra; antes también descansaban allí las medallas de mis cofradías, aunque las proscribí porque inquietaban a los querubes y, a cada instante, se creían en Cuaresma y se alegraban la jeta para luego enfadarse por la infructuosa interrupción del descanso; ahora las tengo colgadas de una cruz, la tres: la azul, la granate y las rojas, a la salida de casa, a mano, porque cada mes, por lo menos una de ellas, sale a pasearse en alguna misa mensual. Ayer acrecentaron, los ángeles, el tedioso gesto. Abrí la caja por última vez este año. Los costales, que han servido para ensayar y portar a Jesús Sacramentado en su día grande, estaban limpios, doblados y dispuestos a descansar hasta, por lo pronto, el ensayo solidario del próximo otoño. Se me aburren los ángeles. Me aburro yo con esta tensa calma de los veranos calurosos llenos de moscas inmisericordes y los quince días de asueto que no dan para templar la ansiedad por la llegada pronta de tiempos más civilizados y más civilizadores. Empero los ángeles se han pasado la noche en vela, oía el aleteo inquieto de sus preguntas: porque ayer no se cerró la caja. Empujaba y empujaba y la tapadera no encajaba y el viento se negaba a añejarse y el olor metafísico de la arpillera buscaba aliento, vida, latido, palabra. Se ha cerrado a medias; se ha abierto a medias. Y los angelotes tan dichosos.
Así la he dejado, sobre la librería preñada de libros mal encasillados y apuntes poco estudiados; en el cuarto de los juguetes donde Daniela se empeña en tener una cocina, un aula de clase, un rincón de lectura y un rinconcito para esconderse cuando el tiempo la crezca. Una rendija, a modo de sonrisa, se dibuja en la superficie curva de mi caja. Y como ríe, huele a incienso, suena a banda de cabecera, arrulla con raso de capirucho, sisea con un racheo de costalero, despierta a golpe de llamador, acalla los ruidos del hogar con el silencio del Silencio; y como ríe, como ríe mi caja, sé que se ha quedado abierta para agrandar las vísperas que me han regalado. 
Era cuestión de tiempo, dependía de que el día preciso despertara con el canto del gallo rojo. Ya se auguraba en las cristaleras donde se refleja el Este en el trecho de camino de casa al trabajo, en el piar mañanero de los vencejos que se cuela entre los auriculares y el oído, en el viento fresco acariciando la piel y pintando una lágrima sobre el ojo izquierdo, en las tardes de antes de ayer cuando aún era apacible leer sobre el valle del Guadalquivir al aroma de un café expreso, en el deambular sordo de la gente en la Plaza Vieja al compás de Sigur Ros y el traqueteo del tren de las 6.27; y otra vez el aroma del café. Era cuestión del tiempo verse imbuido por él de unas ganas inmensas de pensarte, de imaginarte, de escribirte. Era cuestión de tiempo. El tiempo llegó. Te quedas conmigo. En mi cajita abierta por vísperas, estampada con unos angelotes que, apoyando la mano bajo el mentón, me traspasan con el sueño inmerso en unas miradas que desembocan en un futuro no muy lejano, cuando a la luna de Parasceve le falten cuatro días para alumbrar.

