martes, 9 de septiembre de 2014

Amanecer sobre la Cárcel


Hay tantos soles como piedras son iluminadas por el candente astro. Hay un sol por cada patio de vecinos rescatado de la turbia claridad de la noche; un sol  por cada balcón que se abre a Oriente en cada mañana ubetense; un sol pinturero que dibuja las calles para el devenir de los días; y entre los infinitos soles de Apolo, hay uno que se asoma desde 1927 a colorear de anaranjado adobe la fachada de este ya viejo inmueble que lo único que ensucia su nombre es su propio nombre.

El mutismo de las mañanas junto a esta fachada neo-mudéjar nos invita a oír el eco de los días pasados en el interior de sus muros. Es la historia la que, más clara que entre las letras de un libro, nos habla y nos seduce con la visión, el tacto y el perfume de los inmuebles donde los días se empeñan en habitarse. Este edificio, me habla de mis abuelos, los verdaderos intérpretes de la historia de este edificio y, por ende, de la historia del conflicto civil español y de la posguerra y la dictadura franquista. Ellos contaban la historia tal y como fue, sin un rescoldo de resentimiento o ira hacia los días pasados; hablando en un presente de un pasado que fue y que solo fue eso: un pasado; un pasado del que solo debemos aprender a aprender, dejando a un lado extremismos surgidos en un remoto tiempo, a los que algunos, con sus palabras, sus gestos y sus edictos pretenden resucitar de las cenizas donde debieran reposar por siempre.

Estas piedras son las cenizas de Úbeda, y como vestigio que es, como palabra inerte que nos habla y nos enseña, no pueden ni deben ser derribadas. Este edificio es valentía del hombre que se postra ante ella para salvaguardar su historia; esta cárcel se erige en nuestra palabra de ubetenses, ubetenses valientes una vez más, para gritar a los cuatro vientos que este pueblo es inteligente, sabio y testarudo, que nuestro mayor tesoro es nuestra historia, que de ella aprendemos: de nuestros errores fundamentalmente: de la noche del 31 de julio, del miedo a la libertad que impide ser libre, de la negación del ayer en un hoy que nos impide ser mejores en el mañana. Estas son las cenizas de Úbeda, las que deben descansar en el baúl de las memorias; y sería un ineluctable error dejar que las removieran y las esparcieran en los campos yermos del olvido y la devastación inmobiliaria.


Para qué darle al sol otros balcones si, de los infinitos que hay, millones siguen cerrados. Quiero seguir paseando por este acerado y, cuando haya dado treinta pasos más, caer en la cuenta de que he dejado atrás la fachada neo-mudéjar de lo que fue la antigua Cárcel del Partido; que entre los resquicios de sus puertas y sus ventanas se escapan notas musicales de mis hijos en el intento de ser alumnos de las Musas; que en sus muros descansan decenas de estanterías, con cientos de libros y millones de leyendas, existencias y poesías; que cae la noche y de nuevo se cierra un candado que lleva demasiado tiempo exánime, enmohecido por el olvido y la dejadez de los dueños de la llave. Quiero la llave que abre esta puerta, para entregársela a su legítimo dueño: el pueblo de Úbeda; inteligente, sabio y testarudo pueblo; fiel adalid en la lucha por la cultura y la historia en su ciudad. Quiero mi Cárcel del Partido; el legado de mis abuelos y el regalo para mis hijos. Quiero no olvidar, quiero seguir aprendiendo. Quiero que el sol siga despertando sobre su fachada.