lunes, 2 de abril de 2018

Vía Crucis Sentencia 2018



1ª Estación: Jesús es condenado
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¿Qué es la Verdad? Y Tú, mi Señor, rimaste ese verso escrito en los labios del procurador con el abismo contenido en el silencio. No quiso juzgarte; Poncio, como creyente de sus dioses, débil, temeroso e ignorante. Ante tu presencia no pudo nada más que embriagarse con la Realeza dicha desde tu mirada y saber que en Ti un infinito divino se había hecho carne. Por eso Pilatos mandó construir un altar donde resplandeciera tu carne y tu sangre, y colocó a tu lado la vileza y la fealdad humanas, para hacer de tu Humildad el sol más resplandeciente del Universo; por eso el romano se lavó las manos y borró de su conciencia la culpabilidad sobre la injusta condena que se vertía sobre un posible dios.
Fue tu pueblo, Señor, quien creyó separar el Reino que Dios les prometió entregarles, del Reino contenido en tu Palabra. Ellos, quizá cansados de falsos profetas. ¿Y nosotros?
A nosotros no nos cansan los profetas, a cada uno de nosotros nos embauca el profeta que convive en nuestro Yo. Si hoy te mostraras como entonces, si pudiéramos meter el dedo en tus yagas, si se llenara el aire con tu Palabra, si se interpusiera entre la Luz y la tierra la sombra de una nueva Cruz; hoy, mi Señor, ni siquiera gritaríamos: ¡crucifícale, crucifícale!, porque daríamos la espalda a la Verdad. La Verdad, entre este inmenso océano de verdades que es el mundo de nuestros días, es una patera a la deriva de la que ningún medio ha publicado nada.
Hoy no es Pilatos quien pregunta qué es la Verdad. Es el mismo Jesús quien se interpone entre su Palabra y la nuestra para preguntarnos: Quid est Veritas? Y yo solo puedo jugar con los versos de un poeta sevillano y contestar: ¿Qué es la Verdad? ¿Y Tú me lo preguntas? La Verdad… eres Tú.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

2ª Estación: Jesús carga con la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¡Ay, Señor! Este ser nostálgico y contemplativo que hoy se digna a reflexionar sobre tu Pasión, cierra los ojos y se imagina cómo sería la Cruz que postraron a tus pies, de qué madera estaría forjada, cómo sería el tacto en esa primera caricia, cómo sería el aroma que desprendía cuando te aferraste a ella y besándola diste gracias a tu Padre por la Redención del género humano. Volver atrás, ¿cuántas veces habremos anhelado manejar las manos del reloj para estar a tu lado y ayudarte a levantar el signo que identifica hoy a tu pueblo? Esa era tu Cruz, en la que expirarías mirando al Cielo, hablando siempre con tu Padre; la que se clavaría en la Tierra para sellar en ella tu Realidad; en la que quedarían clavadas tus manos, abiertas a todos nosotros, para entregarnos todo tu Amor en un abrazo Eterno.
No nos sintamos culpables. Jesús, con su Cruz, nos legó a todos nosotros un madero inmaterial, un regalo, una gracia, un don que debemos levantar día a día, como Él hizo por el perdón de nuestros pecados. Agarrémonos fuerte a nuestra Cruz, es nuestra vida. Tenemos el deber, como personas, de buscar en ella el continuo diálogo con Dios, una continua conversación con Él en nuestro interior: reflexionar, buscar, aprehender lo que Él en todo momento quiere de nosotros; tenemos el deber de clavar nuestra vida en el mundo, hacernos personas en un ahora con pasado y con futuro; debemos tener abiertos los brazos para estar en plena Comunión con nuestros semejantes, con nosotros y con los otros, y así, manteniendo unidas nuestra relación con el Cielo, con la Tierra y con Nosotros, podamos cargar con esta Cruz que Jesús nos regaló. Para Él supuso un esfuerzo inhumano cargar con ella, pero con su gesto permitió que, cargar con nuestra Cruz, sea motivo de gozo: su peso conduce hacia la Felicidad. ¡Coge tu Cruz y síguele!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

3ª Estación: Jesús cae, por primera vez, bajo el peso de la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Era una legión de ángeles la que agarrando el patibulum hacía más liviana la carga. El camino hacia el Gólgota se enmarañaba con calles más estrechas y con pendientes más abruptas. Algunos judíos se habían retirado a sus casas o al Templo a sacrificar el cordero pascual, pero una inmensa minoría se apelotonaba en la calles, insultándole, vociferando desbarros o lanzándole piedras a Él o colocándolas en su camino. Los ángeles lloraron y en un momento de debilidad dejaron todo el peso de la Cruz sobre Jesús, cayendo por primera vez bajo su gravitación.
¿Cuáles son las piedras, los baches y las estrecheces que nos hacen caer a nosotros en nuestra vida, en nuestra Cruz particular? No son hechos ajenos a nosotros, no son acciones que Dios, creemos, ha dejado escritas en su plan salvífico. La falta de templanza, prudencia, fortaleza y justicia nos hacen caer en la desolación y en el abandono, buscando en designios divinos la raíz de todos nuestros males. Un cristiano, en constante evolución destinada al andén de la Libertad, con Fe en Dios y Esperanza en la Salvación Eterna, debe señorearse vestido de las cuatro Virtudes Cardinales, convencido reflexivamente de que todos aquellos escollos del camino son oportunidades únicas para afianzar su relación con Dios. Ante las adversidades hay que buscar un cayado en la relación con los otros. Pensar que pronto acabará todo, como Jesús al recoger de nuevo la Cruz, hará que olvidemos pronto lo que nos aleja de la senda de Dios y corramos pronto a cortar la maleza que oculta su Camino.
 Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

 4ª Estación: Jesús encuentra a su madre María.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Nunca estuviste lejos, Madre. Simeón lo predijo en la presentación de Jesús en el Templo: “Una espada te atravesará el alma”. Pilatos te ha entregado el puñal, su Injusta Condena ha sido la bandeja donde te lo han ofrecido.
Has besado cada trozo de suelo con su sangre, has tamizado la tierra que sus suelas han pisado con los dedos de tus manos, con la prensa de tus puños; y sangre y tierra has mezclado en tus labios, con tus lágrimas y tu angustia.
Es tu pasión, Madre, vagar con Él en tu corazón. Así quiero yo seguirle, Madre: llenarme de Él en su ausencia; apoderarme de una Fe inquebrantable que me permita orar con Él en Getsemaní; para no negarlo nunca más cuando esta sociedad demande ponerme de su lado, junto a los que más me necesitan; limpiar su Sagrada Sangre derramada en la columna de nuestros pecados y nuestra vanidades. Quiero, Madre, reflejarme en ti, seguir tu ejemplo. Perseverar en la búsqueda de Dios y, aunque en tal empresa deba enfrentarme al dolor infinito y a la pena más honda, buscar cualquier resquicio que se nos abra, en este laberinto que vivimos, donde asomarnos al paso amoroso de la Cruz y tu Hijo.
El dolor iba a ser inmenso. Ver a la sangre de tu sangre, a la carne de tu carne, casi marchita, casi exangüe, cargando con los pecados del mundo hacia el monte de la Redención. No cejaste la oportunidad de volver a verle; volver a mirarle, volver a llorarle, volver a decirle: “Hijo”; volver a escucharle: “Madre”. Creo en ti, Madre; mi Madre de las Penas. Guíame, dame tu mano, enséñame a seguir a Jesús, a tu Hijo. Muéstrame todos los rincones donde encontrarme con Él; dame tu mano, Madre; consolándote me consuelo.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

5ª Estación: El cirineo ayuda al Señor a cargar con la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen.
Era Simón, el cirineo, uno más de los nuestros. Absorto en tu procesión hacia el Calvario, asistía ensimismado al espectáculo de insultos, vejaciones, azotes y desventuras que rodeaba a tu Cruz. Era Simón, el cirineo, uno más de los nuestros.
¿No somos nosotros cirineos de nuestra actualidad? Fueron los mismos romanos, los mismos agentes de la barbarie que se estaba sucediendo en las calles de Jerusalén, aquellos que obligaron a Simón a cargar con la Cruz que aplastaba la mundanidad de Jesús. Ellos, viendo que el castigo era tan imponente y que pendía de un hilo que Jesús no muriera en la Cruz y lo hiciera en alguna de las caídas sobre el empedrado de la ciudad judía, empujaron al cirineo y le pusieron el madero en las manos. ¿No somos nosotros cirineos de nuestra actualidad? Nuestra sociedad, hecha y concebida por nuestra conciencia, enferma y doliente, agresiva y errática, nos exige dejar de ser meros espectadores de la crueldad y ser protagonistas en el levantamiento y absolución de los pecados que nos acechan.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen. Sea mi conciencia, dignificada por tu Palabra, ente culpable de un proceder caritativo con los demás; sea mi voluntad, ennoblecida con tu Humildad, sujeto activo del efluvio de bondades que luchan día a día para vencer el mal. Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen: solo seas Tú mi obligación, tu Palabra mi Ley, tu Cruz, mi camino.
Que no me obliguen, Señor; que no me obliguen.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

6ª Estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Un papel en blanco en manos de un escritor, la blanda arcilla en la mesa del alfarero… un lienzo sedoso e inmaculado en manos de la Santa Verónica. Gracias, Señor, por hacer de mi alma la duna del desierto horadada con las huellas de tus pies. Tú me muestras tu Rostro, mi esencia enjuga tu sangre y tu sudor.
La Santa Verónica es el ejemplo de la valentía de un amor desmedido e insobornable. Ella, aún a riesgo de ser agredida y rechazada por los romanos y la turba colérica que acompañaba al Nazareno, no dudó un instante en acercarse al cuerpo maltratado de Jesús y, con el lienzo que ocultaban sus cabellos, aliviar el desconsuelo que debía asediar a Cristo.
De la misma manera que el rostro de Jesús quedó plasmado en el paño misericordioso de la mujer, así queda impreso en nuestra alma el día de nuestro Bautismo. Un rostro que debemos de ir coloreando, perfilando y restaurarlo cuando, por nuestras debilidades y nuestros pecados, pierda parte de su identidad.
Quiero derramar Misericordia, Señor; quiero ser valiente en este mundo de afrentas, injusticias y humillaciones, para mostrar el Amor que sembraste el día de mi Bautismo. El odio y la indiferencia, Señor; dame talento y bizarría para salvarlos gritando a los cuatro vientos tu Nombre, tu Palabra, tu Obra. Quiero salir siempre a tu encuentro, Señor; quiero aliviar el sufrimiento que padeces en el mundo; quiero ser una Verónica valiente y misericordiosa. No debo ser de otra manera, dejaste en mi alma la marca del Amor.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

7ª Estación: Jesús cae por segunda vez con la Cruz a cuestas.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Contigo, Señor, sé cuándo caigo. Vivir acorde a tu Palabra, a tus enseñanzas, a tu obra, crea en mi conciencia un ideal de modo de vida que me avisa cuándo me aparto de tu Camino. En esta sociedad tan individualista, en esta sociedad llena de “modus vivendi”, tan a la medida de cada uno de los que la viven, con tantos juicios de valor, con tan diversas tablas de medir; vivir conforme a tu ejemplo hace de mi debilidad un valor donde encontrar motivos para mejorar día a día.
La inmensa carga de la Cruz te pudo de nuevo, Señor. Se acumulaba a sus maderas el peso de la Oración de angustia en el Huerto de Getsemaní, estaba rociada de los litros de sangre perdidos en la flagelación en la columna, se hincaban aún los golpes y bofetadas recibidas en el camino que fue desde tu prendimiento hasta el Templo; las negaciones de Pedro, la traición de Judas, las burlas de Herodes gravitaban sobre tu espalda. No pudiste arañar más centímetros al camino hacia el Calvario. Caíste por segunda vez, era tal el océano de pecados que debías soportar que no pudiste sino caer.
Sé que nunca dejaré de caer: es tan difícil conseguir esa Felicidad, Señor. El camino está plagado de trampas, de baches, de infortunios, en los que transito dubitativo, trémulo, débil. La Felicidad, con mayúsculas, esa quimera del ser humano de igualar tu Divinidad, Señor, es una guerra perdida; pero nos dejas todas las batallas en las que intentar ganar, las que ganamos y las que perdemos; y el camino, está señalado de momentos dichosos, incluso aquellos en los que caemos por el peso de nuestra Cruz.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

8ª Estación: Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
No sé llorar, Señor. Esta sociedad me ha inmunizado contra el dolor que grita el mundo. No voy a decir que no sé dónde nace, quién lo causa, dónde afecta; pero me cuesta hacerlo parte de mi ser: cierro los ojos cuando aparece, tiemblo, y le doy la espalda desdeñando cualquier posibilidad de identificación conmigo. Y todo sucede porque no sé llorar, Señor. Si pudieras educar mis ojos, si pudieras adiestrar mi alma, si pudieras catequizar mis sentimientos para que, con solo oler el dolor, no pudiera dejar de llorar.
Les dijiste que no lloraran por Ti, Señor, que lo hicieran por ellas, por sus hijos y por la descendencia de sus hijos; por nosotros. Unas mujeres piadosas no dejaban de plañir el lastimoso estado en el que cargabas tu Cruz, por la sangre que ibas derramando por el camino, por las llagas que se abrían en tu cuerpo; y Tú fuiste tan piadoso que las consolaste con tus palabras. Sabiendo que tu Muerte traería el perdón de los pecados, que tu Resurrección nos iluminaría allende los mares, por los siglos de los siglos, te preocupaste por dejar, con tus palabras a esas tristes mujeres, un mensaje de advertencia para nosotros: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (Ap. 30, 20-21)
Ábreme lo ojos, Señor. Ponme del lado de los pobres, los menesterosos, los enfermos, los moribundos; sé que a su lado te tengo más cerca y podré oír mejor tu llamada. Te abriré mi corazón, para que tu Misericordia Infinita entre en mi casa y pueda compartir con los demás el Amor con el que regaste la faz de la Humanidad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
La más ardua tarea en cualquier caída de las que tengamos a lo largo de nuestra vida, es volver a levantarse. Eludir el egoísmo, no mirar las llagas de rodillas y manos, ni limpiar la sangre adherida a nuestra piel. Arrinconar el dolor en un lugar distinto al corazón, apartarlo, dejar el rencor, la ira, el olvido contra aquella piedra incrustada en nuestra senda, es el motivo más humano que nos debe empujar a levantar nuestra Cruz y, con una mirada esperanzadora, mirar hacia el futuro, con un “lo siento” en los labios y un abrazo en las manos.
Tú eres mi espejo, Señor, ayúdame a levantarme. Tú caíste por tercera vez, y muchas más veces en el camino hacia el Gólgota. Flaco de fuerzas, vilipendiado, escupido, golpeado, coronado de espinas, flagelado hasta la agonía, descalzo, cuasi moribundo; lo difícil hubiera sido no caer, pero tú llegaste al extremo: besaste una y otra vez la tierra, empujado por el peso de nuestros pecados, y sin respiro te aferrabas al madero, levantando todo el peso de los hombres para darle fin en el monte de la Calavera. Era el Amor quien te empujaba, quien te aliviaba, quien te amparaba.
Vuelvo al Dios a la medida, al Dios de leyes cómodas. Iluso soy, Señor, si me levanto liviano de cualquier caída, si disimulo cuando alguien ha sido testigo de mi traspiés y sigo caminando, fuera de tu senda, como si nada hubiera dañado mi cuerpo. Quiero ser de Ti, mi Jesús, reflexionar sobre la parte de divinidad que has puesto en mi ser, mi Espíritu, y ser coherente con la parte de Salvación que me corresponde: pedir perdón ante las ofensas, acercarme al Sacramento de la Reconciliación, cumplir mi Penitencia; coger mi Cruz, levantarme y reemprender tu Camino.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Prendas, abalorios, apariencias, engaños visuales que enmascaran nuestro sustrato humano. El tesoro más valioso que Dios puso en nuestras manos; disfrazado, escondido, celado. ¿El motivo? El espejo donde reflejamos nuestra imagen. Recelamos de lo que somos por miedo a la moda, al veredicto ajeno, a nuestras falsas elucubraciones y creencias. ¡Qué equivocado estoy, Señor, si no me muestro en la humildad y candidez con la que vestiste mi ser! Es tu Palabra mi atuendo, es tu Amor mi posesión de la que debo desprenderme; eres Tú la Verdad, y su búsqueda es la única alternativa que tengo para sentirme digno.
Dejaste a tu Hijo vestido de tu Dignidad. Despojado de sus vestiduras, exponiendo sus heridas sangrantes a la vista del hombre. Ese cuerpo desguarnecido cumple la voluntad del Padre; es el Hijo desnudo quien acata la voluntad impuesta. Sus músculos ateridos, sus pies agotados, su cuello sin fuerza para mantener firme la cabeza, sus brazos desplomados carentes de cualquier atisbo de fuerza, y la voluntad del Hijo intacta al rechazar cualquier tipo de bálsamo que desfigure el dolor y el sufrimiento que están por llegar.
¿Qué es una Cofradía? ¿Acaso no son sus hermanos el fundamento principal a cuidar y mostrar? En esta cruzada todos debemos poner de nuestra parte. Desde el Hermano Mayor, hasta el último hermano de la nómina, a todos nos toca desvestir nuestro cuerpo y entregarnos con la prenda que Dios nos ha legado: el Amor. Hagamos un esfuerzo e imaginémonos sin procesión, sin costaleros, sin banda, sin profusión en los altares de nuestros cultos, sin eventos que llenen nuestra particular Cuaresma; si nos desvisten de todo esto que nos rodea, ¿qué nos queda? Nos queda nuestra dignidad como cristianos, nuestra lealtad con nuestros semejantes, nuestra fortaleza, nuestra Fe en Jesús Sentenciado y María Santísima de las Penas. Desvistámonos pues, y hagamos de nuestra vida de hermandad el cuerpo más hermoso con el que evangelizar.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

11ª Estación: Jesús es clavado en la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum. Así lo mandó escribir Pilatos. Eres mi Rey, Señor; como vasallo tuyo exijo de tu Padre que haga de mí un ser dispuesto a entregarme a los demás, como así lo hiciste Tú. Aquí tienes mi mano derecha, mi Dios, dispuesta a ser atravesada antes de tomar venganza ante las afrentas que acechan mi caminar; aquí tienes mi mano izquierda, Digno Padre, mimetízala con la madera, tienes en mi corazón clavos para ello, si en alguna de las mil veces que el Mal me tienta te olvido y me pierdo. Aquí tienes mis pies, Rey de los Cielos, traspásalos cuando la duda me alumbre y escoja la negación de tu Nombre cuando es mi obligación ensalzarte y alabarte.
Exaltada la Cruz, franqueados los mayores dolores de tu Pasión, descansas en el sufrimiento calmo que te da el lecho del madero. El Amor, mi Dios, el Amor sobre la Tierra, el Amor bajo el Cielo; Tú, Encarnado, nos acribillas los corazones con una escena digna de compasión y quebranto. Pobre de aquel que no te llora, pobres aquellos que juegan al azar con tus vestiduras, pobres los hombres que siguen sin sentirte Rey.
Es la Ley del Amor, mi Dios. Esa que nos entregaste diciendo “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, llegando al confín de su significado cuando nos das a tu Hijo para morir por todos nosotros y el perdón de nuestros pecados. Que sea esta Ley la que gobierne nuestros actos, la que transfiramos a nuestros hijos, la que rija nuestras familias, la que esté escrita, por encima de todas las cosas, en los Estatutos de nuestra Hermandad.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

12ª Estación: Jesús muere en la Cruz.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
 “He muerto”, así empieza un pregón perdido que atenaza a mi alma, Señor. He muerto convencido de que una vida junto a Ti es la única experiencia que se me ha permitido disfrutar; he muerto esperanzado de tu Reino tras mi expiración, de la consumación de tu promesa con el vuelo de mi alma; he muerto agotado, exhausto, derrotado por todos los momentos donde me he dado a los demás. Ese es mi pregón, Señor; morir repleto de Fe, Esperanza y Caridad, morir habiendo dado muerte a la vida con una entrega humilde, mansa, tierna y paciente. Vivir en Ti, morir en Ti. Sentir que en verdad me dices que hoy estaré contigo en el Paraíso.
Has muerto, Señor; implorando a tu Padre que nos perdone eternamente, por la ignorancia que reluce en nuestros actos cotidianos; has muerto, presentando a tu Madre un hijo eterno, procurándonos a nosotros una Madre Eterna; has muerto, cantando un salmo que parece ser de desolación, en el que Dios finalmente nos libra de todas las angustias; has muerto, sediento: gracias, Señor, nunca pasaremos sed; has muerto, dando cumplimiento a lo que pregonan hoy los Evangelios; has muerto volviendo al Padre, dejando tu Sangre y tu Carne como alimento para la Vida Eterna.
Una muerte cruenta, feroz, violenta hasta la extenuación. Igualmente así fue la Pasión que te llevó al Calvario, Señor. Ellas son un alivio para nuestros días, ellas nos serenan ante cualquier sufrimiento que podamos padecer, nada es comparable al tuyo; ellas nos espantan el miedo a la muerte, la tuya nos trajo la Salvación Eterna.
He muerto, Señor; y aún sin morir todavía, sé que tu Muerte me guió a la Vida.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

13ª Estación: Jesús es bajado de la Cruz y puesto en los brazos de su Madre.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
¡Ay, soledad en llamas! Me acoges con tu tiniebla y desesperas mi templanza. Mi desaliento te busca, Señor, confundiendo el lugar hacia donde debo dirigir mi mirada. Te imploro mirando al Cielo y no obtengo respuesta, el silencio contenido en el aire me da la bofetada. La Cruz está vacía, la Cruz se ha convertido en el símbolo donde quedaron significados todos nuestros pecados. Tengo el remedio en vosotros, hermanos, en mis semejantes. Vuestras palabras, vuestras caricias, vuestros abrazos, vuestras miradas; vuestro regazo. Ahí se esconde Dios, cuando perdidos no lo encontramos.
La Cruz ha quedado desnuda. Pilatos ha dado permiso a José de Arimatea para que bajen el cuerpo del Nazareno y puedan darle sepultura. A los pies de la stipes esperaba paciente María, abriendo de nuevo su regazo, ese consuelo universal que cobijó al Jesús Niño en la cueva de Belén, que lo acunó, que lo ronroneó; lo recibía esta vez sin vida, exánime, yerto. La angustia inundaba el calvero del promontorio. Juan, María Magdalena, José y Nicodemo los únicos testigos de la vuelta de la carne a la Tierra. Cualquier aliento era inútil, el consuelo de la angustia de la Virgen era una quimera. Jesús, su Hijo, ya no estaba entre ellos; Jesús, su Hijo, había descendido a los infiernos.
Haz de mí un ser piadoso, Señor. No quiero caminar por la vida ajeno al sufrimiento de los demás. Cultiva mi corazón y haz que brote una Caridad sin límites, un Amor sin límites; florece Tú sin límites en mi conciencia. Nada de lo que tengo me pertenece, Tú lo has puesto en mi Camino: dime dónde puedo desprenderme de este Amor que no es mío. María Santísima de las Penas, con tu mirada siempre suplicante al Cielo, intercede por mí ante el Altísimo; me quedo en la Tierra del lado de los pobres, de los desamparados, de los que, como tu Hijo, viven su propio infierno. Ayúdame, Señora, a llorar sobre ellos y ayudarles; esa es una de las premisas que mi Padre requiere de mí.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria
V/. Jesús, pequé
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén

14ª Estación: Jesús es sepultado.
V/. Te adoramos Cristo y te bendecimos
R/. Que por tu santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador.
Todo ha quedado en silencio, Señor. Silencio, tus palabras; silencio, tus sonrisas; silencio, tus milagros; silencio, tus amigos; silencio, tus captores; silencio, el Templo viejo; silencio, los gentiles; silencio, oraciones; silencio, los vítores en tu entrada; silencio, los insultos en tu salida; silencio, el martillo; silencio, los azotes; silencio, el cascabeleo de treinta monedas; dinero y traición: silencio; silencio, tus tres caídas; silencio, tus promesas; Lázaro que es silencio; silencio, la Torre Antonia; tu Historia, Señor, silencio; silencio guarda Pilatos; silencio el rey judío; silencio el cruel vinagre; silencio tu Sangre en vino; silencio tu carne rota; silencio tu Pan de vida; silencio guardan las aves, no cantan los gallos al alba, no niegan tu amor, silencio; silencio el rosal cortado por una corona de espinas; silencio guardan los dados que juegan a la fortuna; silencio una cruz sin Cristo, silencio, sin sol ni Dimas; silencio Calvario yermo; silencio las tres marías; silencio, Tabor, mi monte; silencio Juan el Bautista; silencio que apresa a los doce; silencio la noche sin día; silencio, todo sin Ti, silencio.
La piedra del sepulcro se mueve. El cuerpo envuelto en el sudario es devorado por las tinieblas. Los últimos en acompañarte parten a sus refugios. Guardan la tumba para evitar que el robo del cadáver pueda enmascarar una falsa resurrección.
¿Dónde estás, Jesús? Tu ausencia debilita mi Fe. Me devora la duda y pierdo la Esperanza. ¿Cómo pueden llegar a vivir en libertad aquellos que todavía te siguen dejando en la oscuridad de tu sepultura?
Silencio, Señor; silencio.
Padre Nuestro, Ave María y Gloria

V/. Jesús, pequé 
R/. Tened piedad y misericordia de mí. Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Amén